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Capítulo 6

El sol de la mañana la despertó. Venía acompañado de los chillidos de las gaviotas y el tenue aroma a sal en el aire. Al igual que el día anterior, el aire estaba inmóvil por completo. Barbara, tendida en posición semifetal en una de las camas gemelas, miró por la ventana abierta y vio al otro lado un laurel, y ni una sola hoja se movía. A mediodía, el mercurio burbujearía en los termómetros de toda la ciudad.

Barbara hundió los nudillos en su región lumbar, que le dolía después de haber estado expuesta toda la noche a un colchón apisonado por varias generaciones de cuerpos. Bajó de la cama y se dirigió dando tumbos hacia el lavabo con vistas.

El cuarto de baño prolongaba el tema de decadencia decorosa del hotel. Borlas de moho crecían en los azulejos de la pared y el suelo que rodeaba la bañera, y las puertas de los armaritos situados debajo del lavabo se mantenían cerradas mediante una goma elástica tensada entre sus pomos. Se accedía a las vistas gracias a una pequeña ventana que había sobre el retrete, cuatro hojas de cristal mugrientas tras una cortina fláccida, en la que delfines superpuestos surgían de un mar espumeante que, desde hacía mucho tiempo, había adquirido el tono deprimente de un cielo invernal.

Barbara examinó el entorno con un «puag» y se miró la cara en el espejo manchado por los años que había encima del lavabo, donde tal vez dos docenas de cupidos dorados se disparaban mutuamente flechas de amor desde las cuatro esquinas del cristal. Tomó nota de su apariencia con un segundo y más fervoroso «puag». La combinación de los cardenales que empezaban a amarillear por los bordes, y que abarcaban desde los ojos hasta la barbilla, junto con las arrugas que cruzaban su mejilla izquierda por haber dormido de ese lado, creaban una visión muy poco atractiva para la hora del desayuno. La visión era capaz de sacar de quicio a cualquiera, decidió Barbara, y se dio la vuelta para admirar las vistas.

La ventana estaba abierta de par en par, lo cual permitía la entrada de unos generosos quince centímetros de aire fresco matinal. Respiró hondo y se pasó los dedos por su masa enmarañada de cabello, mientras contemplaba la pendiente de césped que descendía hasta el mar.

El hotel Burnt House, aposentado sobre un risco situado más o menos a kilómetro y medio al norte del centro de la ciudad, era ideal para los visitantes que iban a Balford sólo para tener vistas. Al sur, la playa de Princes tallaba una media luna de arena puntuada por tres rompeolas de piedra. Al este, el césped terminaba en un acantilado tras el cual se extendía el mar, inmóvil aquella mañana y limitado por una capa de neblina gris que colgaba en el horizonte, como la promesa seductora de una temperatura más fría. Al norte, las grúas del lejano puerto de Harwich alzaban sus cuellos de dinosaurio por encima de los transbordadores que pasaban bajo ellos camino de Europa. Barbara vio todo esto desde su ventana, pese a su pequeñez, y habría una vista más amplia para cualquiera que se sentara en las sillas de lona diseminadas por el jardín del hotel.

Tal vez un pintor de paisajes o un dibujante descubrirían que Burnt House servía a sus intereses, decidió Barbara, pero para los visitantes que acudían a Balford-le-Nez en busca de algo más que vistas agradables, el emplazamiento del hotel era una pura locura comercial. La distancia entre el hotel y la ciudad, con su paseo Marítimo, el parque de atracciones y la calle Mayor, subrayaba este hecho. Esos lugares constituían el corazón comercial de Balford-le-Nez, donde los turistas gastaban su dinero. Si bien se encontraban a una distancia conveniente, un agradable paseo a pie, de los demás hoteles, casas de huéspedes y residencias de veraneo de la ciudad, no ocurría lo mismo en relación a Burnt House. Los padres con hijos pequeños, los jóvenes ansiosos por disfrutar de los dudosos placeres nocturnos y los visitantes que buscaban de todo, desde arena a recuerdos, no lo encontrarían en el risco situado al norte de Balford. Podían ir a pie a la ciudad, por supuesto, pero no había acceso directo por la fachada marítima. Los peatones que se encaminaran a la ciudad desde Burnt House tendrían que desviarse primero hacia el interior, siguiendo la carretera de Nez Park, y después volver de nuevo hacia el paseo marítimo.

