Azhar se había levantado, y cabeceó cortésmente. Cuando Hadiyyah canturreó «Siéntate, siéntate, por favor, siéntate», acercó una tercera silla para que Barbara se sentara con ellos. Le ofreció un cigarrillo y se lo encendió sin decir nada.
– Mamá también se maquilla -confesó Hadiyyah a Barbara cuando ésta se sentó-. Me enseñará a hacerlo cuando sea mayor. Consigue que sus ojos sean los más bonitos del mundo. Son muy grandes cuando termina. Claro que son grandes igual, los ojos de mamá. Tiene unos ojos maravillosos, ¿verdad, papá?
– Sí -dijo Azhar con los ojos clavados en su hija.
Barbara se preguntó qué veía cuando la miraba: ¿a su madre? ¿A él? ¿Una declaración viviente de su mutuo amor? No lo sabía, y dudaba que él se lo dijera. Dedicó su atención al tablero de ajedrez.
– Situación desesperada -dijo, mientras estudiaba la escasa colección de piezas con las que Hadiyyah intentaba atacar a su padre-. Creo que ha llegado el momento de ondear la bandera blanca, pequeña.
– Oh, no -exclamó Hadiyyah-. Tampoco queremos acabar ahora. Preferimos hablar contigo. -Se sentó y pasó sus pies calzados con sandalias alrededor de las patas de la mesa-. Hoy he hecho un rompecabezas con la señora Porter. Un rompecabezas de Blancanieves.
Estaba dormida y el príncipe la estaba besando, y los enanos lloraban porque pensaban que estaba muerta. Claro que no parecía muerta, y si se hubieran dado cuenta de que sus mejillas estaban muy sonrosadas, habrían deducido que sólo estaba dormida. Pero no lo hicieron y no sabían que sólo necesitaba un beso para despertarla. Pero como no lo sabían, conoció a un príncipe verdadero y fueron muy felices.
– Un final al cual aspiramos todos fervientemente -dijo Barbara.
– Y también pintamos. La señora Porter hacía acuarelas y ahora me está enseñando. Hice una del mar, una del parque de atracciones y una de…
– Hadiyyah -dijo en voz baja su padre.
Hadiyyah agachó la cabeza y enmudeció.
– Sabes, me gustan mucho las acuarelas -dijo Barbara-. Me gustaría verlas, si quieres. ¿Dónde las has guardado?
El rostro de Hadiyyah se iluminó.
– En nuestra habitación. ¿Quieres que vaya a buscarlas? No tardaré nada, Barbara.
Barbara asintió, y Azhar le dio la llave de la habitación. Hadiyyah saltó de la silla y entró corriendo en el hotel, con las trenzas al viento. Al cabo de un momento, oyeron sus sandalias repiquetear sobre los peldaños de madera.
– ¿Has salido a cenar esta noche? -preguntó Barbara a Azhar cuando se quedaron solos.
– Tenía que ocuparme de algunas cosas después de nuestra entrevista -contestó el hombre.
Tiró la ceniza del cigarrillo y bebió un sorbo de su vaso. Contenía hielo, lima y algo gaseoso. Agua mineral, supuso Barbara. No imaginaba a Azhar trasegando gin tonic, pese al calor. Depositó el vaso sobre el mismo anillo de humedad del que lo había levantado. Después la miró, con tal concentración que Barbara se convenció de que el maquillaje se le había corrido.
– Lo hiciste muy bien -dijo Azhar por fin-. Sacamos algo en limpio del encuentro, pero no todo lo que sabes, imagino.
Y por eso no había vuelto directamente al hotel a tiempo para cenar con su hija, decidió Barbara. No cabía duda de que su primo y él habían estado discutiendo sobre su siguiente movimiento. Se preguntó cuál sería: ¿una asamblea de la comunidad asiática, otra marcha callejera, una petición a su diputado para que interviniera, algún acontecimiento destinado a aumentar el interés de los medios por el asesinato y la investigación? No lo sabía, y tampoco lo adivinaba. Pero no le cabían dudas de que Muhannad y él habían decidido lanzar una acción que tendría lugar dentro de pocos días.
– Necesito que me aclares una cosa sobre el islam -dijo.
– ¿A cambio de…?
– Azhar, no podemos jugar así. Sólo puedo deciros lo que la inspectora Barlow me autoriza.
