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Trevor inhaló, con los ojos entornados y clavados en Barbara. Ésta observó que sus dedos exhibían padrastros de aspecto iracundo.

– ¿Y qué?

– ¿Te importa si hablamos de ello?

El joven exhaló una nube de humo.

– Como si tuviera alguna opción, ¿eh?

– ¿Cuál es tu versión de la historia? Ya he oído la de ellos. Creo que no pudiste negar el robo. Te pillaron in fraganti. Con las manos en la masa.

Trevor cogió un limpiapipas y lo arrolló alrededor de su dedo índice, con el cigarrillo entre los labios y la mirada concentrada en la araña de la mesa. Cogió un par de cortaalambres y partió en dos un segundo limpiapipas. Cada mitad se convirtió en una pata de la araña. Con un tubo, aplicó meticulosamente cola para pegar las patas al cuerpo.

– ¿Malik va diciendo que fue un robo de los gordos? Joder, eran menos de dos cajas. Treinta y seis tarros por caja. Ni que hubiera atracado el banco. Además, no me llevé un producto concreto, como mostaza, mermelada o salsa, que tal vez habría podido vender de estranjis a un cliente importante, sino un poco de todo.

– Un surtido variado. Ya lo entiendo.

Trevor dedicó a Barbara una mirada tenebrosa, antes de devolver su atención a la araña. Tenía un cuerpo segmentado que parecía auténtico, creado a partir de diferentes tamaños de esponja. Barbara se preguntó cómo se sujetaban los segmentos.

¿Con cola? ¿Con grapas? ¿O tal vez el joven señor Ruddock utilizaba alambre? Miró si había un rollo en la mesa, pero además de la araña, la superficie era un caos de libros sobre insectos, periódicos doblados, velas a medio consumir y cajas de herramientas. No entendía cómo el hombre se aclaraba para localizarlo todo.

– Me dijeron que el señor Querashi te despidió. ¿Es así?

– Si eso le han dicho, supongo que será verdad.

– ¿Tu versión es diferente?

Barbara buscó un cenicero, pero no vio ninguno. Trevor empujó hacia ella una caja de cartón vacía, negra de ceniza por dentro. La utilizó.

– Da igual.

– ¿Tu despido fue injusto? ¿Querashi se precipitó?;

Trevor alzó la vista. Barbara reparó por primera vez en que tenía un tatuaje debajo de la oreja izquierda. Era una telaraña, con un insecto desagradablemente realita que se arrastraba hacia el centro.

– ¿Le maté porque me despidió? ¿Me está preguntando eso? -Trevor pasó los dedos por encima de los limpiapipas reconvertidos en patas, pellizcando la envoltura hasta que adoptó la apariencia de pelos-. No soy estúpido, ¿sabe? He leído el Standard de hoy. Sé que la policía habla de asesinato. Suponía que vendrían a tocarme los huevos. Y aquí está usted. Tengo un móvil, ¿no?

– ¿Por qué no me hablas de tu relación con el señor Querashi, Trevor?

– Afané algunos tarros de la sala de etiquetaje y empaquetado. Trabajaba en envíos, así que fue muy fácil. Querashi me pilló y me dio la patada. Final de nuestra relación.

Trevor dio un énfasis sarcástico a la última palabra.

– ¿No fue arriesgado robar tarros de la sala de empaquetado, cuando no trabajabas allí?

– Los soplé cuando no había nadie, ¿vale? Uno de cuando en cuando, durante los descansos y la comida. Sólo lo suficiente para venderlo en Clacton.

– ¿Los vendías? ¿Por qué? ¿Necesitabas dinero extra?

Trevor se levantó de la mesa. Caminó hasta la ventana y apartó las cortinas. La habitación, iluminada por el sol despiadado, reveló paredes agrietadas y muebles desvencijados. En algunos puntos, la alfombra dejaba ver el suelo. Por algún motivo, habían dibujado una raya negra sobre ella, para separar la zona de trabajo de la de dormir.

– Mi padre no puede trabajar, y tengo el estúpido deseo de impedir que mi familia vaya a parar a la calle. Charlie colabora haciendo chapuzas en el barrio, y a veces llaman a Stella para que haga de canguro. Pero somos ocho y tenemos hambre, así que mi madre y yo vendemos lo que podemos en el mercado de Clacton.

