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Era la hora perfecta para hablar con Theo Shaw.

Aún estaba en el muelle. Rachel lo sabía porque había visto su BMW, aparcado en el lugar acostumbrado, detrás del Lobster Hut, una pequeña cabaña a rayas amarillas y verdes situada al otro lado del hotel abandonado, que nunca había vendido langostas y, probablemente, nunca lo haría. Miró el letrero pintado a mano de la cabaña (HAMBURGUESAS, PERRITOS CALIENTES, PALOMITAS DE MAÍZ, DONUTS), y mientras observaba a una pareja mayor que compraba palomitas de maíz, se mordisqueó el labio y trató de pensar en todas las ramificaciones de lo que se disponía a hacer.

Tenía que hablar con él. Quizá Theo había cometido errores en su vida, y no acudir al rescate de Sahlah en cuanto Haytham Querashi había muerto era uno de ellos, pero en el fondo no era mala persona. Rachel sabía que, al final, lo arreglaría todo. Al fin y al cabo, era lo que la gente hacía cuando estaba enamorada.

Cierto, Sahlah se había equivocado al ocultar a Theo la noticia de su embarazo. Y aún se había equivocado más al acceder a casarse con un hombre estando embarazada de otro. Theo echaría cuentas tan bien como cualquiera, y si Sahlah se hubiera casado con Haytham Querashi y dado a luz, como supuesto fruto del matrimonio, antes de transcurridos ocho o nueve meses… Bien, Theo habría sabido que el niño no era de Haytham, ¿y qué habría hecho entonces?

La pregunta verdadera, claro, era qué había hecho tres días antes, el viernes por la noche, en el Nez. Pero era una pregunta a la que Rachel no quería contestar, y rezaba para que la policía no lo hiciera.

Es una cuestión de amor, se dijo con tozudez. No es una cuestión de odio y asesinato. Si Theo había utilizado la violencia contra Haytham, cosa que no creía ni por un instante, Haytham lo había provocado, sin duda. Se habrían proferido acusaciones. Se habrían hecho comentarios desagradables. Y después, en un instante terrible, se habría descargado un golpe colérico, un golpe del que se había derivado la terrible situación en que Sahlah se encontraba.

Rachel no podía soportar la idea de que Sahlah se sometiera a un aborto. Sabía que era la angustia del momento lo que empujaba a su amiga en aquella dirección. Como Haytham había muerto, y Sahlah pensaba que no existía otra solución factible a sus problemas, quería actuar de una forma que lamentaría toda su vida, y Rachel lo sabía.

Las chicas como Sahlah (sensibles, creativas, protegidas de los avatares de la vida, bondadosas y carentes de malicia) no superaban los abortos con tanta facilidad como pensaban. Sobre todo, no superaban los abortos cuando adoraban a los padres de sus bebés. Sahlah estaba loca si pensaba que interrumpir el embarazo era la única opción que le quedaba. Y Rachel se lo iba a demostrar.

¿Qué había de malo en que Sahlah terminara casada con Theo Shaw? Era cierto que sus padres estarían cabreados durante una temporada, cuando descubrieran que se había fugado con un inglés. Tal vez se negarían a dirigirle la palabra durante unos meses. Pero cuando el niño naciera, su nieto, el hijo o hija de su adorada hija, todo sería perdonado. La familia se reconciliaría.

Pero la única forma de que esto sucediera era que Rachel Winfield avisara a Theo de que la policía tal vez intentara relacionarle con el asesinato de Haytham Querashi. La única forma de que esto sucediera era que Theo se deshiciera del maldito brazalete antes de que la policía lo relacionara con él.

La cuestión estaba clara. Tenía que avisarle. Tenía que empujarle, con delicadeza, a hacer lo que era mejor para su amiga, y antes de que pasara otro día. Tampoco era que Theo Shaw necesitara empujoncitos. Quizá hubiera vacilado durante los últimos días por culpa de lo ocurrido a Haytham, pero no dudaría en cumplir su deber cuando averiguara que el aborto era inminente.

