– Se llama Rachel Winfield. Trabaja en una joyería de High Street.
– Ah, Rachel. Ya nos conocemos.
Trevor rodeó su codo derecho con la mano izquierda.
– Sí. Bien, estuve con ella el viernes por la noche. Somos amigos. Ella lo confirmará.
Barbara tomó nota de su incomodidad y especuló en su mente sobre el muchacho. O estaba avergonzado por revelar que se relacionaba con la Winfield, o mentía con la esperanza de ponerse en contacto con ella antes de que Barbara investigara su historia.
– ¿Adonde fuisteis? -preguntó, impulsada por la necesidad de establecer una segunda fuente de corroboración-. ¿Un café? ¿Un pub? ¿El salón recreativo? ¿Dónde?
– Eh… a ningún sitio, de hecho. Sólo fuimos a pasear.
– ¿Al Nez, quizá?
– Eh, ni hablar. Estuvimos en la playa, pero no nos acercamos al Nez. Paseamos cerca del parque de atracciones.
– ¿Alguien os vio? -No creo.
– Pero hay mucha gente en el parque de atracciones por las noches. ¿Cómo es posible que nadie os viera?
– Porque… Escuche, no estuvimos en el parque de atracciones. Yo no he dicho eso. Estuvimos en las cabañas de la playa. Estuvimos… -Levantó el dedo y lo mordisqueó con ferocidad-. Estuvimos en una cabaña de la playa. ¿Entiende?
– ¿En una cabaña de la playa?
– Sí. Ya se lo he dicho.
Apartó la mano de la boca. Su mirada era desafiante. Existían pocas dudas sobre lo que había hecho con Rachel, y Barbara supuso que no tenía mucho que ver con hablar de la vida.
– Háblame del señor Querashi y el mercado -dijo-. Clacton no está lejos de aquí. ¿Qué son, veinte minutos en coche? No es un viaje a la luna. ¿Qué hay de raro en que Haytham Querashi estuviera en el mercado de Clacton?
– Lo raro no es que estuviera -corrigió Trevor-. Estamos en un país libre. Podía ir a donde le diera la gana. Lo raro es lo que estaba haciendo. Y con quién.
– De acuerdo. ¿Qué estaba haciendo?
Trevor volvió a sentarse a la mesa. Sacó un libro ilustrado de debajo de una serie de periódicos desordenados. Estaba abierto por una fotografía en color. Barbara vio que la foto era de la araña que Trevor estaba montando,
– Un alguacil -la informó-. No utiliza una telaraña como las demás, y eso la diferencia de las otras. Caza a su presa. Se pone al acecho, encuentra una comida adecuada, y ¡fum! -Extendió la mano y la posó sobre el brazo de Barbara-. Se la come.
El joven sonrió. Tenía unos colmillos raros, uno largo y otro corto. Le daban un aspecto peligroso, y Barbara adivinó que él lo sabía y le gustaba.
Liberó el brazo de su mano.
– Es una metáfora, ¿verdad? ¿Querashi era la araña? ¿Qué estaba cazando?
– Lo que un tipo salido busca cuando va a un sitio donde cree que no le reconocerán. Pero yo le vi. Y él supo que yo le había visto.
– ¿Estaba con alguien?
– Oh, fingieron que no, pero les vi hablar y yo les vigilé después. Claro, fueron a los retretes de uno en uno, como algo casual, como gatos con plumas en los dientes.
Barbara observó al joven, y él la observó.
– Trevor -dijo con cautela-, ¿me estás diciendo que Haytham Querashi estaba ligando con tíos en el mercado de Clacton?
– Eso me pareció. Está mirando unos pañuelos en un puesto de la plaza, al otro lado de donde están los retretes. Un tío se acerca y se pone a mirar los pañuelos, a un metro y medio de él. Se miran. Apartan la vista. El otro tío pasa a su lado y le susurra algo al oído. Haytham se dirige a los retretes enseguida. Yo observo. Dos minutos después, el otro tío va también a los retretes. Diez minutos después, Haytham sale. Solo. Con ese aspecto. Y entonces, me ve.
– ¿Quién era el otro tío? ¿Alguien de Balford? ¿Le conoces?
Trevor meneó la cabeza.
– Era algún marica que buscaba marcha. Un marica con ganas de echar un polvo de color diferente.
Barbara saltó al instante.
