Theo no contestó, sino que se apretó el estómago, y antes de que Rachel pudiera decirle que sólo tenía que pedir la mano de Sahlah para salvar la vida de su hijo, salió del coche. Se tambaleó hasta el cubo de basura. Vomitó con violencia y durante tanto rato, que Rachel pensó que iba a devolver hasta la primera papilla.
Cuando las náuseas pasaron, Theo se pasó el puño por la boca. Su brazalete de oro captó el brillo de la luz del atardecer. No regresó al coche. Se quedó de pie ante el cubo de basura, con el pecho agitado como el de un corredor y la cabeza gacha.
No era una reacción ilógica, pensó Rachel. De hecho era una admirable reacción ante la terrorífica noticia. Theo no deseaba que Sahlah se sometiera al escalpelo del cirujano, o lo que utilizaran para extraer fetos indeseados del vientre de sus madres, más que Rachel.
El alivio que tanto anhelaba desde que había huido de la tienda se derramó sobre ella como agua fresca. Era cierto que había cometido un error al entregar a Haytham Querashi el recibo del brazalete, pero al final todo había salido bien: Theo y Sahlah estarían juntos.
Empezó a planificar su siguiente encuentro con Sahlah. Pensó en las palabras que utilizaría para relatar lo que acababa de suceder entre Theo y ella. Llegó incluso a imaginar la expresión de su amiga cuando oyera la noticia de que Theo iría a buscarla, pero en ese momento Theo se volvió y Rachel vio mejor su expresión. Sus huesos se licuaron.
Las facciones tensas del joven reflejaban la desdicha de un hombre que se veía atrapado sin remisión. Cuando regresó al coche, Rachel comprendió que jamás había tenido la intención de casarse con su amiga. Era igual que muchos de los hombres que Connie Winfield había arrastrado hasta su casa a lo largo de los años, hombres que pasaban la noche en su cama, la mañana sentados a la mesa de la cocina, y la tarde o la noche en sus coches, huyendo de la escena amorosa anterior como delincuentes en fuga.
– Oh, no.
Los labios de Rachel formaron las palabras, pero no emitió el menor sonido. Lo comprendió todo: que había utilizado a su amiga como una forma fácil de procurarse sexo, que la había seducido con las atenciones y admiración que Sahlah no podía esperar de un hombre asiático, que había esperado el momento oportuno, hasta que estuviera madura para una propuesta más osada. Y esa propuesta habría sido sutil, cuando ya Sahlah estaba completamente enamorada de él. Aún más, Sahlah lo habría deseado. En ese caso, la responsabilidad de lo que sucediera como resultado del placer que Theo Shaw obtuviera de Sahlah Malik sólo era de Sahlah.
Y Sahlah lo había sabido desde el primer momento.
Rachel sintió que la animosidad estallaba como un chorro de burbujas que le subiera del pecho a la garganta. Lo que le había pasado a su amiga era una injusticia. Sahlah era buena, y se merecía a alguien como ella. Pero esa persona no era Theo Shaw.
Theo subió al coche una vez más. Rachel abrió la puerta.
– Bien, Theo -dijo, sin intentar disimular el desprecio que sentía-, ¿quieres darme algún mensaje para Sahlah?
Su respuesta no la sorprendió, pero quería oírla, sólo para asegurarse de que era tan despreciable como pensaba.
– No.
Barbara retrocedió para mirarse en el espejo de su retrete con vistas y admiró su obra. Había parado en Boots camino del hotel, y veinte minutos en el único pasillo que pasaba por ser el departamento de cosmética le habían bastado para comprar una bolsa llena de potingues. La había ayudado una joven dependienta, cuya cara era un vivo testimonio de su entusiasmo por las facciones pintarrajeadas.
– ¡Súper! -había exclamado cuando Barbara le pidió su colaboración para localizar las marcas y colores adecuados-. Eres primavera, ¿verdad? -añadió de forma intrigante, mientras empezaba a amontonar en una cesta una gran variedad de frascos, cajas, tarros y pinceles misteriosos.
La dependienta se había ofrecido a «trabajar» a Barbara allí mismo, poniendo en práctica unos talentos que parecían dudosos, a lo sumo. Barbara, al observar la sombra de ojos amarilla y las mejillas magenta de la joven, había declinado la invitación. Necesitaba practicar, explicó. No había mejor momento que el presente para introducirse en los arcanos de la cosmética.
