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– Me quedé petrificado. -Hegarty había empezado a sudar. La joya del aro que perforaba su labio bailoteaba-. No supe qué hacer. No podía creer que hubiera caído… Seguí esperando a que se levantara…, a que se sacudiera el polvo. A que riera o algo por el estilo, como avergonzado. En cualquier caso, fue entonces cuando vi al otro.

– ¿Había alguien más? -preguntó Emily al instante.

– Agazapado detrás de un arbusto, arriba del acantilado.

Hegarty describió el movimiento que había visto: una figura que surgía de detrás de los arbustos, bajaba unos peldaños, quitaba algo enrollado alrededor de la barandilla de hierro que había a cada lado de los peldaños de cemento, y desaparecía.

– Entonces pensé que alguien se lo había cargado -concluyó Hegarty.

Rachel firmó con una rúbrica en cada línea que el señor Dobson le señalaba. Hacía tanto calor en su oficina que los muslos se le estaban pegando a la silla, y gotas de sudor caían desde sus cejas sobre los documentos como si fueran lágrimas. Pero estaba lejos de llorar. Aquel día precisamente, llorar era lo último que se le ocurriría.

Había aprovechado su hora de comer para pedalear hasta los Clifftop Snuggeries. Había pedaleado con furia, indiferente al calor, el tráfico o los peatones, con el fin de llegar a los Snuggeries y el señor Dobson antes de que otra persona comprara el piso que quedaba. Estaba tan dichosa que ni siquiera se molestó en agachar la cabeza para ocultarla a las miradas de los curiosos, como siempre hacía cuando se encontraba entre desconocidos. ¿Qué más daba su fealdad, cuando al fin iba a solucionar su futuro?

Había creído a pie juntillas en las últimas palabras que dijo a Sahlah el día anterior. Theo Shaw, había dicho, cumpliría su deber. No dejaría que Sahlah se las arreglara sola. No era propio de Theo abandonar a las personas que amaba, sobre todo en tiempos de necesidad.

Pero no había contado con Agatha.

Rachel había conocido la noticia del ataque de la señora Shaw aquella mañana, a los diez minutos de abrir la tienda. El estado de la anciana era la comidilla de High Street. Apenas Rachel y Connie acababan de destapar los collares y brazaletes de la vitrina principal, el señor Unsworth, de Balford Books and Crannies, apareció para que firmaran una tarjeta de felicitación gigantesca.

– ¿Qué es esto? -quiso saber Connie. La tarjeta tenía la forma de un conejo enorme. Parecía más adecuada para desear felices pascuas a un niño que para enviar recuerdos a una mujer al borde de la muerte.

Aquellas tres palabras fueron todo cuanto necesitó el señor Unsworth para abundar sobre el tema de los «ataques de apoplejía», como llamaba al ataque de la señora Shaw. Era muy típico del señor Unsworth. Leía el diccionario entre cliente y cliente, y siempre le gustaba darse aires de importancia utilizando palabras que nadie, excepto él, comprendía. Pero cuando Connie, a la que no sólo no intimidaba su vocabulario, sino que sólo se dejaba impresionar por cosas directamente relacionadas con bailar el swing o vender chucherías a sus clientes, dijo, «Alfie, ¿de qué cono estás hablando? Tenemos trabajo que hacer», el señor Unsworth abandonó a Mr. Chips en favor de una forma más directa de comunicarse.

– A la vieja Agatha Shaw se le han fundido los plomos del cerebro, Con. Sucedió ayer. Mary Ellis estaba con ella. La llevaron al hospital, y está entubada de pies a cabeza.

Unos pocos minutos de conversación bastaron para iluminar los detalles, el más importante de los cuales era el pronóstico de la señora Shaw. Connie quiso saberlo, debido a lo que significaba la salud de la anciana para la reurbanización de Balford-le-Nez, un plan en el que los tenderos de la calle Mayor tenían un interés lógico. Rachel quiso saberlo, debido a la influencia que su estado actual podía tener en el futuro comportamiento de su nieto. Una cosa era estar segura de que Theo Shaw cumpliría su deber para con Sahlah en circunstancias normales, y otra muy distinta esperar que aceptara el peso del matrimonio y la paternidad en plena crisis familiar.