– Los tarros de Malik, por ejemplo.

– Exacto. Entre otras cosas y a precio de saldo. No entiendo qué daño hacíamos. No es que el señor Malik venda sus productos aquí. Van a tiendas elegantes y hoteles y restaurantes de postín.

– ¿Estabas haciendo un favor al consumidor, en definitiva?

– Tal vez. -Apoyó el trasero contra el antepecho de la ventana y dio vueltas al cigarrillo entre el índice y el pulgar. La ventana estaba abierta de par en par, pero era como si estuvieran charlando dentro de un horno-. Nos pareció que no era peligroso venderlos en Clacton. No esperaba que Querashi apareciera por allí.

– ¿Querashi te pilló vendiendo los tarros en el mercado?

– Exacto. Así como suena. No esperaba verme en Clacton más que yo a él. Considerando lo que estaba haciendo, imaginé que haría la vista gorda y olvidaría mi pequeña debilidad. Sobre todo porque él también estaba exhibiendo una pequeña debilidad.

El comentario provocó un cosquilleo en las yemas de los dedos de Barbara, como siempre que una nueva dirección se desvelaba de manera impredecible. Trevor la estaba observando con atención para detectar su reacción, y esa misma atención sugería que guardaba más de una sorpresa para la policía. La mayoría de la gente se aturdía un poco cuando respondía a preguntas oficiales, pero Trevor parecía muy tranquilo, como si supiera de antemano qué le iba a preguntar Barbara y qué iba a responder él.

– ¿Dónde estabas la noche que Querashi murió, Trevor?

Un parpadeo le dijo que le había decepcionado al no perseguir el olor de la «pequeña debilidad» de Querashi. Eso era bueno, pensó. Los sospechosos no debían dirigir la investigación.

– En el trabajo -dijo Trevor-. Limpiando el parque de atracciones. Si no me cree, pregunte al señor Shaw.

– Ya lo he hecho. El señor Shaw dice que entras a trabajar a las once y media. ¿Lo hiciste también el viernes por la noche? ¿Fichas a la entrada, por cierto?

– Fiché a la hora de siempre.

– ¿A las once y media?

– Más o menos, sí. Y no me fui, si quiere saberlo. Trabajo con unos cuantos tíos, y le dirán que no me ausenté ni una sola vez en toda la noche.

– ¿Y antes de las once y media?

– ¿Qué?

– ¿Dónde estuviste?

– ¿Cuándo?

– Antes de las once y media, Trevor.

– ¿A qué hora?

– Cuéntame tus movimientos, por favor.

El joven dio una última calada al cigarrillo y lo tiró a la calle desde la ventana. Su dedo índice sustituyó al cigarrillo. Lo mordisqueó con aire pensativo antes de contestar.

– Estuve en casa hasta las nueve. Después, salí.

– ¿Adonde?

– A ningún sitio en especial. -Escupió al suelo un fragmento de piel. Examinó su padrastro mientras continuaba-. Salgo con una chica de vez en cuando. Estuve con ella.

– ¿Lo corroborará?

– ¿Eh?

– ¿Confirmará que estuvo contigo el viernes por la noche?

– Claro, pero no es mi novia, ni nada por el estilo. Salimos juntos de cuando en cuando. Hablamos. Fumamos. Hablamos de la vida.

Demasiado bonito, pensó Barbara. ¿Por qué le costaba imaginarse a Trevor Ruddock enzarzado en un profundo coloquio filosófico con una chica?

Se preguntó por la explicación que le estaba dando, sobre por qué consideraba necesario dársela, en primer lugar. Había estado con una mujer o no había estado con una mujer. Ella confirmaría su coartada o no. A Barbara le daba igual que hubieran estado arrumacándose, discutiendo de política, flipándose o follando como monos en celo. Sacó su libreta del bolso.

– ¿Cómo se llama?

– ¿Se refiere a esta chica?

– Exacto. A esta chica. Tendré que hablar con ella. ¿Quién es?

El joven trasladó su peso de un pie al otro.

– Sólo es una amiga. Hablamos. No es gran…

– Dime su nombre, ¿vale?

Trevor suspiró.