De todos modos, Rachel seguía insegura. ¿Y si Theo no estaba a la altura de las circunstancias? ¿Si no cumplía con su obligación? A menudo, los hombres huían en dirección contraria cuando la responsabilidad se interponía en su camino, y ¿quién podía afirmar sin lugar a dudas que Theo Shaw no haría lo mismo? Sahlah creía que la había abandonado, porque de lo contrario le habría hablado del niño. ¿Verdad?

Bien, se emperró Rachel, si Theodore Shaw no aceptaba sus obligaciones para con Sahlah, Rachel Winfield intervendría. El último piso de los Clifftop Snuggeries aún seguía en venta, y la cuenta de ahorros de Rachel aún contenía el dinero necesario para la adquisición. Si Theo no se portaba como debía, si los padres de Sahlah la repudiaban como resultado, Rachel proporcionaría un hogar a su amiga. Y juntas criarían al hijo de Theo.

Pero eso no era probable que sucediera, ¿verdad? En cuanto Theo se enterara de las intenciones de Sahlah, actuaría con decisión.

Una vez exploradas todas las ramificaciones, Rachel se puso en marcha. No tuvo que ir muy lejos. Dentro del salón recreativo, vio que Theo Shaw estaba hablando con Rosalie la Vidente.

Era un signo muy positivo, decidió Rachel. Pese a que su conversación no parecía una consulta, pues en lugar de la palma de la mano, las cartas del tarot o la bola de cristal, Rosalie parecía estar leyendo el pedazo de pizza que descansaba en un plato sostenido sobre su regazo, aún existía la posibilidad de que Rosalie estuviera brindando a Theo el beneficio de su experiencia con los seres humanos, entre bocado y bocado de pizza.

Rachel esperó hasta que la conversación terminó. Cuando Theo cabeceó, se levantó, tocó el hombro de Rosalie y caminó en su dirección, Rachel respiró hondo y cuadró los hombros. Movió el cabello para que ocultara su cara lo máximo posible, y avanzó a su encuentro. Llevaba el brazalete de oro, observó preocupada. Bien, no lo llevaría mucho más tiempo.

– He de hablar contigo -dijo sin más preámbulos-. Es muy importante, Theo.

Theo desvió la vista hacia el reloj cuya esfera imitaba la cara de un payaso, montado sobre las puertas del salón recreativo. Rachel temió que tuviera una cita, así que se apresuró a continuar.

– Es sobre Sahlah -dijo.

– ¿Sahlah?

Su voz era cautelosa, reservada.

– Sé lo vuestro. Sahlah y yo no tenemos secretos. Somos muy buenas amigas. Desde que éramos pequeñas.

– ¿Te ha enviado ella?

Rachel se alegró de su tono ansioso, y lo interpretó como otro signo positivo. Estaba claro que deseaba estar con su amiga. En tal caso, Rachel sabía que su trabajo iba a ser más sencillo de lo que había pensado.

– No exactamente.

Rachel paseó la vista a su alrededor. Sería malo que les. vieran juntos, sobre todo si la policía acechaba en las cercanías. Ya estaba metida en un buen lío, por haber mentido a la detective de la mañana y huido después de la tienda. Su situación empeoraría si la pillaban hablando con Theo mientras llevara en la muñeca el brazalete de oro.

– ¿Podemos hablar en algún otro sitio? En otro sitio más discreto, quiero decir. Es muy importante.

El hombre frunció el entrecejo, pero colaboró, y movió la mano en dirección al Lobster Hut y el BMW aparcado cerca del local. Rachel le siguió hasta el coche, al tiempo que miraba con nerviosismo hacia el paseo Marítimo, casi esperando que, teniendo en cuenta su mala suerte, alguien la viera antes de ponerse al abrigo de miradas indiscretas.

Pero eso no sucedió. Theo desconectó el sistema de alarma del coche y subió. Abrió la puerta del pasajero para que Rachel entrara. La muchacha miró alrededor y se sentó. Se encogió cuando el tapizado recalentado arañó su piel.

Theo bajó las ventanillas. Se volvió en su asiento.

– ¿Qué pasa?

– Has de deshacerte de ese brazalete -soltó sin más Rachel-. La policía sabe que Sahlah lo compró para ti.

El hombre tenía la vista clavada en ella, pero su mano derecha rodeó la joya, como en un movimiento inconsciente.

– ¿Qué tienes que ver tú en todo esto?