Las palabras de Rachel contenían cierto grado de verdad, pero además del dinero (había dado a sus padres tres cuartas partes de sus ganancias, después de haber pagado el brazalete de Theo) lo que había motivado a Sahlah a diseñar y crear para ojos y bolsillos ajenos a la familia había sido la idea de hacer algo personal, algo que expresara sus inquietudes.
¿Había sido el primer paso?, se preguntó mientras extendía la mano hacia la bandeja de cuentas africanas y las dejaba caer poco apoco en su palma, como gotas de lluvia invernal, frías y suaves. ¿Fue cuando decidió entregarse a su creación solitaria que despertó a las posibilidades ofrecidas por un mundo que trascendía el círculo familiar? Y aquel acto de crear en la reclusión de su dormitorio algo tan sencillo como joyas, ¿había abierto la primera fisura en su resignación?
No, comprendió. Las cosas nunca eran tan sencillas. No había una relación causa-efecto primigenio a la que pudiera acusar, que explicara no sólo la inquietud de su espíritu, sino el dolor de un corazón solitario. Se trataba de la dualidad de una vida en la que sus pies intentaban avanzar a la vez sobre dos mundos en conflicto.
«Eres mi niña inglesa», le decía su padre casi cada día cuando cogía los libros del colegio por la mañana. Y notaba el orgullo en su voz. Había nacido en Inglaterra. Fue a la escuela primaria de la ciudad con niños ingleses. Hablaba inglés en virtud de su nacimiento y la convivencia con el idioma, no por haber tenido que aprenderlo de adulta. Por lo tanto, para su padre era inglesa, tan inglesa como cualquier niña de mejillas de porcelana, que enrojecían como melocotones después de jugar. De hecho, era tan inglesa como Akram deseaba ser en secreto.
Muhannad tenía razón en esto, comprendió Sahlah. Aunque su padre intentaba llevar dos trajes diferentes de ropa cultural, su verdadero amor estaba en los ternos y paraguas de su país de adopción, pese al compromiso debido al shalwargamis de su herencia. Desde el momento que nacieron sus hijos, había esperado que comprendieran y compartieran aquella dicotomía sorprendente. En casa debían ser cumplidores: Sahlah, dócil y obediente, dedicada a aprender labores domésticas para complacer a su futuro esposo; Muhannad, respetuoso y trabajador, preparándose para cargar con el peso del negocio familiar y, a la larga, engendrar hijos que cargarían a su vez con ese peso. Fuera de casa, no obstante, los dos niños debían ser ingleses hasta la médula. Su padre les aconsejó que se mezclaran con sus compañeros de clase, y entablaran amistades con el fin de ganarse respeto y afecto hacia el apellido de la familia y, en consecuencia, hacia el negocio de la familia. A este último fin, Malik controló sus años de escolaridad, en busca de señales de progreso social donde no podía esperar encontrarlas.
Sahlah había intentado engañarle. Como no podía soportar la idea de ser la causante de la decepción de su padre, se había escrito a sí misma felicitaciones de cumpleaños y tarjetas de San Valentín, y las había llevado a casa, firmadas con los nombres de sus compañeros de clase. Se había escrito notas alegres y prolijas que, en teoría, le habían pasado durante las clases de ciencias y matemáticas. Había encontrado fotos descartadas de compañeras de clase, y las había autografiado para ella, «con afecto». Cuando su padre se enteraba de que iba a celebrarse una fiesta de cumpleaños, allá que se iba donde nadie la había tenido en cuenta, cuando en realidad se escondía bajo un árbol situado al final del huerto, para no desilusionar a su padre.
Pero Muhannad no se preocupaba de convertir en realidad las fantasías de su padre. Ser de piel oscura en un mundo de caras blancas no le causaba el menor conflicto, y tampoco procuraba mitigar la consternación suscitada por la visión de un extranjero entre una población poco acostumbrada a las caras oscuras. Nacido en Inglaterra como ella, se consideraba tan inglés como a las vacas capaces de volar. De hecho, lo último que deseaba Muhannad era ser inglés. Despreciaba lo que pasaba por ser la cultura inglesa. Sólo albergaba desdén por las ceremonias y tradiciones que constituían los cimientos de la vida inglesa. Ridiculizaba los convencionalismos que la tradición exigía a los hombres que se autocalificaban de caballeros. Rechazaba por completo las máscaras que utilizaban los occidentales para ocultar sus prejuicios. Exhibía sus prejuicios y animosidades como el escudo de armas de la familia. Sin embargo, los demonios que le instigaban no eran, y nunca habían sido, los demonios de la raza, por más que intentara convencerse y convencer a los demás de que aquél era el caso.
