La ciudad necesitaba con desesperación justo lo que Akram Malik le proporcionaba: una fuente de empleo. También necesitaba lo que la familia Shaw tenía, al parecer, en mente: reurbanización. Barbara se preguntó si había algún punto de fricción entre ambos que el DIC de Balford debiera investigar.
Mientras pensaba en esto y meditaba en la panorámica que la fachada marítima proporcionaba, vio que dos muchachos de piel oscura, de unos diez años, salían de Refrigerios Fríos y Calientes Stan. Estaban comiendo Cornettos, y paseaban en dirección al muelle. Como niños bien educados, pararon al borde de la acera a la espera de que el tráfico se detuviera. Una furgoneta polvorienta frenó para que cruzaran.
El conductor, oculto en parte tras un parabrisas muy sucio, les hizo señas de que cruzaran. Los niños dieron las gracias con un cabeceo y bajaron del bordillo. Justo lo que los ocupantes de la furgoneta deseaban, al parecer.
La furgoneta se lanzó hacia adelante con un bramido de su bocina. El rugido del motor resonó en las fachadas de los edificios. Los niños saltaron hacia atrás, sobresaltados. Uno dejó caer su helado y se agachó instintivamente para recuperarlo. El otro le agarró por el cuello de la camisa y le obligó a retroceder.
– ¡Pakis de mierda! -gritó alguien desde la furgoneta, y una botella salió disparada por la ventanilla. No estaba tapada, de modo que su contenido describió un arco en el aire mientras volaba. Los niños la esquivaron, pero no lo suficiente. Un líquido amarillento salpicó sus caras y ropa, antes de que la botella se rompiera a sus pies.
– Puta mierda -murmuró Barbara. Cruzó la calle a toda prisa.
– ¡Mi helado! -gritó el niño más pequeño-. ¡Ghassan, mi helado!
La cara de Ghassan era el vivo retrato del asco, pero dirigido al vehículo que huía. La furgoneta ascendía por la carretera de la orilla, que se curvaba hasta perderse de vista tras la sombra de un ciprés. Barbara no consiguió ver la matrícula.
– ¿Estáis bien? -preguntó a los niños. El más pequeño se había puesto a llorar.
El pavimento abrasador recalentó a toda prisa el líquido arrojado. El olor penetrante a orina se elevó en el aire. Los chicos tenían la ropa y la piel mojadas, con desagradables manchas amarillas en los pantalones blancos y gotas amarillas que salpicaban sus piernas y mejillas morenas.
– He perdido mi helado -se lamentó el más pequeño.
– Cierra el pico, Muhsin -gruñó Ghassan-. Ellos quieren que llores. ¡Cierra el picó! -Le sacudió con rudeza por el hombro-. Coge el mío. No lo quiero.
– Pero…
– ¡Cógelo!
Extendió el Cornetto al otro niño.
– ¿Estáis bien? -repitió Barbara-. Eso ha sido muy feo.
Ghassan la miró por fin. Si el desprecio hubiera tenido sabor, lo habría probado en su expresión.
– Puta inglesa -pronunció las palabras con mucha claridad, para que no pudiera confundirlas con otras-. Aléjate de nosotros. Vámonos, Muhsin.
Barbara se quedó boquiabierta, y la cerró cuando los niños se alejaron. Se encaminaron hacia el parque de atracciones. Por lo visto, nadie iba a frustrar sus planes.
Barbara les habría admirado de no haber comprendido que todo el episodio, pese a su brevedad, daba cuenta de las tensiones raciales que sufría Balford, tensiones que apenas unas noches antes habían desembocado en un asesinato. Vio que los niños bajaban por el sendero que conducía al parque de atracciones, y luego regresó a su coche.
La casa de Trevor Ruddock no estaba muy lejos. De hecho, ni siquiera tuvo que utilizar el coche. La rápida adquisición de un plano de la ciudad en la librería Balford reveló que Alfred Terrace se encontraba a menos de cinco minutos a pie de High Street y la librería. También estaba a cinco minutos a pie de la joyería Racon, un detalle que Barbara observó con interés.