– ¿Era blanco, el homosexual? ¿Era inglés?
– Quizá, pero podría ser alemán, danés, sueco. Hasta noruego. No lo sé. Pero no era de color, eso seguro.
– ¿Querashi sabía que le habías visto?
– Sí y no. Me vio, pero no sabía que le había visto ligar con el otro tío. Sólo cuando quiso despedirme le dije que había visto toda la película. -Trevor devolvió el libro de arañas al lugar de donde lo había sacado-. Pensaba que lo tenía cogido por los cojones, ¿entiende?
Que no me echaría si sabía que podía chivarme a Akram de que su futuro yerno se estaba tirando chicos blancos en unos váteres públicos. Pero Querashi lo negó todo. Sólo dijo que no confiara en conservar mi trabajo en la fábrica a base de propagar mentiras sobre él. Akram no las creería, añadió, y acabaría sin mi empleo en la fábrica y sin el nuevo trabajo en el parque de atracciones. Yo necesitaba el trabajo en el parque, así que me callé. Fin de la historia.
– ¿No se lo dijiste a nadie? ¿Al señor Malik, a Muhannad, a Sahlah?
La cual se habría quedado horrorizada al saber que su futuro marido le estaba poniendo los cuernos y amenazando el sentido del honor de la familia. Porque sería un asunto de honor para los asiáticos, ¿verdad? Necesitaba explorar aquel tema con Azhar.
– Era mi palabra contra la suya, ¿no? -dijo Trevor-. Al fin y al cabo, la pasma no me había pillado con las manos en la masa.
– Por lo tanto, ni siquiera estás seguro de lo que estuvo haciendo en los retretes aquel día.
– No fui a comprobarlo en persona, si se refiere a eso, pero no soy idiota, ¿vale? Los maricas utilizan esos retretes siempre, y todo el mundo lo sabe. De modo que si dos tíos entran y no salen en el tiempo que se tarda en mear… Bueno, saque sus propias conclusiones.
– ¿Se lo contaste al señor Shaw?
– Como ya he dicho, no se lo he contado a nadie.
– ¿Qué aspecto tenía el otro tío? -preguntó Barbara.
– No sé. Un tío como tantos otros. Muy bronceado. Con una gorra de béisbol negra puesta al revés. No era un tipo grandote, pero tampoco tenía pinta de maricón. Ah, sí, otra cosa. Llevaba un aro en un labio. Un aro de oro. -Trevor se estremeció-. Joder -dijo sin el menor asomo de ironía, con los dedos apoyados sobre la araña del cuello-, lo que hacen algunos tíos con su apariencia.
– ¿Homosexualidad? -preguntó Emily Barlow con voz agudizada por el interés.
Barbara la había encontrado en la sala de conferencias de la vieja comisaría de policía, donde celebraba cada día sus reuniones con el equipo de detectives encargado de la investigación. Estaba apuntando nombres y actividades en una pizarra.
Barbara observó que, desde la visita de Emily a la fábrica, dos agentes detectives habían sido asignados a Mostazas Malik, y se encontraban ya interrogando a todos los empleados. El objetivo era recabar cualquier información que les pudiera conducir hasta algún enemigo de Haytham Querashi.
Este nuevo detalle sobre el muerto les sería de incalculable valor, y la inspectora se dirigió hacia la puerta sin perder tiempo y dio la orden de pasar la información a los agentes ipso facto.
– Antes que nada, localízalos -ordenó a Belinda Warner, que estaba trabajando con el ordenador en la habitación de al lado-. Cuando devuelvan la llamada, ponles al corriente, pero diles que jueguen sus cartas con discreción, por el amor de Dios.
Después, volvió a la sala de conferencias, tapó su rotulador y lo dejó en la bandeja de la pizarra. Barbara la había informado de todas sus actividades del día: desde su conversación con Connie Winfield, hasta su frustrado intento de corroborar la historia de Sahlah Malik. Emily había asentido y continuado tomando notas en la pizarra. Sólo reaccionó cuando salió a la luz la supuesta homosexualidad de Querashi.
– La opinión de los musulmanes sobre la homosexualidad.
Formuló la frase como un tema que iba a introducir mentalmente en la investigación.
– No tengo ni idea de lo que opinan -contestó Barbara-, pero cuanto más pensaba en la cuestión de la homosexualidad mientras volvía hacia aquí, menos podía relacionarla con el asesinato de Querashi.