O eso había deducido ella, pensó Sahlah. Haytham era musulmán. Tradicional y religioso de todo corazón, le habría ofendido profundamente la idea de que otro hombre había tocado a la mujer destinada a ser su esposa. Habría querido hablar con ese hombre, y en cuanto Rachel le alertó sobre la existencia de un brazalete de oro, un brazalete de oro muy especial, un regalo de amor…
Sahlah podía imaginar sin dificultades la entrevista entre ambos. Haytham la habría solicitado, Theo se habría apresurado a aceptar. «Dame tiempo», le había suplicado cuando dijo que iba a casarse con un paquistaní elegido por sus padres. «Por el amor de Dios, Sahlah, dame más tiempo.» Y habría sentido el impulso de comprar ese tiempo, mediante la eliminación del hombre que se interponía entre ambos, con el fin de impedir lo que no podía detener: el matrimonio.
Ahora, Sahlah tenía tiempo de sobra y no le quedaba ni un segundo. Tiempo de sobra, porque no había ningún hombre a la espera de rescatarla de su deshonor, de tal manera que no perdiera a su familia como resultado. No le quedaba ni un segundo, porque una nueva vida crecía en su cuerpo y prometía la destrucción de todo cuanto conocía y amaba. Si no actuaba con decisión y lo antes posible.
La puerta del cuarto se abrió a su espalda. Sahlah se volvió cuando su madre entraba en la habitación. Wardah llevaba la cabeza cubierta con recato. Pese al tenaz calor del día, iba tapada de pies a cabeza, excepto la cara y las manos. Había elegido una indumentaria negra, como de costumbre, como si llevara luto permanente por una muerte que nunca reconocía con palabras.
Cruzó la habitación y tocó el hombro de su hija. Apartó en silencio el dupatta de Sahlah y desanudó la trenza que recogía su largo pelo. Cogió un cepillo de la cómoda. Empezó a cepillar el cabello de su hija. Sahlah no veía la cara de su madre, pero sentía amor en sus dedos, y ternura cada vez que pasaba el cepillo.
– No has venido a la cocina -dijo Wardah-. Te he echado de menos. Al principio, pensé que aún no habías llegado a casa, pero Yumn te oyó entrar.
Y Yumn la habría informado, pensó Sahlah. Ansiosa por comunicar a su suegra todos los fallos de Sahlah.
– Quería unos minutos a solas -dijo Sahlah-. Lo siento, Ammi. ¿Has empezado a preparar la cena?
– Sólo las lentejas.
– I Quieres que…?
Wardah apretó con suavidad los hombros de su hija, antes de que ésta se levantara.
– Puedo preparar la cena con los ojos cerrados, Sahlah. Echaba de menos tu compañía, nada más. -Ensortijó un largo mechón de pelo alrededor de su mano mientras lo cepillaba. Lo dejó apoyado sobre la espalda de Sahlah y eligió otro:-. ¿Quieres que hablemos?
Sahlah sintió el dolor de la pregunta como si un puño estrujara su corazón. ¿Cuántas veces, desde que era pequeña, había formulado la misma pregunta Wardah a su hija? ¿Mil? ¿Cien mil? Era una invitación a compartir confidencias: secretos, sueños, cuestiones intrigantes, sentimientos heridos, esperanzas íntimas. Y la invitación siempre se extendía con la promesa implícita de que lo dicho entre madre e hija no saldría de ellas.
«Dime lo que pasa entre un hombre y una mujer.» Y Sahlah había escuchado, asustada y anonadada al mismo tiempo, mientras Wardah explicaba lo que pasaba cuando un hombre y una mujer se unían en matrimonio.
«Pero ¿cómo saben los padres qué persona es buena para casarse con uno de sus hijos?» Y Wardah describió con serenidad todas las maneras mediante las cuales los padres son capaces de conocer el corazón y la mente de sus hijos.
«¿Y tú, Ammi? ¿Estabas asustada de casarte con alguien a quien no conocías?» Más la había asustado ir a Inglaterra, dijo Wardah, pero había confiado en que Akram hiciera lo que era mejor para ella, como había confiado en que su padre eligiera un hombre que cuidaría de ella toda la vida.
«Pero ¿no te asustaste nunca? ¿No tuviste miedo de conocer a Abhy-jahn?» Naturalmente, dijo su madre, pero sabía cuál era su deber, y cuando le habían presentado a Akram Malik, juzgó que era un buen hombre, un hombre con el que podría construir una vida.
