En el silencio que siguió, Barbara oyó voces en la entrada de abajo. Un hombre pronunció palabras concisas, a las que contestó una mujer en tono calmo y profesional. Barbara reconoció al hombre, al menos. Muhannad Malik estaba en recepción, con el fin de asistir a la reunión vespertina con la policía.
Azhar estaría con él. Había llegado el momento de revelar la verdad a Emily Barlow.
Abrió la boca para hacerlo, pero descubrió que no podía. Si lo explicaba todo (al menos todo lo posible, considerando lo poco que se había molestado en examinar sus motivos antes de dirigirse hacia Balford), Emily tendría que expulsarla del caso. No podría considerar a Barbara un miembro objetivo de la investigación, cuando junto a uno de los sospechosos había un hombre que vivía a unos cincuenta metros de su barraca de Londres. Y Barbara quería continuar en el caso, y ahora por más de un motivo. Si bien era cierto que había venido a Balford-le-Nez para proteger a sus vecinos paquistaníes, comprendió que deseaba quedarse por el bien de su colega.
Barbara era muy consciente de las numerosas facturas que las mujeres debían pagar para triunfar en la policía. Los hombres de la profesión no tenían que convencer a nadie de que su sexo no afectaba a su competencia. Las mujeres debían hacerlo a diario. Si podía ayudar a Emily a conservar su cargo y demostrar su capacidad, estaba decidida a hacerlo.
– Estoy contigo, Em -dijo en voz baja.
– Lo estás.
No era una pregunta sino una afirmación. Lo cual recordó a Barbara otro hecho: cuanto más alto ascendía alguien en autoridad y poder, menos amigos de verdad tenía. Un momento después, Emily se desprendió de sus negros pensamientos acerca del futuro.
– ¿Dónde estuvo Theo Shaw el viernes por la noche? -preguntó.
– Dice que en casa. Su abuela estaba allí, pero no podrá confirmar nada, porque se había acostado.
– Esa parte de la historia debe de ser cierta -admitió Emily-. Agatha Shaw, la abuela, tuvo una apoplejía hace tiempo. Necesita descansar.
– Lo cual concede a Theo múltiples oportunidades de llegarse a pie al Nez -señaló Barbara.
– Lo cual explicaría por qué nadie en la vecindad afirma haber oído otro coche. -Emily frunció el ceño con aire pensativo. Dirigió su atención a una segunda pizarra. En ella estaban escritos los apellidos de los sospechosos y la inicial del nombre, seguidos por su presunto paradero en la noche de autos-. La chica Malik parece bastante dócil, pero si estaba liada en secreto con Theo, puede que tuviera una razón para enviar a su prometido escaleras abajo. Sus obligaciones con Querashi terminarían. Para siempre.
– Pero dijiste que su padre no la habría obligado a casarse con el hombre.
– Eso dice ahora, pero quizá la estaba protegiendo. Quizá ella y Theo están en esto juntos.
– ¿Romeo y Julieta matan al conde París en lugar de suicidarse? De acuerdo. Lo acepto. Pero aparte del registro del coche, que olvidaremos de momento, hay algo que no hemos analizado. Digamos que Querashi fue engañado para ir al Nez y encontrarse con Theo Shaw para hablar de la relación de Theo con Sahlah. Entonces, ¿cómo explicamos los condones que llevaba en el bolsillo?
– Mierda. Los condones -dijo Emily-. De acuerdo, puede que no fuera para encontrarse con Theo Shaw, pero aunque no conociera a Theo, una cosa es segura: Theo le conocía a él.
Barbara tuvo que admitir que las balanzas de la culpabilidad empezaban a inclinarse en dirección a un inglés. Se preguntó qué cono iba a decir a los paquistaníes cuando se celebrara la reunión. Imaginaba muy bien lo que Muhannad Malik haría con cualquier información que apoyara su creencia en la naturaleza racista del crimen.
– De acuerdo -dijo-, pero no podemos olvidar que hemos pillado a Sahlah Malik en una mentira. Y como Haytham Querashi tenía el recibo, creo que podemos llegar a la conclusión de que alguien deseaba informarle de que Sahlah mantenía otra relación.
