– ¿Por qué?
Emily se acercó a uno de los tablones de anuncios que ocupaban las paredes. Habían clavado en él copias de las fotografías de la víctima, y las estudió con expresión seria, como si pudieran confirmar las inclinaciones sexuales de Querashi.
– Porque si uno de los Malik hubiera descubierto que Querashi se lo montaba en los retretes con otros tíos, lo más probable es que hubieran anulado el matrimonio y le hubieran devuelto a Karachi. No le habrían matado, de eso seguro. ¿Para qué molestarse?
– Son asiáticos. No les gustaría ponerse en ridículo. Y no podrían… ¿cómo lo dijo Muhannad?, mantener la cabeza erguida con orgullo si corría la voz de que Querashi les había tomado el pelo.
Barbara pensó en lo que Emily estaba insinuando. Algo no encajaba.
– ¿Y uno de ellos le mató? Joder, Em, eso es llevar el orgullo étnico al extremo. Yo creo que Querashi iría detrás de alguien que conociera su secreto, y no al revés. Si la homosexualidad está en la raíz de todo el caso, ¿no es más lógico ver a Querashi como el asesino, en lugar de la víctima?
– No si un asiático, indignado al descubrir que un hombre pensaba utilizar a Sahlah Malik como tapadera para su homosexualidad, fue a por Querashi.
– Si eso era lo que planeaba Querashi.
Emily cogió una bolsita de plástico que descansaba sobre una terminal de ordenador. La abrió y extrajo cuatro bastones de zanahoria. Al verlos, Barbara procuró no sentirse culpable por las porquerías que había consumido antes (dejando aparte los cigarrillos), mientras la inspectora empezaba a masticar virtuosamente.
– ¿Qué asiático te viene a la cabeza cuando piensas en alguien capaz de asesinar para vengar ese tipo de tejemaneje?
– Sé adonde vas -dijo Barbara-, pero pensaba que Muhannad era un hombre de su pueblo. Si no lo es, y si se cargó a Querashi, ¿por qué está armando tanto alboroto acerca del asesinato?
– Para presentarse en público como un santo varón. Jihad: la guerra santa contra los infieles. Pide justicia a gritos y dirige el foco de la culpabilidad hacia un asesino inglés. Y, qué casualidad, bien lejos de él.
– Pero, Em, no es diferente de lo que Armstrong tal vez esté haciendo con el coche destripado. Un enfoque diferente, pero la misma intención.
– Armstrong tiene una coartada.
– ¿Qué sabes de la de Muhannad? ¿Encontraste a ese Rakin Khan de Colchester?
– Oh, ya lo creo. Estaba concediendo audiencia en un salón privado del restaurante de su padre, con otros seis de su raza. Con un traje de Armani, polo de Bally, reloj Rolex y un anillo de sello de diamantes de Burlington Arcade. Afirmó que era un viejo amigo de Malik, y que se habían conocido en la universidad.
– ¿Qué dijo?
– Lo confirmó todo, de pe a pa. Dijo que los dos habían cenado juntos aquella noche. Empezaron a las ocho y terminaron a medianoche.
– ¿Una cena de cuatro horas? ¿Dónde? ¿En un restaurante? ¿En ese restaurante?
– ¿No sería maravilloso para nosotras? Pero no, esa cena tuvo lugar en su propia casa. Y él cocinó todo el banquete, por eso se prolongó tanto. Le gusta cocinar, adora cocinar, siempre cocinaba para Muhannad en la universidad, porque ninguno de los dos soportaba la comida inglesa. Hasta me recitó el menú.
– ¿Alguien puede confirmar la historia?
– Oh, sí. Porque no estaban solos. Otro tío extranjero (intrigante, ¿no?, que todo el mundo sea extranjero) estaba con ellos. Otro compañero de la universidad. Khan dijo que era una pequeña reunión.
– Bien -dijo Barbara-, si los dos confirman…
– Tonterías. -Emily se cruzó de brazos-. Muhannad Malik tuvo mucho tiempo, antes de que yo llegara a Colchester, para telefonear a Rakin Khan y decirle que confirmara su historia.
– Del mismo modo -dijo Barbara-, Ian Armstrong tuvo mucho tiempo para pedir a sus suegros que hicieran lo mismo. ¿Has hablado con ellos?
Emily no contestó.
Barbara continuó.
