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Pero a ella nadie le tomaba el pelo. No había criado cuatro hijos difíciles (seis, si contaba a Theo y al testarudo de su hermano) para nada. Sabía cuándo pasaba algo, y aún sabía mejor cuándo intentaban ocultarle algo.

– No te hagas el sordo -replicó con firmeza-. Te has retrasado…, otra vez. Apenas has probado bocado durante la cena. No has hecho caso del queso, has dejado que el café se enfriara, y durante los últimos veinte minutos, cuando no has estado ocupado en abrir un sendero en mi alfombra, has estado mirando el reloj como un prisionero que espera la hora de las visitas.

– Comí tarde, abuela -explicó Theo-. Y este calor es mortal de necesidad. No entiendo que alguien pueda comer pastel de salmón con este tiempo.

– Yo lo he hecho. Además, la comida caliente va muy bien cuando el calor aprieta. Enfría la sangre.

– Creo que eso es un cuento de viejas.

– Paparruchas -dijo la anciana-. Pero la comida no es la cuestión. Tú eres la cuestión. Tu comportamiento es la cuestión. No eres tú desde…

Hizo una pausa para pensar. ¿Desde cuándo Theo no era el Theo que había conocido y querido (querido en contra de sus deseos, su prudencia y su inclinación) durante los últimos veinte años? ¿Un mes? ¿Dos? Al principio había empezado con largos silencios, había continuado con miradas furtivas lanzadas en su dirección cuando pensaba que estaba distraída, y había combinado todo esto con desapariciones nocturnas, llamadas telefónicas en voz baja y una preocupante pérdida de peso.

– ¿Qué está pasando, en nombre de Medusa? -preguntó.

Theo dibujó una sonrisa, pero la anciana no pasó por alto el detalle de que su expresión risueña no alteró la tristeza de sus ojos.

– Créeme, abuela. No pasa nada.

Contestó en el tono tranquilizador que los médicos siempre utilizan cuando intentan conseguir la colaboración de un paciente recalcitrante.

– ¿Estás tramando algo? -preguntó la mujer sin rodeos-. Porque en ese caso, me gustaría aclarar qué poco vas a ganar con la obcecación.

– No estoy tramando nada. He estado pensando en los negocios, en cómo está creciendo el parque de atracciones y en cuánto dinero perderemos si Gerry DeVitt no acaba el restaurante antes de la fiesta del ramo bancario de agosto.

Regresó a su silla, como para demostrar la veracidad de sus palabras. Enlazó las manos entre las rodillas y dedicó a su abuela su reciente versión de lo que era completa atención.

La anciana continuó, como si él no hubiera hablado.

– La obcecación destruye. Si tienes ganas de discutirme, tal vez tres nombres sirvan para apoyar mi afirmación: Stephen, Lawrence, Ulricke. Todos grandes practicantes del arte del engaño.

Vio que los ojos de Theo se entornaban de una forma que le gustó. Había querido asestarle un golpe bajo, y se alegraba de saber que lo había sentido. Su hermano, su padre y su madre, la del cerebro de mosquito. Los tres renegados, los tres desheredados como resultado, los tres expulsados al mundo para que se valieran por sí mismos. Dos ya habían muerto, y el tercero… A saber qué fin malsano encontraría el tercer Shaw en el nido de víboras que era la sociedad de Hollywood.

Desde la defección de Stephen a los diecinueve años de edad, se había dicho que Theo era diferente. Era cuerdo, razonable y lúcido, como ningún miembro de su familia próxima. Había depositado sus esperanzas en él, y a él iría a parar su fortuna. Si no vivía para ver el renacimiento completo de Balford-le-Nez, daba igual, porque Theo convertiría su sueño en realidad. Gracias a él y a sus esfuerzos, seguiría viviendo.

Eso había pensado, al menos. Pero las semanas anteriores (¿o era un mes? ¿O dos?) habían sido testigos de que su interés por los negocios de su abuela se había desvanecido. Los últimos días habían demostrado que su cabeza estaba en otra parte. Y las últimas horas habían dado cuenta de que debía actuar cuanto antes para encarrilarle, o le perdería para siempre.

