Выбрать главу

– ¿Algún problema, tíos?

Una vez recibido el mensaje, se volvieron hacia ella.

– De acuerdo. -La inspectora volvió la vista hacia la pizarra-. Continuemos. ¿Quién se ha encargado de los hospitales?

– Nada de utilidad -contestó un tío larguirucho cerca de la ventana-. Una mujer asiática murió en Clacton la semana pasada, pero tenía setenta y cinco años y le falló el corazón. No ha sido ingresada ninguna mujer con algo parecido a un aborto chapucero. He investigado en todos los hospitales, clínicas y consultorios médicos de la zona. Nada.

– De todos modos, si el tío era sarasa, como usted dijo, estamos en un callejón sin salida, ¿no, jefa?

La pregunta la había hecho un tipo mayor, que necesitaba un afeitado y un nuevo desodorante. Cercos de humedad descendían desde sus axilas hasta casi su cintura.

– Es demasiado pronto para decretar que algo carece de valor -dijo Emily-. Hasta que contemos con hechos sólidos, lo comprobaremos todo, aunque sea el evangelio. Phil, ¿qué más tienes sobre el Nez?

Phil se quitó un palillo de la boca.

– Volví a las casas que hay en lo alto del acantilado. -Echó un vistazo a la libretita encuadernada en negro-. Una pareja apellidada Sampson tenía una cita por la noche, y habían dejado a una canguro con los crios. La canguro, una chica llamada Lucy Angus, estaba con el novio, que le estaba haciendo compañía y algo más, pero cuando la animé a que le diera cuerda a su memoria, recordó que había oído un motor el viernes por la noche, alrededor de las diez y media.

Se oyeron murmullos esperanzados.

– ¿Cómo lograste que «diera cuerda a su memoria»? -preguntó Emily.

– No la hipnoticé, si se refiere a eso -dijo Phil con una sonrisa-. Había ido a la cocina para beber agua…

– Ya nos imaginamos qué le produjo esa sed -dijo en voz alta alguien.

– Silencio. -La orden de Emily fue brusca-. Continúa, Phil.

– Oyó un motor. Recuerda la hora porque el conductor metió mucho follón y miró fuera, pero no vio nada. Dijo que alguien estaba conduciendo sin luces.

– ¿Una barca? -preguntó Emily.

– Sí, a juzgar por la dirección del ruido. Dice que debía de ser una barca.

– Ponte al trabajo -dijo Emily-. Investiga en la dársena, investiga todos los puertos desde Harwich a Clacton, investiga las barcas alquiladas, y métete en el garaje, el cobertizo, el váter y el jardín trasero de todas las personas remotamente relacionadas con Querashi. Si alguien salió en barca aquella noche, alguien más tuvo que verla, oírla o intuirla. Frank, ¿qué sabes sobre la llave encontrada en la habitación de Querashi?

– Era del Barclays de Clacton. La cerradura de tiempo ya estaba en funcionamiento cuando llegué, de modo que sabremos lo que contiene mañana, en cuanto abran.

– Bien -dijo Emily, y sin permitirse ni una pausa asignó a los detectives las actividades del día siguiente. La principal consistía en encontrar a Fahd Kumhar-. Quiero que encontréis a este tipo, y deprisa, antes de que pueda escapar. ¿Entendido?

La segunda era procurar desmontar la coartada de Muhannad, y hubo varios murmullos de sorpresa cuando Emily introdujo la idea, pero no la conmovieron. Asignó a un agente detective llamado Doug Trotter la tarea de interrogar a los vecinos de Rakin Khan, a ver si alguno podía jurar que el asiático estaba con otra persona el viernes por la noche, además de Muhannad Malik.

Barbara la miró. Estaba claro que dirigir un equipo de aquella manera no era nada para Emily. Poseía una confianza inconmovible, que hablaba con elocuencia de cómo había accedido al cargo tan joven. Barbara pensó en su propia actuación durante el último caso. Se encogió al darse cuenta del contraste entre ella y la inspectora.

Después de responder a preguntas y escuchar sugerencias, Emily dio por concluida la reunión. Cuando los detectives se dispersaron, bebió de la botella y se acercó a Barbara.