– Rachel Winfield -dijo Emily-. Aún es un enigma para mí su papel en todo esto.
– Una mujer fue a ver a Querashi al hotel. Una mujer que llevaba un chador.
– Y si esa mujer era Rachel Winfield, y si Rachel Winfield quería a Querashi para ella…
– Jefa?
Emily y Barbara se volvieron hacia la puerta, donde había aparecido Belinda Warner, con un paquete de papeletas en la mano. Estaban separadas en varios montones diferentes, sujetos con un clip. Barbara observó que eran las copias de los mensajes telefónicos del hotel Burnt House que había entregado a Emily por la mañana.
– ¿Qué pasa? -preguntó Emily.
– Las he revisado, separado por categorías y localizado a todo el mundo. Al menos, a casi todo el mundo. -Entró y fue dejando cada montoncito al tiempo que lo identificaba-. Llamadas de los Malik: Sahlah, Akram y Muhannad. Llamadas de un contratista: un tío llamado Gerry DeVitt, domiciliado en Jaywick Sands. Hacía algunos trabajos en la casa que Akram había comprado para los futuros esposos.
– ¿DeVitt? -preguntó Barbara-. Em, trabaja en el muelle. He hablado con él esta tarde.
Emily tomó nota en su libreta, que recogió de una mesa.
– ¿Qué más? -preguntó a Belinda.
– Llamadas de un decorador de Colchester, que también trabajaba en la casa. Y este último, llamadas diversas, de amigos, supongo, a juzgar por sus nombres: señor Zaidi, señor Faruqi, señor Kumhar, señor Kat…
– ¿Kumhar? -dijeron Emily y Barbara al mismo tiempo.
Belinda levantó la vista.
– Kumhar -confirmó-. Es el que más telefoneó. Hay once mensajes de él. -Se humedeció el dedo índice y pasó los mensajes-. Aquí está. Fahd Kumhar.
– Puta mierda. Ya lo tenemos -intervino Barbara con su irreverencia habitual.
– Es un número de Clacton -siguió Belinda-. Telefoneé, pero resultó una papelería de Carnarvon Road.
– ¿Carnarvon Road? -repuso Emily-. ¿Estás absolutamente segura de que era Carnarvon Road?
– Tengo la dirección aquí.
– Esto es un regalo de los dioses, Barb.
– ¿Por qué? -preguntó Barbara.
Había un plano de la zona en uno de los tablones de anuncios, y se acercó para echar un vistazo y localizar Carnarvon Road. La encontró, perpendicular al mar y al paseo Marítimo de Clacton. Pasaba junto a la estación de tren y desembocaba en la Al33, que era la carretera a Londres.
– ¿Hay algo importante en Carnarvon Road?
– Hay algo demasiado casual para que sólo sea casualidad -dijo Emily-. Carnarvon Road corre a lo largo de la parte este de la plaza del mercado. O sea, de la plaza del mercado de Clacton, de reciente fama como lugar de cita de maricones.
– Un detalle sabroso -dijo Barbara.
Se volvió y vio que la inspectora la estaba mirando. Los ojos de Emily brillaban.
– Creo que tal vez vayamos a presenciar un partido de criquet totalmente nuevo, sargento Havers -anunció, y su voz había recuperado aquel vigor que Barbara siempre había conocido en Barlow la Bestia-. Sea quien sea Kumhar, vamos a localizarle.
Capítulo 12
Sahlah desplegó con sumo cuidado las herramientas de su labor. Levantó las bandejas de plástico transparente de su caja de metal verde y las alineó con pulcritud. Extrajo las pinzas, el taladro y el cortaalambres de sus fundas protectoras y los dejó a cada lado de la hilera de cordeles, cables y trozos de cadena dorada que utilizaba para crear los trabajados collares y anillos que Rachel y su madre habían tenido la bondad de aceptar para vender en su tienda.
– Son tan buenas como las demás piezas que hay en Racon -había declarado con lealtad Rachel-. Mamá querrá venderlas. Ya lo verás. Además, ¿qué cuesta probar? Si se venden, ganarás algún dinero. Si no, tendrás joyas nuevas, ¿de acuerdo?