Y lo que Rachel había averiguado por mediación del señor Unsworth (quien lo había averiguado gracias al señor Hodge en la panadería de Granny, quien lo había averiguado gracias a la señora Barrigan en Sketches, quien era la tía paterna de Mary Ellis) era que el estado actual de la señora Shaw constituía una crisis familiar de gigantescas proporciones. Viviría, cierto. Y si bien esta circunstancia, al principio, parecía garantizar que Theo aceptaría las responsabilidades contraídas con Sahlah Malik, cuando el señor Unsworth se explayó sobre el estado de la señora Shaw, Rachel vio las cosas de una forma muy diferente.

Utilizó palabras como «cuidados constantes» y «rehabilitación intensiva», palabras como «devoción de un ser querido», «gracias a su buena estrella» y «tiene a ese chico». Al oír todo esto, Rachel no tardó mucho en comprender que, fueran cuales fuesen sus responsabilidades para con Sahlah, Theo Shaw tenía responsabilidades aún mayores para con su abuela. Al menos, así lo vería él.

Rachel no había dejado de mirar el reloj en toda la mañana. La situación con su madre era demasiado tensa en los últimos días para pedirle permiso para salir antes de la hora e ir a los Snuggeries. Pero en cuanto el segundero rebasó las doce, ya estaba fuera de la tienda e inclinada sobre el manillar, pedaleando como un ciclista en el Tour de Francia.

– Brillante -dijo el señor Dobson, mientras la joven firmaba en la línea final del contrato de compra. Lo levantó de la mesa y agitó en el aire, como para secar la tinta. Le dedicó una sonrisa radiante-. Bri-llan-te. Maravilloso. No se arrepentirá ni un momento de esta adquisición, señorita Winfield. Estos pisos constituyen una excelente inversión. Dentro de cinco años, su dinero se habrá duplicado. Ya lo verá. Ha sido muy inteligente al apoderarse de este último antes que otro se lo arrebatara, si quiere saber mi opinión. Pero ya imagino que usted es una chica inteligente en todo, ¿verdad?

Siguió charlando sobre consejeros de hipotecas, sociedades constructoras y oficinas de inversión en las delegaciones locales de Barclays, Lloyds o Nat West. En realidad, Rachel no le escuchaba. Asintió y sonrió, extendió el talón de pago que diezmaría su cuenta corriente en Midlands, y sólo pensó en la necesidad de terminar de una vez por todas aquella transacción, pedalear hasta Mostazas Malik y ofrecer su apoyo a Sahlah, cuando la noticia del estado de Agatha Shaw llegara a sus oídos.

Sin duda, Sahlah interpretaría la noticia igual que Rachel, y la consideraría un obstáculo insalvable para la futura convivencia con Theo y su hijo. Era imposible saber qué efecto obraría en Sahlah aquella información. Y como la gente abrumada por la preocupación y la confusión era propensa a tomar decisiones precipitadas, de las que más tarde se arrepentía, lo más lógico era que ella, Rachel Winfield, estuviera cerca de Sahlah por si ésta consideraba necesario hacer algo irreflexivo.

Sin embargo, pese a la prisa, Rachel no pudo abstenerse de dedicar un minuto a inspeccionar el piso. Sabía que no tardaría en vivir en él, que ellas no tardarían en vivir en él, pero aún se le antojaba un sueño poseer por fin el piso, pues sabía que para convertir el sueño en realidad sería necesario pasear de habitación en habitación, abrir armarios y admirar la vista.

El señor Dobson le entregó la llave.

– Por supuesto, por supuesto -y añadió-: Naturettement, chére mademoiselle -al tiempo que enarcaba las cejas y le dirigía una sonrisa lasciva, demostración de que su cara deforme no le repelía en absoluto.

Por lo general, Rachel habría reaccionado con brusquedad ante tamaña exhibición de bonhomie, pero aquella tarde sólo sentía buena disposición hacia el hombre, de manera que echó hacia atrás el pelo para revelar lo peor de sus deformidades, dio las gracias al señor Dobson, encerró la llave en su palma y se encaminó al número 22.