– ¿Y bien? -dijo-. ¿Cómo te ha ido con los asiáticos?

– De momento Muhannad no ha proferido amenazas, pero no renuncia a la cuestión racial.

– Ha cantado la misma canción desde que le conozco.

– Sí, pero me intriga. ¿Y si tiene razón?

Contó a Emily el incidente con los dos niños que había presenciado cerca del parque de atracciones.

– No es muy probable -dijo Emily cuando terminó-. Piensa en el alambre, Barb.

– No me refiero a que sea un asesinato arbitrario de fondo racista -dijo Barbara-. ¿Podrían existir motivos raciales, aunque el asesinato fuera premeditado? ¿Es posible que hayan intervenido diferencias culturales, y todos los malentendidos que surgen de las diferencias culturales?

Emily pareció reflexionar sobre la posibilidad, con la atención puesta en la pizarra, pero sin que sus ojos se concentraran en las listas y los datos.

– ¿En quién estás pensando?

– Theo Shaw no lleva el brazalete por nada. Debía sostener relaciones con la hija de Malik. Si tal era el caso, ¿qué debía opinar de su matrimonio? Es un rasgo cultural, el matrimonio preacordado y todo eso. ¿Se resignó a hacer mutis por el foro sin más ni más? ¿Y qué me dices de Armstrong? Otro tío se quedó con su empleo. ¿Por qué? Porque lo tradicional es aupar a la familia. Si no merecía el despido, tal vez quiso enmendar el entuerto.

– La coartada de Armstrong es sólida. Los suegros la confirmaron. Yo misma hablé con ellos.

– De acuerdo, pero lo normal es que lo confirmaran, fuera cierto o no. Está casado con su hija. Es el sustento de la familia. ¿Van a decir algo que pudiera poner a su hija de patitas en la calle?

– Una confirmación es una confirmación.

– Pero no en el caso de Muhannad -protestó Barbara-. Él también tiene una coartada, y tú no la crees. ¿Verdad?

– ¿Debo aplicar el potro a los suegros de Armstrong?

Emily parecía impaciente.

– Son parientes, lo cual debilita la confirmación. Muhannad no es pariente de ese tal Rakin Khan, ¿verdad? ¿Por qué supones que Khan mintió? ¿Cuál sería su motivo?

– Se apoyan mutuamente. Es una cuestión de cultura.

La falta de lógica era patente.

– Si se apoyan mutuamente, ¿por qué iban a matar a otro?

Emily vació la botella de agua. La tiró a la papelera.

– Em -dijo Barbara, al ver que no contestaba-. No tiene ni pies ni cabeza. O se apoyan mutuamente, lo cual significa que hay pocas probabilidades de que un asiático se cargara a Querashi, o no se apoyan mutuamente, en cuyo caso es absurdo que Khan mienta por Muhannad Malik. O lo uno o lo otro. A mí me parece…

– Es intuición -interrumpió Emily-. Es olfato. Es la sensación básica de que algo apesta, y he de localizarlo. Si la pista conduce a la comunidad asiática, no puedo evitarlo, ¿verdad?

No era una cuestión de estar de acuerdo o no. Al fin y al cabo, Emily dirigía toda la investigación. Sin embargo, Barbara experimentó cierta inquietud ante la idea del instinto. Había participado en casos anteriores en que el «instinto» era una palabra que designaba otra cosa.

– Supongo -dijo, vacilante-. Tú eres la jefa.

Emily la miró.

– Exacto -dijo.

Capítulo 13

Rachel Winfield no fue directamente al parque de atracciones. Se detuvo en el extremo del muelle que daba a tierra, entre el hotel End Pier, cuyas ventanas y puertas estaban tapiadas para protegerlas del mar, y la hilera de autos de choque que había a cada lado de la entrada del parque. Era la hora de cenar, y las actividades del día se habían calmado un poco. Las atracciones todavía funcionaban, y los pitidos y ruidos ensordecedores de los juegos electrónicos aún ahogaban los gritos de las gaviotas, pero lo avanzado de la hora había reducido el número de buscadores de placeres, y los timbrazos y campanilleos de las máquinas tragaperras, billares romanos y otros juegos de azar eran intermitentes en aquel momento.