– ¡Mamá!
– Connie.
– Eso. Connie.
– ¿No sabías que lo sabía, Rache? ¿Quién era, por cierto? ¿Se portó mal contigo?
Se sentó, pasó la banda alrededor de sus hombros, empezó a tirar de ella hacia adelante y hacia sí para trabajar los brazos. La mancha de sudor que había dejado en el linóleo recordaba vagamente la forma de una pera puesta en vertical.
– Los hombres, Rache. No intentes leer sus pensamientos o controlar sus actos. Si los dos queréis lo mismo, adelante y divertíos. Si uno no quiere, olvídalo todo. Y procura que la diversión nunca pase de ahí, Rache: pura diversión. Utiliza protección, porque a nadie le gustan las sorpresitas después del acto. He vivido así y me ha ido bien.
Miró a Rachel con una expresión alegre, como esperando la siguiente pregunta o una admisión infantil auspiciada por su sinceridad de adulta.
– No me refería a ese tipo de intimidad -dijo Rachel-. Me refería a algo más real. Tu alma y tu conciencia.
La expresión de Connie no era alentadora. Parecía estupefacta.
– ¿Te ha dado por la religión? -preguntó-. ¿Hablaste con aquellos Haré Krishna la semana pasada? No pongas esa cara de inocencia. Ya sabes a cuáles me refiero. Estaban bailando en los alrededores de Princes Breakwater, dándole a sus tambores. Debiste pasar en bicicleta por allí. No me digas que no.
Volvió a concentrarse en sus brazos.
– No es acerca de la religión. Es sobre lo que está bien y lo que está mal. Sobre eso quiero preguntarte.
Eran aguas más profundas, sin duda. Connie dejó caer la banda elástica y se puso en pie. Tomó un largo sorbo de coca y cogió un paquete de Dunhill que había en una cesta de plástico, en el centro de la mesa. Miró a su hija con cautela mientras encendía e inhalaba. Retuvo el humo en los pulmones un momento antes de lanzar un chorro en dirección a Rachel.
– ¿Qué estás tramando, Rachel Lynn?
En un instante se había transformado en la encarnación de la maternidad.
Rachel agradeció el cambio. Se sintió desorientada un momento, como había ocurrido en su infancia, cuando los instintos maternales de Connie vencían a su indiferencia natural hacia los dictados de la maternidad.
– Nada -dijo Rachel-. No es sobre hacer el bien o el mal. No del todo, al menos.
– Pues ¿sobre qué?
Rachel vaciló. Ahora que había atraído la atención de su madre, se preguntó cómo iba a aprovecharla. No podía contárselo todo, no se lo podía contar a nadie, pero necesitaba contar a alguien lo suficiente para que ese alguien la aconsejara.
– Supon -empezó Rachel con delicadeza-, supón que algo malo le ha pasado a una persona.
– De acuerdo. Lo supongo.
Connie fumó, con el aspecto más pensativo que puede componer alguien ataviado con sujetador negro sin tirantes, bragas a juego y un portaligas de encaje.
– Pasó algo muy grave. Imagina que supieras algo capaz de poder ayudar a la gente a entender por qué pasó esta cosa tan espantosa.
– ¿Entender por qué? -dijo Connie-. ¿Por qué ha de entenderlo alguien? A cada momento están pasando cosas malas.
– Pero esto es algo muy malo. Es lo peor.
Connie inhaló de nuevo y posó una mirada pensativa en su hija.
– Lo peor, ¿eh? Bien, ¿qué pudo ser? ¿Se quemó su casa? ¿Ganó la lotería y tiró el billete a la basura sin saberlo? ¿Su mujer se fugó con Ringo Starr?
– Estoy hablando en serio -dijo Rachel.
Connie debió percibir la angustia que asomaba al rostro de su hija, porque acercó una silla y se sentó a la mesa.
– De acuerdo -dijo-. Algo malo le ha pasado a alguien. Y tú sabes por qué. ¿Es así? ¿Sí? Bien, ¿qué es ese algo?
– La muerte.
Las mejillas de Connie se hincharon. Dio una profunda bocanada al cigarrillo.
– La muerte, Rachel Lynn. ¿De qué vas?
– Alguien murió. Y yo…
– ¿Te has mezclado en algo feo?
– No.
– Entonces, ¿qué?