Bien, pensó, mientras examinaba su cara. No era que fuera a descubrirse en la portada de Vogue de un momento a otro. Tampoco sería seleccionada como ejemplo preclaro del triunfo de una mujer sobre una nariz rota, un rostro amoratado y un conjunto desafortunado de facciones que podían ser descritas, piadosamente, como desgarbadas. De momento, se las apañaría. Sobre todo con poca luz, o entre gente cuya vista le hubiera empezado a fallar en fecha reciente.
Dedicó un momento a amontonar sus suministros en el botiquín. Después, recogió el bolso y salió de la habitación.
Tenía hambre, pero la cena tendría que esperar un rato. Poco después de su llegada, había visto por las ventanas del bar del hotel a Teymullah Azhar y a su hija en el jardín, y quería hablar con ellos (o al menos con uno de ellos) antes de que se marcharan.
Bajó la escalera y cruzó el pasillo para atajar por el bar. Como estaba muy ocupado atendiendo a las necesidades de sus huéspedes, Basil Treves no podría estorbarla. La había saludado con aire significativo nada más verla entrar en el hotel. Había llegado a formar con la boca la frase «Hemos de hablar», y a mover sus cejas de una forma sugerente de que debía informarla de algo espectacular. Pero en aquel momento estaba transportando platos al comedor, y cuando dijo en silencio «Más tarde», al tiempo que encogía los hombros para indicar que era una pregunta, Barbara levantó con energía el pulgar para mantener bien engrasada la maquinaria de su frágil ego. El hombre era desagradable, sin duda, pero le resultaba útil. Al fin y al cabo, era el responsable de haberles entregado sin saberlo a Fahd Kumhar. Sólo Dios sabía qué otras joyas sería capaz de desenterrar, si le daban media oportunidad y el aliento equivalente. Pero en aquel momento quería hablar con Azhar, de modo que se puso muy contenta cuando vio que Treves no estaba libre.
Cruzó el bar hasta las puertas cristaleras, que estaban abiertas al crepúsculo. Vaciló un momento.
Azhar y su hija estaban sentados en la terraza de baldosas, la niña encorvada sobre una mesa de hierro forjado, sobre la cual descansaba un tablero de ajedrez, y su padre reclinado en una silla, con un cigarrillo colgando de sus dedos. Una sonrisa se insinuaba en las comisuras de su boca mientras observaba a Hadiyyah. Como no era consciente de que le estuvieran observando, permitió que sus facciones traicionaran una ternura que Barbara nunca había visto antes.
– ¿Cuánto tiempo quieres, khushi? -preguntó-. Creo que estás atrapada, y sólo estás prolongando la agonía de tu rey.
– Estoy pensando, papá.
Hadiyyah cambió de posición en la silla, se alzó sobre sus rodillas, con los codos sobre la mesa y el trasero levantado. Examinó con detenimiento el campo de batalla. Sus dedos erraron primero hacia un caballo, y después hacia la única torre que quedaba. Ya le habían comido la reina, observó Barbara, y estaba intentando organizar un ataque contra fuerzas muy superiores. Empezó a deslizar la torre hacia adelante.
– Ah -dijo su padre, anticipando el movimiento.
La niña retiró los dedos.
– He cambiado de opinión -anunció a toda prisa-. He cambiado de opinión, he cambiado de opinión.
– Hadiyyah. -Su padre pronunció su nombre con cariñosa impaciencia-. Cuando se toma una decisión, no hay que dar marcha atrás.
– Ni que estuvieras hablando de la vida -dijo Barbara. Salió del bar y se reunió con ellos.
– ¡Barbara! -El cuerpecito de Hadiyyah se alzó en la silla hasta quedar erguida sobre las rodillas-. ¡Estás aquí! Te he estado esperando durante toda la cena. Tuve que comer con la señora Porter porque papá no estaba, y tenía muchas ganas de que fueras tú. ¿Qué te has hecho en la cara? -Frunció el entrecejo, pero su rostro se iluminó al comprender-. ¡Te la has pintado! Te has escondido las contusiones. Tienes muy buen aspecto. ¿A que Barbara tiene muy buen aspecto, papá?