Pero ahora no quería pensar en Muhannad, decidió Sahlah. Cogió sus pinzas, como si fingir trabajar pudiera ayudarla a dejar de pensar en su hermano. Acercó papeles para bosquejar el diseño de un collar, con la esperanza de que aplicar el lápiz al papel y alinear cuentas talladas borraría de su memoria el brillo que aparecía en los ojos de su hermano cuando estaba decidido a salirse con la suya, aquella vena de crueldad que siempre lograba ocultar a sus padres, y sobre todo, aquella ira que latía en sus brazos y estallaba en las puntas de sus dedos cuando Sahlah menos lo esperaba.
Sahlah oyó que Yumn llamaba a uno de sus hijos en la planta baja.
– Nene, nene precioso -cacareó-. Niño bonito. Ven con tu Ammi-gee, hombrecito.
Sahlah notó que su garganta se estrangulaba y su cabeza, daba vueltas, y las cuentas africanas se fundieron unas con otras sobre la mesa. Soltó las pinzas, cruzó los brazos sobre la mesa y apoyó la cabeza sobre ellos. ¿Cómo podía pensar en los pecados de su hermano, pensó Sahlah, cuando los suyos eran igual de atroces y capaces de herir a la familia de manera irreparable?
– Te he visto con él, ramera -había siseado Muhannad en su oído-. Te he visto con él. ¿Me has oído? Te he visto. Lo pagarás. Porque todas las putas pagan. Sobre todo las repugnantes sabandijas de los nombres blancos.
Pero ella no había intentado hacer ningún daño. Y menos aún, enamorarse.
Le habían permitido trabajar con Theo Shaw porque su padre le conocía de la Cooperativa de Caballeros, y porque Akram Malik tenía otra posibilidad de demostrar su solidaridad con la comunidad inglesa al aceptar la oferta de Theo Shaw y aprovechar su experiencia con ordenadores. Hacía poco que la fábrica de mostazas se había trasladado a su nuevo emplazamiento en la zona industrial de Oíd Hall Lane, y esta expansión necesitaba una puesta al día de los procedimientos comerciales.
– Ya es hora de que entremos en el siglo veinte -había anunciado Akram a su familia-. El negocio va bien. Las ventas aumentan. Los pedidos se han incrementado en un dieciocho por ciento. He hablado con los buenos caballeros de la Cooperativa sobre esto, y entre ellos hay un joven decente que desea ayudarnos a informatizar todos nuestros departamentos.
El hecho de que Akram considerara decente a Theo había facilitado su relación con Sahlah. Pese al afecto que sentía por ellos, Akram habría preferido que su hija no tuviera el menor contacto con hombres occidentales. Todo lo relativo a una hija asiática debía ser salvaguardado y administrado para un futuro marido: desde el moldeado de su mente hasta la protección de su castidad. De hecho, su castidad era casi tan importante como su dote, y ningún esfuerzo era excesivo para conseguir que una mujer fuera entregada virgen a su marido. Como los hombres occidentales no poseían estos mismos valores, de ellos debía proteger Akram a su hija desde el inicio de la pubertad. Pero dejó de lado todas sus preocupaciones en lo referente a Theo Shaw.
– Es de buena familia, una antigua familia de la ciudad -había explicado Akram, como si ese dato bastara para aceptarle-. Trabajará con nosotros para montar un sistema que modernizará todos los aspectos de la empresa. Tendremos procesadores de datos para la correspondencia, hojas de cálculo para la contabilidad, programas para márketing, y diseño moderno para publicidad y etiquetaje. Dice que ya lo ha hecho para el parque de atracciones, y afirma que dentro de seis meses veremos los resultados, tanto en horas-hombre acumuladas como en incremento de ventas.