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En el fondo, Sahlah sabía que el amor entre Theo y ella estaba ya condenado antes de nacer. Tradición, religión y cultura habían conspirado al unísono para destruirlo. Sin embargo, descargar sobre otra persona la culpa de que su vida con Theo era imposible era una tentación que había intentado seducirla desde el primer momento. Qué fácil era ahora manipular las palabras del Corán, hasta convertirlas en una justificación de lo que había sucedido a la abuela de Theo: Todo bien que te acaezca, oh, hombre, procede de Alá, y todo mal que te acaezca procede de ti.

Por consiguiente, podía proclamar en voz alta que el estado actual de la señora Shaw era el resultado directo del odio y los prejuicios que abrigaba en su interior y alentaba en los demás. Pero Sahlah sabía que también ella podía aplicarse aquellas palabras del Corán. Porque el mal se había abatido sobre ella como se había abatido sobre la abuela de Theo. Y ese mal era el resultado directo de su comportamiento egoísta y descarriado.

No quería pensar en ello, en cómo se había abatido sobre ella aquel mal y en lo que iba a hacer para erradicarlo. La verdad era que no sabía lo que iba a hacer. Ni siquiera sabía por dónde empezar, pese a que estaba sentada en el pasillo de un hospital, donde era muy probable que se llevaran a cabo en todo momento actividades eufemísticamente etiquetadas como Procedimientos Necesarios.

Sólo había sentido alivio al ver a Rachel. En cuanto su amiga había dicho, «Ya lo he hecho», había sentido que se desprendía de un peso tan enorme que, por un momento, creyó que se pondría a volar. Sin embargo, cuando quedó claro que la frase se refería a la compra de un piso al que Sahlah nunca se mudaría, la desesperación la había invadido de nuevo. Rachel había sido su única esperanza de deshacerse de la marca del pecado contra su religión y su familia, en absoluto secreto y corriendo un riesgo mínimo. Ahora, sabía que debería arreglárselas sola. Ni siquiera era capaz de decidir cuál debía ser su primer movimiento.

– ¿Sahlah? ¿Sahlah?

Se sobresaltó al oír su nombre, pronunciado en el mismo tono cuchicheado que él empleaba en la peraleda las noches que se encontraban. Theo se erguía a su derecha, petrificado en el pasillo, con una lata de coca-cola perlada de humedad en una mano.

Llevó la mano sin darse cuenta hacia el colgante, tanto para ocultarlo a la vista de Theo como para sujetarlo como quien se acoge a lugar sagrado. Pero él había visto el fósil, y debió extraer sus propias conclusiones del hecho de que lo llevara, porque se sentó en el banco a su lado. Dejó la lata en el suelo. Ella observó sus movimientos. Después, clavó la vista en la parte superior de la lata.

– Rachel me lo dijo, Sahlah -empezó Theo-. Cree…

– Sé lo que cree -susurró Sahlah.

Quería decirle a Theo que se fuera o, al menos, que se quedara de pie al otro lado del pasillo y fingiera que únicamente le estaba expresando sus condolencias por el estado de su abuela, y que él le estaba agradeciendo su interés. Sin embargo, sólo su cercanía, después de las largas semanas de separación, era como una bebida embriagadora para ella. Su corazón anhelaba más y más, mientras su mente le decía que la única forma de sobrevivir era aceptar menos.

– ¿Cómo pudiste hacerlo? -preguntó Theo-. No he parado de repetirme esa pregunta desde que hablé con ella.

– Por favor, Theo. No sirve de nada hablar de eso.

– ¿Qué no sirve de nada? -formuló la pregunta con amargura-. Por mí, estupendo, porque me da igual que no sirva. Yo te quería, Sahlah. Tú dijiste que me querías.

La parte superior de la lata brillaba débilmente. Sahlah parpadeó varias veces y mantuvo la cabeza gacha. Alrededor, la actividad del hospital continuaba. Los asistentes se apresuraban con camillas delante de ellos, los médicos hacían rondas, las enfermeras llevaban pequeñas bandejas con medicamentos para sus pacientes. Pero Theo y ella estaban tan aislados del mundo como si estuvieran encerrados en una cabina de cristal.