– Muy conveniente para ti.
– No. Es el compromiso al que llegué para intervenir en el caso. -Barbara dio una bocanada al cigarrillo y pensó en la mejor manera de ganarse su colaboración-. Tal como yo veo la situación, todo el mundo sale ganando gracias a mi intervención. Yo no vivo aquí. No tengo cuentas pendientes y ningún interés en demostrar la culpabilidad o inocencia de alguien. Si vosotros pensáis que la investigación está teñida de prejuicios, la verdad, soy vuestra mejor oportunidad de eliminarlos.
– ¿Existen?
– Yo qué sé, joder. Sólo llevo aquí veinticuatro horas, Azhar. Me gustaría pensar que soy buena, pero dudo que sea tan buena. ¿Podemos llegar a un acuerdo tú y yo?
Azhar meditó unos instantes, y dio la impresión de que estaba intentando leer en su cara si le había dicho la verdad.
– Sabes cómo se rompió el cuello -dijo por fin.
– Sí. Lo sé. Pero si lo piensas bien, ¿cómo íbamos a determinar que fue un asesinato, si no?
– ¿Lo fue?
– Ya lo sabes. -Tiró la ceniza sobre las baldosas y fumó-. Homosexualidad, Azhar. ¿Cómo sienta en el islam?
Comprendió que le había pillado por sorpresa. Cuando le había dicho que quería preguntarle algo sobre el islam, Azhar había pensado que serían preguntas sobre matrimonios de conveniencia, como por la mañana. Se trataba de un enfoque nuevo, y era lo bastante listo para saber que la pregunta estaba relacionada con la investigación.
– ¿Haytham Querashi? -preguntó.
Barbara se encogió de hombros.
– Tenemos una declaración que le da visos de realidad, pero nada más. La persona que nos la brindó tiene buenos motivos para querer despistarnos, de modo que tal vez no sea nada. Sin embargo, necesito saber cómo llevan la homosexualidad los musulmanes, y preferiría no tener que llamar a Londres para averiguarlo.
– Uno de los sospechosos hizo esa declaración -dijo Azhar con aire pensativo-. ¿Es un sospechoso inglés?
Barbara suspiró y expelió una nube de humo.
– Azhar, ¿podemos interpretar esta sinfonía con más de una nota? ¿Qué más da si es inglés o asiático? ¿Queréis saber la verdad sobre este asesinato, sea cual sea? ¿O sólo si lo hizo un inglés? Y el sospechoso es inglés, por cierto. Y alguien inglés nos dio su pista. A decir verdad, contamos al menos con tres posibilidades, y las tres son inglesas. Bien, ¿quieres pasar de ese rollo y contestar a mi pregunta?
Azhar sonrió y apagó el cigarrillo.
– Si hubieras hecho gala de esa pasión durante nuestra entrevista de hoy, Barbara, casi todas las inquietudes de mi primo habrían desaparecido. ¿Por qué no lo hiciste?
– Porque, la verdad, me importan una mierda las inquietudes de tu primo. Aunque le hubiera dicho que había treinta sospechosos ingleses, no me habría creído, a menos que le hubiera dado los nombres. ¿Estoy en lo cierto?
– Admitido.
Azhar bebió un poco más. Consiguió dejar una vez más el vaso sobre el círculo de condensación de donde lo había levantado.
– ¿Y? -dijo Barbara.
Azhar esperó un momento antes de contestar. En el silencio que siguió, Barbara oyó que Basil Treves reía la broma de alguien. Azhar hizo una mueca al captar la falsedad de la carcajada.
– La homosexualidad está expresamente prohibida -dijo.
– ¿Qué pasa si un tío es homosexual?
– Lo guarda en secreto.
– ¿Por qué?
Azhar jugueteó con la reina que había capturado a su hija. Sus dedos oscuros dieron vueltas a la pieza sobre la base de su pulgar, de un lado a otro.
– Al practicar abiertamente la homosexualidad, indicaría que ya no creía en los mandamientos del islam. Esto es un sacrilegio. Por eso, y por la homosexualidad en sí, sería expulsado de su familia, y también de los demás musulmanes.
– Por lo tanto -dijo Barbara con aire pensativo-, querría llevarlo con discreción. Tal vez hasta querría casarse y proporcionarse una coartada, para ahuyentar sospechas.