Barbara se presentó y agitó su identificación ante la cara de la mujer.
– DIC de Scotland Yard. Me gustaría hablar con Trevor. ¿Está en casa?
La señora Ruddock se puso tiesa como un huso, al tiempo que encajaba un mechón suelto detrás de la oreja.
– ¿Qué quiere de mi Trevor? No se ha metido en problemas. Es un buen chico.
Los tres niños que se debatían detrás de ella chocaron contra la pared. Un cuadro cayó al suelo. Una voz de hombre gritó desde arriba.
– ¡Joder! ¿Es que no se puede dormir aquí? ¡Shirl! ¡Joder! ¿Qué están haciendo?
– ¡Vosotros, basta ya! -La señora Ruddock agarró a Brucie por el cuello de la chaqueta. Cogió a su hermana por el pelo. Los tres niños aullaron-. ¡Basta!
– ¡Me ha pegado!
– ¡Me ha mordido!
– ¡Shirl! ¡Hazles callar!
– ¿Estáis contentos, ahora que habéis despertado a vuestro padre? -dijo la señora Ruddock, mientras daba una buena sacudida a los litigantes-. Id a la cocina, los tres. Stella, hay polos en la nevera. Dale uno a cada uno.
La promesa de una golosina pareció calmar a los tres niños. Trotaron como un solo hombre en la dirección por donde había venido su madre. Arriba, unos pies resonaron sobre las tablas del piso. Un hombre carraspeó violentamente y gargajeó con tal fuerza que Barbara se preguntó si se estaba practicando una amigdalectomía. De todos modos, no comprendía que alguien pudiera estar durmiendo antes de su llegada. Un grupo de rap estaba aullando a todo volumen, y en dura competencia, dos tíos se estaban dando puñetazos por un putón en Coronation Street, a un nivel auditivo que no dejaba nada a la imaginación.
– No exactamente problemas -dijo Barbara-. Sólo quiero hacerle algunas preguntas.
– ¿Sobre qué? Trev devolvió los tarros de lo que fuera. Sí, vendimos algunos antes de que los aceitunos nos pillaran, pero no es que perdieran dinero. Ese Akram Malik nada en la abundancia. ¿Ha visto dónde viven?
– ¿Está Trevor?
Barbara intentaba conservar la paciencia, pero el sol que le caía de pleno sobre la cabeza estaba consiguiendo evaporarla a toda velocidad.
La señora Ruddock le dedicó una mirada algo hostil, al darse cuenta de que sus palabras causaban poca impresión.
– ¡Stella! -gritó sin volverse, y cuando la mayor de las dos niñas volvió de la cocina con un polo embutido en el centro de la boca, ordenó-: Llévala con Trev, y de paso dile a Charlie que baje esa matraca.
– Mamá…
El plañido de Stella dividió la palabra en dos sílabas, una hazaña difícil con el polo en la boca, pero parecía una niña capaz de superar cualquier desafío.
– ¡Hazlo! -ladró la señora Ruddock.
Stella se quitó el polo de la boca y expulsó el aliento con fuerza, de manera que sus labios vibraron.
– Vamos -dijo, y empezó a subir la escalera.
Barbara sintió que la mirada hostil de la señora Ruddock la seguía, mientras pisaba los talones de las botas de vaquero de Stella. Estaba claro que el delito cometido por Trevor, y que le había costado el empleo en la fábrica de mostazas, no era un delito para su madre.
El culpable estaba en uno de los dos dormitorios del primer piso de la casa. El estridente canturreo de la música rap estremecía la puerta. Stella la abrió sin más ceremonias, pero sólo unos quince centímetros, pues algo que colgaba por encima de ella parecía impedir cualquier otro avance.
– ¡Charlie! -gritó-. ¡Mamá dice que bajes esa mierda! -Se volvió hacia Barbara-. Está ahí dentro, si quiere verle.
– ¿Es que un hombre no puede dormir en su propia casa? -gritó el señor Ruddock desde el otro dormitorio.
Barbara dio las gracias a Stella y entró agachada en el cuarto. Agacharse era necesario, porque el objeto que impedía la completa movilidad de la puerta colgaba como una red de pesca. Las cortinas estaban corridas sobre las ventanas, de modo que la luz era escasa. El calor latía en el interior como un corazón.
