– Qué calor -dijo Rachel a modo de saludo-. No recuerdo haber tenido tanto calor en mi vida. Es como si el sol hubiera matado al viento y se dispusiera a absorber los mares también.
Sahlah esperó. Sólo había un motivo para que su amiga apareciera en la fábrica. Rachel era su ruta a los medios que pondrían orden de nuevo en su vida, y su llegada sugería que los medios estaban a su alcance. No sería fácil conseguir marcharse durante el rato necesario para solucionar su problema (desde hacía mucho tiempo, sus padres habían adoptado la costumbre de tener controlado hasta su último segundo de cada día), pero con la ayuda de Rachel, podría inventar una excusa plausible para una ausencia cuya duración garantizara una visita positiva a un médico, una clínica o un centro privado, donde alguien experto en la materia acabara con la pesadilla que la perseguía desde…
Sahlah se esforzó por superar su desesperación. Rachel estaba allí, se dijo en silencio. Rachel había venido.
– ¿Puedes hablar? -preguntó Rachel-. Quiero decir… -desvió la vista hacia la puerta que daba acceso a las oficinas administrativas-. Tal vez fuera sea mejor que aquí. Ya sabes.
Sahlah se levantó y siguió a su amiga al exterior. Pese al calor, sentía un frío inconmensurable, pero más bien debajo de su piel, como si sus venas no estuvieran de acuerdo con lo que sus sentidos percibían.
Rachel encontró un lugar protegido del sol, en la sombra que la fábrica proyectaba bajo la luz de la tarde. Se volvió hacia Sahlah, miró por encima de su hombro hacia la zona industrial, como si la fábrica de colchones poseyera una fascinación que debiera experimentar al instante.
Justo cuando Sahlah empezaba a preguntarse si su amiga hablaría alguna vez, Rachel dijo por fin:
– No puedo.
La frialdad que Sahlah experimentaba bajo la piel pareció extenderse hasta sus pulmones.
– ¿No puedes qué?
– Ya sabes.
– No. Dímelo tú.
Los ojos de Rachel se desplazaron desde la fábrica de colchones hasta la cara de Sahlah. Ésta se preguntó por qué nunca se había fijado en el defecto de aquellos ojos, uno más bajo que el otro, y demasiado separados, incluso después de la cirugía, para parecer normales. Era uno de los rasgos de Rachel que Sahlah había aprendido a pasar por alto. Rachel no podía hacer nada para cambiar cómo había nacido. Nadie podía.
– Le he dado vueltas y vueltas -dijo Rachel-. Toda la noche pensando. No puedo ayudarte en…, ya sabes…, en lo que me pediste.
Al principio, Sahlah no quiso creer que Rachel estuviera hablando del aborto. Pero no había forma de negar la implacable resolución que asomaba a las facciones deformes de la cara de su amiga.
– No puedes -fue lo único que logró decir Sahlah.
– He hablado con Theo, Sahlah -se apresuró a decir Rachel-. Lo sé, lo sé. No querías que lo hiciera, pero no razonas bien debido al estado en que te encuentras. Es justo que Theo opine sobre esto. Has de comprenderlo.
– Esto no es asunto de Theo.
Sahlah percibió la rigidez de su voz.
– Díselo a Theo -replicó Rachel-. Vomitó en un cubo de basura cuando le dije lo que pensabas hacer. No me mires así, Sahlah. Sé lo que estás pensando. El que vomitara no quiere decir que no quiera ayudarte. Al principio yo también lo pensé, pero le he dado vueltas durante la noche y sé que si esperas y le das a Theo una oportunidad de reparar…
– No me escuchaste -interrumpió por fin Sahlah. Su cuerpo estaba tenso, debido a la necesidad de tomar una decisión, y tomarla de una vez. Era consciente de su pánico, pero eso no servía para aplacarlo-. ¿Escuchaste algo de lo que te dije ayer, Rachel? No puedo casarme con Theo, no puedo estar con Theo, ni siquiera puedo hablar con Theo en público. ¿Por qué no lo entiendes?
