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Mientras reparaba los estragos del calor, dio instrucciones para la inminente entrevista. Enumeró los detalles que Barbara debía revelar a los asiáticos, y reiteró los peligros del campo de minas que estaban atravesando.

– Lo último que me interesa es que Muhannad Malik utilice los resultados de la entrevista para enardecer a los suyos, ¿de acuerdo? No pierdas de vista a esos dos mientras habláis. Vigílalos en todo momento. Si me necesitas, estaré reunida en la sala de conferencias con el resto del equipo.

Barbara estaba decidida a no necesitarla, así como a justificar la fe de la inspectora en ella. Cuando se encaró con Muhannad Malik y Taymullah Azhar, sentados al otro lado de la mesa en el antiguo comedor de la casa victoriana, se reafirmó en su compromiso.

Los dos hombres llevaban esperando un cuarto de hora. Durante aquel rato, alguien les había proporcionado una jarra con agua, cuatro vasos y un plato de plástico azul con Oreos, pero daba la impresión de que no habían tocado nada. Cuando Barbara entró, los dos hombres estaban sentados. Azhar se levantó. Muhannad no.

– Lamento el retraso -dijo Barbara-. Unos detalles de última hora que hemos tenido que solucionar.

La expresión de Muhannad informó que no creía en sus palabras. Poseía suficiente inteligencia y experiencia para saber cuándo el adversario intentaba poner a prueba su poder. Por su parte, Azhar estudiaba a Barbara, como si tratara de ver debajo de su piel la verdad de su comentario. Cuando ella le devolvió el escrutinio, bajó la vista.

– Detalles que esperamos conocer -dijo Muhannad.

Barbara reconoció que había procurado iniciar la entrevista con cierta educación.

– Sí. Bien.

Abrió las carpetas que llevaba. Eran tres, y las había traído más para causar efecto que para otra cosa. Colocó sobre ellas el libro encuadernado en amarillo que había cogido de la habitación de Querashi. Acercó una silla, se sentó e indicó a Azhar que la imitara. Sacó los cigarrillos y encendió uno.

La habitación estaba uno o dos grados menos asfixiante que el despacho de Emily Barlow, pero a diferencia de éste, ningún ventilador agitaba el aire tibio. La frente de Muhannad brillaba. Como de costumbre, Azhar habría podido salir de una ducha helada un segundo antes de que Barbara entrara.

Barbara indicó el libro con el cigarrillo.

– Me gustaría empezar con esto. ¿Pueden decirme qué es?

Azhar extendió la mano. Dio la vuelta al libro con la contracubierta cara arriba y leyó lo que a Barbara le había parecido la última página.

– Es el Corán, sargento. ¿Dónde lo encontró?

– En la habitación de Querashi.

– Como era musulmán, no tiene nada de sorprendente -señaló Muhannad.

Barbara extendió la mano, y Azhar le entregó el libro. Lo abrió por la página que había observado la noche anterior, marcada con una cinta de raso. Dirigió la atención de Azhar al párrafo de la página encerrado entre paréntesis trazados con tinta azul.

– Como es obvio que lee el árabe, ¿quiere traducírmelo? Enviamos un fax a un individuo de la universidad de Londres para que lo descifrara, pero ganaremos tiempo si nos hace el favor ahora mismo.

Barbara vio que un destello de irritación cruzaba el rostro de Azhar. Al revelar que leía árabe, le había concedido sin querer a Barbara una ventaja que, de lo contrario, no habría tenido. Como le había dicho que ya había enviado la página a Londres, le había impedido inventar una traducción que no se ajustara a la verdad. Uno-cero, pensó Barbara con satisfacción. Al fin y al cabo, era importante que Taymullah Azhar se diera cuenta de que su amistad no iba a interponerse en el cometido profesional de la sargento Havers. También era importante que los dos hombres se dieran cuenta de que no estaban tratando con una imbécil.