– Lo siento -dijo Theo-. No es que quisiera pasar de ti, pero estaba pensando en el parque de atracciones, en las obras del restaurante, en los planes para el hotel, en el consejo municipal… -Cuando su voz enmudeció, desvió la mirada hacia la maldita ventana, pero por lo visto se dio cuenta, porque la fijó en ella al instante-. Además, cuando hace tanto calor no estoy en mi mejor forma.

La anciana le observó con los ojos entornados. ¿Verdad o mentira?, se preguntó. Theo continuó.

– He solicitado otro pleno municipal especial, por cierto. Lo he hecho esta mañana. Nos darán una respuesta, pero no será pronto, debido a este problema de los asiáticos y el hombre muerto en el Nez.

Iban progresando, admitió la anciana, y sintió las primeras señales de aliento desde el ataque. Eran de una lentitud exasperante, pero se trataba de progresos, a fin de cuentas. Tal vez, después de todo, Theo era tan sincero como afirmaba. De momento, prefería creerlo.

– Excelente -dijo-. Excelente, excelente. Cuando vuelva a reunirse el consejo, tendremos en el bolsillo los votos necesarios. Me atrevería a decir, Theo, que considero la interrupción de ayer una intervención divina. Esto nos da la oportunidad de masajear a cada miembro del consejo por separado.

Daba la impresión de que había atraído la atención de Theo, y mientras estuviera interesado, quería llevar todo el peso de la conversación.

– Ya me he ocupado de Treves, por cierto -dijo-. Es nuestro.

– ¿De veras? -preguntó Theo.

– Ya lo creo. He hablado con ese hombre insufrible esta misma tarde. ¿Sorprendido? Bien, ¿y por qué no? ¿Por qué no utilizar todos nuestros peones?

Sentía que se excitaba a medida que hablaba. Era como una excitación sexual, que ardía entre sus piernas como cuando Lewis la besaba en la nuca. De pronto, se dio cuenta de que le daba igual si Theo escuchaba o no. Había reprimido su entusiasmo durante todo el día (era absurdo hacer partícipe de sus planes a Mary Ellis), y ahora necesitaba desfogarse.

– No me costó casi nada atraerlo a nuestro bando -dijo muy satisfecha-. Odia a los paquis tanto como nosotros, y hará cualquier cosa con tal de ayudarnos. «Reurbanizaciones Shaw está al servicio de los intereses de la comunidad», me dijo. Quería decir que se degollaría con tal de mantener a los paquis en su sitio. Quiere que en todas partes se vean apellidos ingleses: en el muelle, en el parque, en los hoteles, en el centro recreativo. No quiere que Balford se convierta en un reducto de los aceitunos. Odia a Akram Malik en especial -añadió con gran satisfacción, y experimentó el mismo estremecimiento de placer que había sentido mientras hablaba por teléfono, al darse cuenta de que ella y el repugnante hotelero tenían una característica en común.

Theo se miró las manos, y la anciana observó que había apretado los pulgares uno contra otro, con mucha fuerza.

– Abuela -dijo Theo-, ¿de veras importa tanto que Akram Malik diera su apellido a un pedazo de césped, a una fuente, a un banco de madera y a un laburno, en memoria de su suegra? ¿Por qué te enfurece tanto?

– No estoy enfurecida. Ni tampoco estoy enfurecida por ese parque de tres al cuarto de Akram Malik.

– ¿No? -Theo levantó la cabeza-. Si no recuerdo mal, no abrigabas el menor sueño de reurbanización hasta que el Standard publicó aquel artículo sobre la dedicatoria del parque.

– Recuerdas mal -replicó Agatha-. Trabajamos en el parque de atracciones diez buenos meses, antes de que Akram Malik inaugurara ese parque.

– El parque de atracciones sí, pero lo demás vino después del parque de Malik: el hotel, el centro recreativo, los edificios del paseo Marítimo, las calles peatonales, la restauración de la calle Mayor. En cuanto leíste el artículo del Standard, no descansaste hasta que contratamos a arquitectos, estrujaste las meninges de planificadores urbanos de todo el mundo, y procuraste que todo dios se enterara de que los planes del renacimiento de Balford-le-Nez estaban en tus manos.

– ¿Y qué? Es mi ciudad. He vivido aquí toda mi vida. ¿Quién tiene más derecho que yo a invertir en su futuro?