– Mamá, intento explicártelo. O sea, intento pedirte…
– ¿Qué?
– Ayuda. Consejo. Necesito saber si, cuando una persona sabe algo sobre una muerte, la persona ha de decir toda la verdad, pase lo que pase. Si lo que sabe una persona tal vez no tenga nada que ver con esa muerte, ¿ha de callarse cuando se lo pregunten? Porque yo sé que la persona no ha de decir nada si nadie le pregunta. Pero en el caso de que le preguntaran, ¿debería decir algo si no está segura de que puede ser de ayuda?
Connie la miraba como si acabaran de crecerle alas. Después, entornó los ojos. Pese a la caótica presentación de Rachel, cuando Connie habló a continuación, dejó claro que había efectuado sofisticados alardes de comprensión.
– ¿Estamos hablando de una muerte repentina, Rachel? ¿De una muerte inesperada?
– Bien. Sí.
– ¿Inexplicada?
– Supongo que sí.
– ¿Reciente?
– Sí.
– ¿Cercana?
Rachel asintió.
– Entonces es…
Connie encajó el cigarrillo entre los labios y rebuscó entre una pila de periódicos, revistas y correo amontonada debajo de la cesta de plástico de la que había cogido los cigarrillos. Echó un vistazo a la primera plana del Tendring Standard, lo desechó en favor de otro, desechó éste en favor de un tercero.
– ¿Ésta? -Tiró el periódico delante de Rachel. Era el que informaba sobre la muerte ocurrida en el Nez-. ¿Sabes algo sobre esto, hija mía?
– ¿Por qué lo preguntas?
– Venga, Rache. No me he vuelto ciega. Sé que te codeas con los aceitunos.
– No digas eso.
– ¿Por qué? Nunca ha sido un secreto que Sally Malik y tú…
– Sally no. Sahlah. Y no me refería a lo de que me codeo con ellos. No les llames aceitunos. Pareces una analfabeta.
– Perdone usted, oiga.
Connie dio unos golpecitos con el cigarrillo en un cenicero, que tenía forma de zapato de tacón alto. El tacón servía para apoyar el cigarrillo. Connie no lo utilizó, pues ello significaría perderse unas bocanadas de humo, y en aquel momento no pensaba hacerlo.
– Será mejor que me digas ahora mismo en qué lío te has metido, porque esta noche no estoy para juegos de adivinanzas. ¿Sabes algo sobre la muerte de este tío?
– No. Exactamente no, quiero decir.
– Por lo tanto, sabes algo con inexactitud. ¿No es eso? ¿Conocías a este tipo en persona? -La pregunta dio la impresión de oprimir algún botón, porque los ojos de Connie se abrieron de par en par y apagó el cigarrillo con tal rapidez que volcó el cenicero-. ¿Era el tipo con el que correteabas entre las cabañas de la playa? Dios Todopoderoso. ¿Dejaste que un aceituno te la endiñara? ¿Dónde está tu sentido común, Rachel? ¿Dónde está tu decencia? ¿Dónde está tu dignidad? ¿Crees que a un aceituno le importaría algo hacerte un bombo? Una mierda. ¿Y si te contagió una de esas enfermedades de los aceitunos? ¿Qué harías entonces, muchacha? Y luego, todos esos virus. ¿Qué me dices de ése, el enola, oncola, o como se llame?
Ebola, la corrigió en silencio Rachel. Y no tenía nada que ver con echar un polvo con un hombre (blanco, moreno, negro o púrpura) entre las cabañas de la playa de Balford-le-Nez.
– Mamá -dijo con paciencia.
– Para ti, Connie. ¡Connie Connie Connie!
– Sí. De acuerdo. Nadie me está follando, Connie. ¿De veras crees que algún tío, del color que sea, tendría ganas de echarme un polvo?
– ¿Por qué no? -preguntó Connie-. ¿Qué tienes de malo? Con un cuerpo bonito, unos pómulos fabulosos y unas piernas maravillosas, ¿por qué no querría cualquier tío hacérselo con Rachel Lynn cada noche de la semana?
Rachel vio la desesperación en los ojos de su madre. Sabía que sería inútil, peor aún, de una crueldad innecesaria, lograr que Connie admitiera la verdad. Al fin y al cabo, era la persona que había dado a luz al bebé de la cara deforme. Sería tan difícil vivir con esa realidad como vivir con la cara.