– Ian Armstrong tiene un móvil sólido. ¿Por qué te interesa tanto Muhannad?
– Protesta demasiado -contestó Emily.
– Quizá tenga motivos para protestar -señaló Barbara-. Escucha, admito que me cae fatal, y ese tal Rakin Khan puede ser igual de malo, pero estás olvidando algunos detalles que no puedes relacionar con Muhannad. Piensa en tres de ellos: dijiste que registraron el coche de Querashi. Trasladaron su cuerpo de sitio. Echaron las llaves de su coche entre los matorrales. Si Muhannad mató a Querashi por el honor de su familia, ¿por qué registró el coche y movió el cuerpo? ¿Por qué anunciar con luces de neón lo que, de otro modo, habría podido pasar por un accidente?
– Porque no quería que pasara por un accidente -dijo Emily-. Porque quería justo lo que consiguió: un incidente que enardeciera a los suyos. Mata dos pájaros de un tiro: se venga de Querashi por ensuciar el nombre de la familia y cimenta su posición en la comunidad asiática.
– De acuerdo. Tal vez -dijo Barbara-. Por otra parte, ¿por qué debemos creer a Trevor Ruddock? Él también tiene un móvil. De acuerdo, no recuperó su trabajo como en el caso de Armstrong, pero no parecía un tipo capaz de renunciar a una buena venganza si encontraba la oportunidad.
– Dijiste que también tenía una coartada.
– ¡Puta mierda! ¡Todos tienen unas coartadas del copón, Em! Alguien tiene que estar mintiendo.
– Eso es exactamente lo que quiero decir, sargento Havers.
La voz de Emily era muy serena, pero poseía un tono acerado que recordó de nuevo a Barbara dos hechos: que no sólo Emily era su oficial superior por razones de talento, inteligencia, intuición y destreza, sino que el generoso consentimiento de la inspectora Barlow le había permitido trabajar en el caso.
Contente, se dijo. No estás en tu terreno, Barb. De repente, tomó conciencia del espantoso calor que hacía en la sala. Era peor que un horno. La áspera luz del atardecer se derramaba como una invasión armada. ¿Cuándo había tenido el país un verano tan bestial y abyecto en la costa?, se preguntó.
– Investigué la coartada de Trevor -dijo-. Pasé por la joyería Racon de camino hacia aquí. Según su madre, Rachel puso pies en polvorosa en cuanto las dejé. Su madre ignoraba el paradero de Rachel la noche del crimen, porque estaba bailando en un concurso de bailes de salón, en Chelmsford. No obstante, dijo algo interesante.
– ¿Qué? -preguntó Emily.
– Dijo: «Mi Rachel sólo sale con chicos blancos, no lo olvide, sargento.» ¿Qué crees que significa?
– Que está preocupada por algo.
– Sabemos que Querashi iba a encontrarse con alguien aquella noche. Sólo contamos con la palabra de Trevor Ruddock de que Querashi hacía mariconadas en los retretes. Y aunque lo hiciera, eso no significa que no fuera ambidextro.
– ¿Ahora estás relacionando a Querashi con Rachel Winfield? -preguntó Emily.
– Ella le dio el recibo de la joya, Em. Debía tener un motivo. -Barbara pensó en otra pieza del rompecabezas que aún no había intentado colocar-. Pero eso no da cuenta de la cuestión del brazalete: qué estaba haciendo Theo Shaw con él. He dado por sentado que Sahlah se lo regaló, pero siempre pudo cogerlo del cadáver de Querashi. Si lo hizo, eso significa que Sahlah mintió, cuando dijo que había arrojado el brazalete al mar, porque sabe que quien tiene el brazalete está implicado en todo esto. ¿Por qué iba a mentir, si no?
– Joder -exclamó con pasión Emily-. Nos estamos metiendo en una ratonera.
El tono de Emily impulsó a Barbara a estudiar con más detenimiento a la detective. Emily tenía el trasero apoyado contra el borde de la mesa. Por primera vez, Barbara reparó en sus profundas ojeras.
– Em -dijo.
– Si es uno de ellos, Barb, la ciudad va a estallar.
Barbara sabía lo que estaba insinuando: si el asesino era inglés y, como resultado, se ahondaban las tensiones raciales en la ciudad, rodarían cabezas. Y la primera sería la de Emily Barlow.