– Si no hay nada más que eso, invertir en el futuro de Balford, estoy de acuerdo -repuso Theo-. Pero los planes para el futuro de Balford juegan un papel secundario, comparados con tus intenciones ocultas.
– ¿Ah, sí? ¿Y cuáles son mis intenciones ocultas?
– Deshacerte de los paquistaníes -dijo Theo-. Convertir Balford-le-Nez en una población demasiado cara para que adquieran propiedades, paralizarles económica, social y culturalmente, de manera que no puedan comprar tierras para construir una mezquita, ni abrir tiendas para comprar comida balal, ni encontrar empleos…
– Yo les proporciono empleos -interrumpió Agatha-. Doy trabajo a toda la ciudad. ¿Quién crees que trabajará en los hoteles, restaurantes y tiendas de Balford, sino sus habitantes?
– Oh, estoy seguro de que has reservado puestos de trabajo para los paquistaníes que no puedas expulsar. Trabajos manuales, como lavar platos, hacer camas, fregar suelos. Trabajos que les mantendrán en su lugar, para que no prosperen.
– ¿Por qué deberían prosperar? -preguntó Agatha-. Deben su vida a este país, y es necesario grabarlo a fuego en sus mentes.
– Venga, abuela. No finjamos que vivimos en los últimos días del raja.
La anciana se encrespó, pero más por el tono cansado de su nieto que por las palabras. En aquel momento, le había recordado tanto a su padre que tuvo ganas de abalanzarse sobre él. Era como si estuviera oyendo a Lawrence. Hasta veía a Lawrence. Sentado en la misma silla, diciéndole con absoluta solemnidad que se disponía a abandonar los estudios para casarse con una jugadora de voleibol, doce años mayor que él, cuyas máximas recomendaciones eran sus enormes senos y un bronceado excesivo.
– Te negaré hasta el último chelín -había gritado-, hasta el último cuarto de penique, hasta la última media corona.
Le había dado igual que ya no fueran monedas de curso legal. Lo único que importaba era detenerle, y con ese objetivo había dilapidado todos sus recursos. Había maniobrado, manipulado, sin conseguir otra cosa que expulsar a su hijo de casa y empujarle hacia la tumba.
Pero las viejas costumbres se resistían a morir, porque debían ser extirpadas con grandes esfuerzos. Agatha nunca había dedicado el mismo denuedo a eliminar sus defectos que a eliminar los defectos de los demás.
– Escúchame, Theo Shaw. Si tienes algún problema con mis planes de reurbanización y, en consecuencia, deseas buscar empleo en otra parte, habla ya. Será muy fácil sustituirte, y me alegrará hacerlo, si me consideras tan repugnante.
– Abuela.
Parecía desalentado, pero ella no quería eso. Quería la rendición.
– Hablo muy en serio. Siempre lo he hecho. Siempre lo haré. Si ése es el motivo de que duermas mal por las noches, quizá haya llegado el momento de que cada uno siga su camino. Tenemos un récord excelente: veinte años juntos. Más de lo que duran la mayoría de matrimonios actuales. Si necesitas seguir tu camino, como hizo tu hermano, adelante, no voy a impedírtelo.
La mención de su hermano sirvió para recordarle cómo se había ido éste: con diez libras y cincuenta y nueve peniques en el bolsillo, a cuyo monto no había añadido ella ni un sólo penique en los diez años transcurridos. Theo se levantó, y durante un terrible momento, Agatha pensó que le había juzgado mal, que le había considerado necesitado de un vínculo maternal, cuando ya lo había superado. Pero cuando habló, supo que había ganado.
– Empezaré a telefonear a los miembros del consejo por la mañana -dijo Theo.
Agatha notó que la rigidez de su rostro dejaba paso a una sonrisa.
– ¿Ves como podemos aprovechar la interrupción del pleno en favor nuestro? Vamos a ganar, Theo. Y antes de que hayamos terminado, el apellido Shaw estará anunciado en grandes carteles luminosos por toda la ciudad. Piensa en lo que va a cambiar tu vida. Piensa en el hombre que llegarás a ser.
