Capítulo 18
Barbara acompañó a Trevor Ruddock para que le tomaran las huellas dactilares, y luego le condujo hasta una sala de interrogatorios de la comisaría. Le dio el paquete de cigarrillos que había pedido, así como una coca-cola, un cenicero y cerillas. Le dijo que pensara sin prisas sobre lo que había hecho el viernes por la noche, y quién, de entre su larga lista de amigos y conocidos, podría corroborar la coartada que presentaría a la policía. Cerró con llave la puerta nada más salir, para asegurarse de que no tuviera acceso a un teléfono, con vistas a pergeñar una coartada.
Averiguó, mediante la agente Warner, que Emily había traído también a un sospechoso.
– El aceituno de Clacton -le describió Belinda-. El de los mensajes telefónicos del hotel.
Kumhar, pensó Barbara. El agente enviado a Clacton había sido más eficaz de lo que pensaba.
Encontró a Emily ocupada en los preparativos de enviar las huellas de Kumhar a Londres. Entretanto, las mismas huellas serían enviadas también al laboratorio de patología de Peterborough, donde los agentes las compararían con las encontradas en el Nissan de Querashi. Barbara se encargó de que las de Trevor Ruddock se añadieran a las de Kumhar. De una forma u otra, daba la impresión de que se estaban acercando a la verdad.
– Su inglés es fatal -dijo lacónicamente Emily cuando volvieron a su despacho. Se secó la cara con una servilleta de papel que había sacado del bolsillo. La arrugó y tiró a la papelera-. Eso, o bien finge que su inglés es fatal. En Clacton no le sacamos nada, sólo un montón de jerigonza sobre sus papeles, como si fuéramos a escoltarle hasta el puerto más próximo para expulsarle.
– ¿Niega que conocía a Querashi?
– No sé lo que hace. Podría estar admitiendo, negando, mintiendo con descaro absoluto o recitando poesía. Es imposible saberlo, porque habla en su jerga.
– Hemos de conseguir algún traductor -dijo Barbara-. No debería ser muy difícil, ¿verdad? Quiero decir, con toda esa comunidad asiática y tal.
Emily lanzó una breve carcajada.
– No podríamos confiar en la fiabilidad de esa traducción. Maldita sea.
Barbara no pudo discutir el punto de vista de la inspectora. ¿Cómo podían confiar en que un miembro de la comunidad asiática tradujera con objetividad y precisión las palabras de Kumhar, teniendo en cuenta el clima racial de Balford-le-Nez?
– Podríamos traer a alguien de Londres. Uno de los agentes podía traer a ese tío de la universidad, el que tradujo la página del Corán. ¿Cómo se llama?
– Siddiqi.
– Exacto. Profesor Siddiqi. De hecho podría telefonear al Yard y pedir a uno de nuestros chicos que vaya a buscarle y le traiga aquí.
– Quizá sea la única alternativa -dijo Emily.
Entraron en su despacho, donde parecía hacer más calor que en el resto del edificio. El sol de la tarde daba de lleno en la funda de almohada que Emily había clavado con chinchetas sobre la ventana, y arrojaba sobre la habitación un resplandor acuoso que sugería vida en un acuario, al tiempo que no hacía nada por mejorar la apariencia personal.
– ¿Quieres que haga la llamada? -preguntó Barbara.
Emily se dejó caer en la silla que había detrás del escritorio.
– Aún no. Tengo a Kumhar encerrado, y me gustaría darle tiempo para que se entere de lo que se siente al estar encarcelado. Algo me dice que sólo necesita una generosa aplicación de aceite en la maquinaria de su predisposición a colaborar. Además, no lleva suficiente tiempo en Inglaterra para citarme la PPC de pe a pa. Yo controlo esta situación, y me gustaría hacerlo hasta las últimas consecuencias.
– Pero si no habla inglés, Em… -dijo Barbara, vacilante.
Emily dio la impresión de hacer caso omiso de lo que implicaban sus palabras: ¿acaso no estaban perdiendo el tiempo manteniéndole encerrado, si no hacían un esfuerzo por conseguir un intermediario imparcial que hablara su idioma?
– Yo diría que lo averiguaremos dentro de pocas horas.
Dedicó su atención a la agente Warner, que había entrado con una bolsa de pruebas sellada en la mano.