Alfred Terrace comprendía una sola hilera de siete viviendas, del tamaño de una caja de zapatos, que corría a lo largo de un lado de una plaza pequeña. Cada casa estaba adornada con maceteros descuidados, y cada una contaba con una puerta principal tan estrecha que, sin duda, sus moradores debían tener en cuenta su dieta y las dificultades que podía ocasionarles para acceder al interior. Todas eran de un color blanco sucio uniforme, y sus puertas desteñidas constituían su único rasgo característico. Cada una estaba pintada de un color diferente, en tonos que abarcaban desde el amarillo hasta el castaño rojizo. Sin embargo, la pintura se había descolorido con el tiempo, porque la hilera daba al oeste y sufría los peores efectos del sol y el calor.
Cosa que estaba sucediendo en aquel momento. El aire seguía inmóvil y daba la impresión de que la temperatura era diez grados más alta que en el muelle. Habría sido posible freír huevos en la acera. Barbara sintió que su piel expuesta empezaba a cocerse.
La familia Ruddock vivía en el número 6. En su momento, habían elegido para la puerta el color rojo, pero el sol lo había reducido a un tono salmón. Barbara llamó con los nudillos y echó un veloz vistazo por la única ventana del frente. No vio nada a través de las cortinas bordadas, si bien oyó música rap en algún lugar de la casa, acompañada por la chachara estridente de un televisor. Como nadie respondió a su primera llamada, golpeó la puerta con más entusiasmo.
Dio resultado. Se oyeron pasos sobre un suelo sin alfombra, y la puerta se abrió.
Barbara se encontró ante un niño disfrazado. No logró discernir si era varón o hembra, pero al parecer se había apropiado de la ropa de papá. Los zapatos eran del tamaño de los utilizados por los payasos y, pese al calor, una vieja chaqueta de tweed le colgaba hasta las rodillas.
– ¿Sí? -preguntó el niño.
– ¿Qué pasa, Brucie? -gritó una voz de mujer desde la parte posterior de la casa-. ¿Has abierto la puerta? ¿Hay alguien? No salgas vestido así. ¿Me oyes, Brucie?
Brucie observó a Barbara. Ésta notó que las comisuras de sus ojos necesitaban una buena lavada.
Saludó con cordialidad al niño, cuya respuesta fue secarse la nariz con la manga de la chaqueta paterna. Debajo sólo llevaba calzoncillos, cuya goma había dado ya todo de sí. Los calzoncillos colgaban peligrosamente sobre su cuerpo esmirriado.
– Busco a Trevor Ruddock -explicó-. ¿Vive aquí? ¿Eres su hermano?
El niño se volvió en sus zapatos de payaso y gritó hacia el interior de la casa.
– ¡Mamá! ¡Una tía gorda pregunta por Trev!
Las manos de Barbara cosquillearon al escuchar el calificativo.
– ¿Por Trev…? No será ese monstruo de la joyería, ¿verdad?
La mujer avanzó hacia la puerta, seguida por dos niños más. Eran chicas, a juzgar por su aspecto. Llevaban pantalones cortos azules, blusas rosa y botas blancas de vaquero adornadas con diamantes falsos, y una de ellas portaba una vara con lentejuelas. La utilizó para golpear a su hermano en la cabeza. Brucie chilló. Se lanzó al ataque, pasó junto a su madre y agarró a su hermana por la cintura. Cerró las mandíbulas sobre su brazo.
– ¿Qué pasa?
La señora Ruddock no pareció enterarse de los gritos y los puñetazos que tenían lugar a su espalda, mientras la segunda hermana intentaba desprender los dientes de Brucie del brazo de la otra. Las dos niñas empezaron a chillar.
– ¡Mamá! ¡Dile que pare!
La señora Ruddock siguió sin hacerles caso.
– ¿Busca a mi Trevor?
Parecía vieja y cansada, con ojos azules desvaídos y lacio cabello rubio oxigenado, que sujetaba con un cordón de zapato púrpura para mantenerlo apartado de la cara.