Barbara llegó a la conclusión de que Basil Treves podía sentirse afortunado por tener huéspedes en cualquier época del año. Lo cual significaba que podía sentirse afortunado por haber tenido a Haytham Querashi de huésped para una larga temporada. Lo cual, a su vez, suscitaba la pregunta de si Treves había jugado algún papel en los planes matrimoniales de Querashi. Era una especulación interesante.

Barbara miró hacia el parque de atracciones. Se estaba construyendo en su extremo, donde en otro tiempo estaba la cafetería Jack Awkins. Incluso desde aquella distancia podía ver la pintura nueva que exhibía el muelle: blanca, verde, azul y naranja, además de las banderas multicolores que ondeaban en las astas que flanqueaban sus lados. Nada de esto existía la última vez que estuvo en Balford.

Barbara dio media vuelta. De pie ante el espejo una vez más, examinó su cara y se preguntó si quitarse las vendas había sido una idea inspirada. No había traído maquillaje. Como su provisión de cosméticos se limitaba a una barra de Blistex y a un bote de colorete que había pertenecido a su madre, le había parecido que embutirlos en la mochila no valía la pena. Le gustaba considerarse una tía cuya fibra moral no permitía la indecencia de hacer algo más que pellizcarse las mejillas para dar un poco de color a la cara. Lo cierto era que, si podía elegir entre pintarrajearse la piel y dormir otros quince minutos por la mañana, siempre se había decantado por el sueño. En su profesión, le parecía más práctico. En consecuencia, sus preparativos para el día no se alargaron más de diez minutos, cuatro de los cuales dedicó a hurgar en su mochila, blasfemar y buscar un par de calcetines.

Hizo gárgaras, se pasó un cepillo por el pelo, metió en su bolso los objetos que había sacado la noche anterior del cuarto de Querashi y salió al pasillo. Los olores del desayuno se aferraban al aire como niños impertinentes a las faldas de su madre. En algún lugar, habían frito huevos, asado salchichas, quemado tostadas, asado a la parrilla tomates y champiñones. Barbara no necesitó ningún plano para encontrar el comedor. Se limitó a bajar un tramo de escaleras, donde los olores se intensificaron aún más, y recorrer un estrecho pasillo de la planta baja en dirección al sonido de cubiertos que entrechocaban con platos y voces que murmuraban los planes del día. Y entonces, la oyó.

Una voz se destacaba sobre las demás. Una niña.

– ¿Sabías lo de la excursión en un barco langostero? ¿Iremos, papá? ¿Y la noria? ¿Iremos hoy? Anoche la estuve viendo desde el jardín con la señora Porter, y dijo que cuando tenía mi edad, la noria…

Un murmullo interrumpió la cháchara. Como siempre, pensó Barbara de mal humor. ¿Qué coño le pasaba a aquel hombre? Reprimía todos los impulsos de la niña. Barbara avanzó hacia la puerta, irritada y preparada para la batalla, a sabiendas de que no podía sentir otra cosa que desinterés.

Hadiyyah y su padre estaban sentados en un rincón oscuro del antiguo comedor, adornado con paneles macizos. Les habían colocado bien alejados de los demás huéspedes, tres parejas blancas de edad avanzada cuyas mesas estaban alineadas frente a las puertas cristaleras abiertas. Estas personas atacaban sus desayunos como si no hubiera nadie más, a excepción de una anciana con un andador apoyado contra su silla. Daba la impresión de ser la tal señora Porter, porque estaba cabeceando en dirección a Hadiyyah desde su rincón, como alentándola.

La coincidencia de alojarse en el mismo hotel que Hadiyyah y Taymullah Azhar no sorprendió demasiado a Barbara. Suponía que se alojarían con la familia Malik, pero al parecer no había sido posible, así que el hotel Burnt House era una elección lógica. Haytham Querashi se había alojado en él, al fin y al cabo, y Azhar estaba en Balford a causa de Querashi.