El ruido era ensordecedor. Retumbaba de pared a pared, una de las cuales estaba ocupada por un par de literas. La de arriba contaba con la presencia de un adolescente armado con dos palillos de madera, con los cuales atacaba el pie de la cama para seguir el ritmo. La de abajo estaba vacía. El otro ocupante del cuarto estaba sentado a una mesa, sobre la que una lámpara fluorescente arrojaba un haz de luz brillante encima de madejas de hilo negro, varios ovillos de algodón coloreado, una pila de limpiapipas negros y una caja de plástico llena de esponjas redondas de tamaños diferentes.
– ¿Trevor Ruddock? -gritó Barbara sobre el estrépito-. ¿Puedo hablar con usted? DIC. Policía.
Consiguió llamar la atención del chico sentado en la cama. Vio su tarjeta de identificación extendida, tal vez leyó sus labios o la expresión de su cara, giró un botón de la gigantesca radio y bajó el volumen.
– ¡Eh, Trev! -gritó, pese al repentino enmudecimiento del ruido-. ¡Trev! ¡La poli!
El chico sentado a la mesa se removió, se volvió en la silla y miró a Barbara. Su mirada descendió hacia la identificación. Poco a poco, se llevó las manos a los oídos y empezó a quitarse unos tapones de cera.
Mientras lo hacía, Barbara lo examinó a la escasa luz. Llevaba escrito Frente Nacional de pies a cabeza: desde su cráneo rapado, donde apenas se distinguía una sombra de cabello oscuro que apenas sobresalía de la piel, hasta sus pesadas e inconfundibles botas militares. Su afeitado era impecable: absoluto, de hecho. Se había rasurado hasta las cejas.
Su movimiento reveló lo que estaba haciendo en la mesa. Parecía un modelo de araña, según Barbara creyó deducir de tres limpiapipas a modo de patas pegadas a una esponja a franjas negras y blancas que hacía las veces de cuerpo. Tenía dos pares de ojos hechos con cuentas negras: dos grandes y dos pequeños que formaban un semicírculo sobre la cabeza, como una tiara ocular.
Trevor desvió la vista hacia su hermano un instante, que se había acercado hasta el borde de la litera y esperaba con las piernas colgando, mientras miraba a Barbara con inquietud.
– Ábrete -dijo a Charlie.
– No diré nada.
– Largo -dijo Trevor.
– Trev.
Charlie emitió lo que parecía ser el plañido típico de la familia: convirtió la primera sílaba del nombre de su hermano en dos.
– Vale ya.
Trevor le traspasó con la mirada.
– Mierda -dijo Charlie, sin dividir la palabra en sílabas, y saltó de la cama. Con el transistor bajo el brazo, pasó junto a Barbara y salió del cuarto. Cerró la puerta a su espalda.
Entonces, Barbara vio lo que presionaba la parte superior de la puerta cuando entró. Era, sí, una vieja red de pesca, pero transformada en una enorme araña, sobre la cual cabrioleaban una colección de arácnidos. Al igual que la araña en proceso de montaje sobre la mesa, no eran insectos de jardín, sino pardos, negros, con múltiples patas y aptos para devorar moscas, garrapatas y ciempiés. Eran exóticos en color y forma, con cuerpos rojos, amarillos y verdes, patas erizadas de púas y ojos feroces.
– Bonito trabajo -dijo Barbara-. ¿Estudias entomología?
Trevor no contestó. Barbara cruzó la habitación hasta llegar a la mesa. Había una segunda silla a un lado, abarrotada de libros, periódicos y revistas. Los dejó en el suelo y se sentó.
– ¿Te importa? -dijo.
Trevor echó un vistazo al cigarrillo y meneó la cabeza. Barbara le ofreció el paquete, y el joven cogió uno. Lo encendió con una cerilla, pero no ofreció fuego a Barbara.
Debido a la ausencia de la música rap, los demás ruidos de la casa ganaron en intensidad. Las ninfas de Coronation Street continuaron su chachara a un volumen que habría servido para anunciar un gol en un partido de fútbol, y Stella empezó a chillar que le habían robado un collar. Al parecer, el culpable era Charlie, cuyo nombre logró gimotear en tres sílabas.
– Tengo entendido que te despidieron de Mostazas Malik hace tres semanas -dijo Barbara.