Azhar leyó el párrafo. Permaneció en silencio un minuto, durante el cual Barbara oyó voces procedentes de la sala de conferencias del primer piso, cuando la puerta se abrió y cerró tras empezar la reunión de Emily con su equipo. Dirigió una mirada a Muhannad, pero no logró deducir si estaba aburrido, ansioso, hostil, acalorado o tenso. Tenía los ojos clavados en su primo. Sus dedos sostenían un lápiz, y daba golpecitos sobre la mesa con la goma de su extremo.

– Una traducción directa no es siempre posible -dijo por fin Azhar-. Los términos ingleses no siempre son precisos o equivalentes a los árabes.

– De acuerdo -dijo Barbara-. Tomo nota. Haga lo que pueda.

– El párrafo se refiere al deber de acudir en ayuda de aquellos que la necesitan -dijo Azhar-. Más o menos, dice: «Cómo no vas a luchar por la causa de Alá. de los hombres desvalidos, y de las mujeres y niños que claman: ¡Señor! ¡Sácanos de esta ciudad de opresores! ¡Concédenos un amigo protector por mediación de tu presencia!»

– Ah -dijo con sorna Barbara-. Más o menos, ha dicho. ¿Hay algo más?

– Naturalmente -contestó Azhar con delicada ironía-, pero sólo este párrafo está marcado.

– Creo que está muy claro por qué lo marcó Haytham -comentó Muhannad.

– ¿De veras?

Barbara dio una bocanada a su cigarrillo y examinó al hombre. Había echado la silla hacia atrás mientras su primo leía. Su expresión era la de una persona cuyas sospechas acaban de confirmarse.

– Sargento, si alguna vez hubiera estado sentada a este lado de la mesa, lo sabría. «Sácanos de esta ciudad de opresores.» Está muy claro.

– He escuchado la traducción.

Muhannad se encrespó.

– ¿Sí? Pues déjeme preguntarle algo: ¿qué más necesita? ¿Un mensaje escrito con la sangre de Haytham? -Tiró el lápiz sobre la mesa. Se puso en pie y caminó hasta la ventana. Cuando volvió a hablar,, señaló la calle y (metafóricamente, por lo visto) la ciudad que se extendía al otro lado-. Haytham llevaba aquí el tiempo suficiente para experimentar lo que nunca había conocido: el acoso del racismo. ¿Qué cree que sentía?

– Carecemos de la menor indicación de que el señor Querashi…

– Si quiere alguna indicación, póngase mi piel un día. Haytham era de piel oscura, y en este país, eso significa indeseable. A Haytham le habría gustado subir al primer vuelo de regreso a Karachi, pero no podía, porque había adquirido un compromiso con mi familia que pretendía cumplir. Por lo tanto, leyó el Corán en busca de una respuesta, y vio escrito que podía luchar por la causa de su propia protección. Y eso es lo que hizo. Y por eso murió.

– No exactamente -repuso Barbara-. El señor Querashi tenía el cuello roto. Por eso murió. Temo que no hay ninguna indicación de que muriera luchando.

Muhannad se volvió hacia su primo y apretó los puños.

– Te lo dije, Azhar. Nos estaban dando largas desde el primer momento.

Azhar tenía las manos sobre la mesa. Juntó las yemas de los dedos.

– ¿Por qué no nos informaron enseguida? -preguntó.

– Porque la autopsia aún no se había practicado -contestó Barbara-. Nunca se avanza información antes de la autopsia. Es el procedimiento oficial.

Muhannad parecía incrédulo.

– ¿Nos está diciendo que en cuanto vieron el cadáver no supieron…?

– ¿Cómo ocurrió la muerte, exactamente? -preguntó Azhar, y lanzó una silenciosa mirada a su primo-. Un cuello se puede romper de muchas maneras.

– Ese punto aún no lo tenemos claro. -Barbara siguió la línea que Emily Barlow había trazado-, pero podemos afirmar con bastante certeza que se trata de un asesinato. Asesinato premeditado.

Muhannad se hundió en su asiento.

– Un cuello roto es un acto de violencia: el resultado de una pelea, producto de la ira, la rabia y el odio. Un cuello roto no es algo que se planee por adelantado.

– No se lo discutiría en circunstancias normales -dijo Barbara.