– Lo que me he estado preguntando -siguió Theo-, es cuánto tardaste en decidir que amabas a Querashi en lugar de a mí. ¿Cuánto fue, un día? ¿Una semana? ¿Dos? O tal vez no sucedió, porque como me has dicho muchas veces, en las costumbres de tu pueblo el amor no cuenta a la hora de decidir un matrimonio. ¿No me lo explicabas así?

Sahlah sentía que la sangre latía con furia bajo la marca de nacimiento de su mejilla. No podía ayudarle a comprender, porque su exigencia de comprender implicaba una verdad que no estaba dispuesta a revelarle.

– También me he estado preguntando cómo pasó y dónde. Espero que me perdones, porque has de comprender que durante las seis últimas semanas no he estado pensando en otra cosa, salvo en cómo y cuándo no pasó entre los dos. Pudo ser, pero no ocurrió. Oh, llegamos muy cerca, ¿verdad? En Horsey Island. Incluso aquella vez en el huerto, cuando tu hermano…

– Theo -dijo Sahlah-. No nos hagas esto, por favor.

– No es cuestión de nosotros. Yo lo pensaba así. Incluso cuando Querashi apareció, como tú dijiste que sucedería, lo seguí pensando. Me puse aquel jodido brazalete…

La joven se encogió al oír el taco. Vio que ahora no llevaba el brazalete.

– … y seguí pensando. Ella sabe que no ha de casarse con él. Sabe que puede negarse al matrimonio, porque no hay forma de que su padre la obligue a casarse con alguien contra su voluntad. Sí, su padre es asiático, pero también es inglés. Tal vez más inglés que ella. Pero los días transcurrieron, se convirtieron en semanas, y Querashi se quedó. Se quedó y tu padre lo llevó a la Cooperativa y le presentó como a su hijo. «Dentro de unas semanas, se unirá a nuestra familia», me dijo. «Toma a nuestra Sahlah como esposa.» Y tuve que escucharlo y desearle todos mis parabienes y lo único que deseaba era…

– ¡No!

No podía soportar oír la admisión. Y si Theo pensaba que su negativa a escuchar significaba que ella ya no le quería, mejor aún.

– Eso era por las noches -dijo Theo. Sus palabras eran sucintas, pero transparentaban su amargura-. De día, era capaz de olvidar todo y trabajar hasta sumirme en una especie de letargo. Pero de noche, sólo podía pensar en ti. Aunque no dormía y casi no comía, podía aguantarlo porque pensaba que tú también estarías pensando en mí. Se lo dirá a su padre esta noche, me repetía. Querashi se irá. Y después, tendremos tiempo, Sahlah, tiempo y una oportunidad.

– Nunca tuvimos nada de eso. Intenté decírtelo. No quisiste creerme.

– ¿Y tú? ¿Qué querías tú, Sahlah? ¿Por qué venías a mi encuentro en el huerto, aquellas noches?

– No puedo explicarlo -susurró, desolada.

– Es lo que pasa con los juegos. Nadie puede explicarlos.

– Yo no estaba jugando contigo. Lo que sentía era real. Yo era real.

– De acuerdo. Estupendo. Estoy seguro de que también era real para ti y para Haytham Querashi.

Theo hizo ademán de levantarse.

Ella le detuvo. Rodeó con su mano la piel desnuda de su brazo.

– Ayúdame -dijo, y le miró por fin.

Había olvidado el verde azulado exacto de sus ojos, el lunar junto a su boca, la inclinación de su cabello rubio y lacio. Su repentina proximidad la sobresaltó, y la reacción de su cuerpo a la simple sensación del tacto de su mano la asustó. Sabía que debía soltarle, pero no pudo. No le soltaría hasta que él se comprometiera. Era su única oportunidad.

– Rachel no quiere hacerlo, Theo. Ayúdame, por favor.

– ¿Te refieres a deshacerte del hijo de Querashi? ¿Por qué?

– Porque mis padres…

¿Cómo iba a explicárselo?

– ¿Qué pasa con ellos? Oh, es probable que tu padre se cabree cuando se entere de que estás embarazada, pero si el bebé es un chico, no tardará en aceptarlo. Dile que Querashi y tú estabais tan ansiosos que no pudisteis esperar hasta después de la ceremonia.