– De acuerdo, lo entiendo -dijo Rachel-. Y es posible que no puedas hablar con él durante un tiempo. Quizá no puedas hablar con él hasta que el niño nazca. Pero en cuanto nazca… Es un ser humano, Sahlah. No es un monstruo. Es un hombre decente, y sabe lo que se debe hacer. Otro tío tal vez se desentendería, pero Theo Shaw no. Theo no va a rechazar a su hijo durante mucho tiempo. Ya lo verás.
Sahlah experimentó la sensación de que la tierra la estaba tragando.
– ¿Cómo piensas evitar que mi familia se entere de todo esto, del embarazo, del parto?
– Es imposible -dijo Rachel con lógica implacable, con la voz de una chica que no tenía la menor idea de los problemas que suponía nacer mujer en una familia tradicional asiática-. Tendrás que decírselo a tus padres.
– Rachel. -La mente de Sahlah saltaba de una posibilidad a otra, y cada una representaba soluciones inaceptables-. Has de escucharme. Has de intentar comprender.
– No sólo hay que pensar en lo que es bueno para ti, el bebé y Theo -dijo Rachel, todavía la razón personificada-. He pensado mucho esta noche en lo que es bueno para mí.
– ¿Qué tienes que ver tú con todo esto? Lo único que necesito de ti es información, y un poco de ayuda para escaparme de aquí, o de casa de mis padres, el tiempo suficiente para que me vea un médico.
– Pero no es como ir al mercado, Sahlah. No puedes aparecer así como así y decirle a un tío: «Llevo un niño dentro y quiero deshacerme de él.» Hay que ir más de una vez, tú y yo, y…
– No te pedí que vinieras conmigo. Sólo te pedí información. Pero puedo hacerlo yo sola, y lo haré yo sola. Cuando la tenga, lo único que te pediré es que me telefonees y me pidas algo, cualquier cosa, que me sirva de excusa para ausentarme de casa de mis padres el tiempo suficiente para ir a la clínica, o donde sea.
– Piensa un poco -dijo Rachel-. Ni siquiera te atreves a decir la palabra. Eso debería bastarte para saber cómo te sentirás cuando te deshagas del niño.
– Sé cómo me sentiré. Me sentiré aliviada. Me sentiré como si hubiera resucitado. Sabré que no he destrozado la fe de mis padres en sus hijos, destruido a mi familia, asestado un golpe mortal a mi padre, causado…
– Eso no pasará -dijo Rachel-. Y aunque pase durante un día, una semana o un mes, lo aceptarán. Todos lo aceptarán. Theo, tu madre y tu padre. Incluso Muhannad.
– Muhannad me matará -replicó Sahlah-. Cuando ya no pueda disimular mi estado, mi hermano me matará, Rachel.
– Eso son tonterías, y lo sabes. Se pondrá furioso y hasta es posible que se pelee con Theo, pero nunca te pondrá la mano encima. Eres su hermana, por el amor de Dios.
– Por favor, Rachel. Tú no le conoces. No conoces a mi familia. La ves desde fuera, como todo el mundo, pero no sabes cómo es en realidad. No sabes lo que son capaces de hacer. Pensarán en el oprobio…
– Y lo superarán -dijo Rachel, con un timbre de resolución en la voz que hundió a Sahlah en la desesperación-. Hasta que lo hagan, yo cuidaré de ti. Sabes que siempre he cuidado de ti.
Sahlah comprendió que el círculo se había cerrado. Habían vuelto a donde estaban el domingo por la tarde, a donde estaban el día anterior. Estaban en los Clifftop Suggeries, sólo que en mente en lugar de en cuerpo.
– Además -dijo Rachel, en un tono indicador de que había llegado a la conclusión de sus comentarios-, también he de pensar en mi conciencia, Sahlah. ¿Qué crees que sentiría, sabiendo que había participado en algo con lo que no estaba de acuerdo? He de pensar en eso.
– Por supuesto.
Los labios de Sahlah formaron las palabras, pero no se oyó decirlas. Experimentó la sensación de que una fuerza invisible se había apoderado de ella y la estaba alejando de la presencia de Rachel, de la zona industrial. No sentía la tierra bajo los pies, y el sol ardiente se había diluido en la nada, hasta dejar en su lugar una extensión helada.
Y desde la lejanía a la que había sido desterrada, Sahlah oyó las palabras de despedida de Rachel.
– No tienes por qué preocuparte, Sahlah. Todo saldrá bien. Ya lo verás.