– Nos lo acaban de enviar -dijo Belinda Warner-. Es el contenido de la caja de seguridad de Querashi. La que tenía en el Barclays -añadió.
Emily extendió la mano. Belinda entregó la bolsa. Como si quisiera calmar las preocupaciones de Barbara, Emily dijo a la agente que telefoneara al profesor Siddiqi, de Londres, y le preguntara si estaría dispuesto a ejercer de intérprete para un sospechoso paquistaní, en caso necesario.
– Dile que esté preparado para cualquier eventualidad -ordenó Emily-. Si le necesitamos, tendrá que venir cagando leches.
Dedicó su atención al contenido de la bolsa, que consistía sobre todo en papeles. Había un fajo de documentos relacionados con la casa de la Primera Avenida, un segundo fajo que contenía sus papeles de inmigración, un contrato de renovación y construcción firmado por Gerry DeVitt, así como por Querashi y Akram Malik, y varios papeles sueltos. Uno de ellos había sido arrancado de un bloc de espiral y, mientras Emily cogía éste, Barbara eligió otro.
– Otra vez Oskarstrasse 15 -dijo Emily, al tiempo que levantaba la vista. Dio la vuelta al papel y lo examinó con detenimiento-. No consta la ciudad. Sin embargo, me juego el culo a que es Hamburgo. ¿Qué tienes tú?
Era un conocimiento de embarque, dijo Barbara. Procedía de una empresa llamada Eastern Imports.
– «Muebles, complementos y accesorios elegantes para el hogar» -leyó Barbara a Emily-. Importados de la India, Pakistán y Bangladesh.
– Sólo Dios sabe qué se puede importar de Bangladesh -comentó con sequedad Emily-. Parece que los tórtolos estaban a punto de amueblar su casa de la Primera Avenida.
Barbara no estaba tan segura.
– No consta ninguna lista en la factura, Em. Si la hija de Malik y Querashi hubieran comprado el lecho nupcial y todo lo demás, ¿no habría un recibo de sus compras? Pues no está. Sólo se trata de un conocimiento de embarque para la propia empresa.
Emily frunció el entrecejo.
– ¿Dónde está ese lugar? ¿En Hunslow? ¿En Oxford? ¿En la región central de Inglaterra?
Ambas sabían que eran los lugares que albergaban comunidades hindúes y paquistaníes importantes.
Barbara meneó la cabeza, mientras tomaba nota de la dirección.
– Parkeston -dijo.
– ¿Parkeston? -preguntó Emily con incredulidad-. Pásamelo, Barb.
Barbara obedeció. Mientras Emily estudiaba el conocimiento de embarque, se levantó y fue a examinar el plano de la península de Tendring colgado en la pared y, a su lado, un plano ampliado de la costa. Por su parte, Barbara dedicó su atención a los tres fajos de documentos.
Los papeles de inmigración parecían estar en orden, por lo que ella sabía. También la documentación sobre la casa de la Primera Avenida. La firma de Akram Malik aparecía en casi todos estos documentos, pero era lógico si la casa formaba parte de la dote de Sahlah Malik. Barbara estaba echando un vistazo al contrato de la renovación, firmado por Gerry DeVitt, cuando otro papel se escurrió de entre las páginas.
Vio que era una página de una revista. Había sido arrancada con todo cuidado y doblada. Barbara la desdobló y extendió sobre su regazo.
Las dos caras de la página contenían anuncios de una sección de la revista llamada A Su Servicio. Abarcaban desde International Company Services, en la isla de Man, que al parecer se encargaba de la protección de propiedades y la evasión de impuestos de empresas extranjeras, hasta Electronics Discreet Surveillance, para patronos que dudaban de la lealtad de sus trabajadores, pasando por Spycatcher de Knightsbridge, que ofrecía lo último en aparatos de detección de micrófonos ocultos para «la absoluta protección del hombre de negocios serio». Había anuncios de empresas de alquiler de coches, apartamentos completamente equipados en Londres, y servicios de seguridad. Barbara los leyó todos. Cada vez la asombraba más que Querashi hubiera guardado aquel papel entre sus demás documentos, y pensó que debía ser un despiste, cuando un nombre conocido saltó hacia su vista. «World Wide Tours -leyó-. Agencia de viajes especializada en inmigración.»