Es a lo que aspiramos como mujeres, le decía Wardah en aquellos momentos serenos, cuando su hija y ella estaban acostadas en la cama de Sahlah, a oscuras, antes de que Sahlah se durmiera. Nos realizamos plenamente como mujeres cuando atendemos a las necesidades de nuestros maridos e hijos, y cuando concertamos matrimonios para nuestros hijos con parejas adecuadas.
La verdadera satisfacción procede de la tradición, Sahlah. Y la tradición nos une como pueblo.
En aquellas conversaciones nocturnas con su madre, las sombras de la habitación impedían que se vieran la cara y les concedían libertad para hablar con plena sinceridad. Pero ahora… Sahlah se preguntó cómo podía hablar con su madre. Quería hacerlo. Anhelaba abrir su corazón a Wardah, recibir el consuelo y sentir la seguridad que la serena presencia de su madre siempre le habían proporcionado. Sin embargo, buscar aquel consuelo y seguridad ahora significaba decir una verdad que destruiría para siempre toda posibilidad de consuelo y seguridad.
Por lo tanto, dijo en voz baja lo único que podía decir.
– La policía ha venido hoy a la fábrica, Ammi.
– Tu padre me ha telefoneado -contestó Wardah.
– Han enviado a dos agentes detectives. Los agentes están hablando con todo el mundo, y graban las entrevistas. Están en la sala de conferencias y llaman a los trabajadores de uno en uno para interrogarlos. Los de la cocina, envíos, almacén, producción.
– ¿Y tú, Sahlah? ¿Han hablado también contigo esos agentes?
– No. Aún no. Pero lo harán. Pronto.
Wardah pareció captar algo en su voz, porque paró un momento de cepillarle el pelo.
– ¿Tienes miedo de la entrevista? ¿Sabes algo sobre la muerte de Haytham? ¿Algo que aún no has dicho?
– No.
Sahlah se dijo que no era una mentira. No sabía nada. Sólo sospechaba. Esperó a ver si su madre percibía una vacilación en sus palabras que la traicionara, o una inflexión desacostumbrada que revelara el tormento de un alma roída por la culpa, la pena, el miedo y la angustia.
– Pero estoy asustada -dijo. Al menos, era una verdad que podía compartir.
Wardah dejó el cepillo sobre la cómoda. Volvió con su hija y levantó la cara de Sahlah con los dedos apoyados bajo su barbilla. La miró a los ojos. Sahlah notó que su corazón se aceleraba, y supo que el color de su marca de nacimiento se había intensificado.
– No tienes motivos para temer -dijo Wardah-. Tu padre y tu hermano te protegerán, Sahlah. Yo también. El daño que alcanzó a Haytham no te alcanzará a ti. Antes que eso sucediera, tu padre sacrificaría su propia vida. Al igual que Muhannad. Lo sabes, ¿verdad?
– El daño ya nos ha alcanzado a todos -susurró Sahlah.
– Lo que sucedió a Haytham afecta a nuestras vidas -admitió Wardah-, pero no nos contaminará si nos oponemos. Y la única solución reside en la verdad. Sólo las mentiras pueden contaminarnos.
Eran palabras que Wardah ya había dicho en el pasado, pero ahora, su capacidad de herir asombró a su hija. No pudo reprimir las lágrimas antes de que su madre las viera.
La expresión de Wardah se suavizó y apoyó la cabeza de Sahlah contra su pecho.
– No te pasará nada, querida -dijo-. Te lo prometo.
Pero Sahlah sabía que la seguridad a que su madre se refería era tan insustancial como un trozo de gasa.
Barbara sufrió otra tanda de cuidados faciales a cargo de Emily por segunda vez aquel día. Antes de que fuera a entrevistarse con los paquistaníes, en su primera intervención como oficial de enlace de la policía, Emily la condujo al gimnasio y la colocó delante del espejo del lavabo para otra ronda de base para maquillaje, polvos cosméticos, máscara y colorete. Incluso aplicó lápiz de labios a la boca de Barbara.
– Silencio, sargento -dijo cuando Barbara protestó-. Quiero que salgas fresca como una rosa al combate. No subestimes el poder de la apariencia personal, sobre todo en nuestra profesión. Es una tontería pensar que no influye.