El joven apartó la vista de ella, pero no miró hacia la ventana, sino hacia la puerta, a lo que acechaba al otro lado, fuera lo que fuese. Pese al calor que parecía latir en el aire, se estremeció. Se encaminó hacia la puerta.
– ¡Cómo! -exclamó la anciana-. Son casi las diez. ¿Adonde vas?
– A tomar el fresco -contestó Theo.
– ¿Dónde esperas conseguirlo? No hace más fresco fuera que dentro de la casa.
– Lo sé. Pero el aire es más puro, abuela.
Y el tono de su voz reveló a Agatha el precio que suponía la victoria.
Capítulo 14
Como había sido la última comensal de la noche, fue fácil para Basil Treves atrapar a Barbara. Lo hizo cuando la sargento atravesaba el salón de los huéspedes, tras haber decidido cambiar el café por un paseo a lo largo de la cumbre del acantilado, donde esperaba encontrar alguna brisa marina errante.
– ¿Sargento? -siseó como una serpiente Treves. El hotelero se había puesto el chip de 007-. No quise molestarla durante la cena. -Un destornillador en la mano de Treves indicaba que había realizado algún ajuste en la televisión de pantalla grande, en la que Daniel Day-Lewis estaba jurando eterna fidelidad a una mujer de abundantes senos, antes de lanzarse por una cascada-. Pero ahora que ha terminado… Si tiene un momento…
En lugar de esperar la respuesta, tomó el codo de Barbara entre el índice y el pulgar y la guió con firmeza por el pasillo hasta la recepción. Se deslizó detrás del mostrador y extrajo una hoja impresa por ordenador del cajón inferior.
– Más información -dijo con aire conspirador-. Pensé que era mejor no comentarla con usted mientras estaba con…, bien, con otra gente, ya me entiende. Como en este momento está libre… Está libre, ¿verdad?
Miró por encima de su hombro, como esperando que Daniel Day-Lewis surgiera del salón y acudiera en rescate de Barbara, con el rifle de chispa preparado.
– Libre es mi primer apellido.
Barbara se preguntó por qué aquel hombre odioso no hacía algo para cuidar su piel. Fragmentos de tamaño respetable estaban enredados en su barba, como si hubiera hundido la cara en un plato lleno de migas mojadas.
– Excelente -dijo Treves. Paseó la vista a su alrededor, por si alguien estaba escuchando, pero no vio a nadie. Aun así, decidió proceder con cautela. Se inclinó sobre el mostrador para hablar en tono confidencial y compartir el olor a ginebra de su aliento-. Registros de llamadas telefónicas -exhaló-. Puse un sistema nuevo el año pasado, gracias a Dios, así que llevo un registro de las llamadas de larga distancia de todos los huéspedes. Antes, todas las llamadas se canalizaban por la centralita, y teníamos que llevar un registro manual y controlar el tiempo, de las llamadas, no de los registros. Un método bizantino y muy poco preciso. Le aseguro, sargento, que se producían escenas muy desagradables a la hora de pagar las llamadas.
– ¿Ha localizado las llamadas al exterior del señor Querashi? -dijo Barbara en tono alentador. Se descubrió bastante impresionada. Eccema o no, el hombre estaba demostrando ser una mina de oro-. Brillante, señor Treves. ¿Qué tenemos?
Como siempre, el hombre se hinchaba cuando la sargento utilizaba el plural. Dio vuelta a la hoja sobre el mostrador para que quedara de cara a Barbara. Ésta vio que había rodeado con un círculo dos docenas de llamadas telefónicas. Todas empezaban con dos ceros. Era una lista de llamadas al extranjero, comprendió.
– Me he tomado la libertad de llevar nuestra investigación un poco más lejos, sargento. Espero no haberme excedido. -Treves cogió un lápiz de un soporte hecho a base de conchas marinas pegadas a una antigua lata de sopa. Lo utilizó para señalar mientras hablaba-. Estos números son de Pakistán: tres de Karachi y otro de Lahore. Eso está en el Punjab, por cierto. Estos dos son de Alemania, los dos de Hamburgo. No he telefoneado a ninguno. En cuanto vi el código internacional, comprendí que sólo necesitaba el listín telefónico. Los códigos del país y la ciudad están anotados aquí.