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Para que luego hablen de la unidad europea, pensó Barbara. Pidió a Ingrid que hiciera lo máximo posible, dejó su número y colgó. Se secó la cara sudorosa con el borde de su camiseta, y pensó en lo improbable que sería encontrar a alguien que hablara inglés en sus siguientes llamadas telefónicas. Debía ser bastante más de medianoche en Pakistán, y como no sabía ni una palabra de urdu, para poder explicar a un asiático dormido el motivo de que hubiera interrumpido su sueño con el timbre del teléfono, Barbara decidió buscar la colaboración de alguien que hiciera el trabajo por ella.

Subió la escalera y recorrió el pasillo hasta la parte del hotel en que estaba la antigua habitación de Querashi. Se detuvo detrás de la puerta tras la cual había oído la televisión la noche anterior. Azhar y Adiyyah tenían que ocuparla. Era impensable que Basil Treves hubiera renunciado a su odiosa filosofía de «juntos pero no revueltos», alojando a los asiáticos en la parte del hotel donde la delicada sensibilidad de sus huéspedes ingleses pudiera verse herida por una presencia extranjera.

Llamó con suavidad y dijo el nombre de Azhar, y luego volvió a llamar. La llave giró en la cerradura, y Azhar apareció ante ella ataviado con una bata marrón y un cigarrillo en la mano. Detrás de él, la habitación estaba casi a oscuras. Un pañuelo azul grande cubría una lámpara de mesa, pero había luz suficiente para que pudiera leer, por lo visto. Había un documento encuadernado tirado junto a su almohada.

– ¿Hadiyyah está dormida? ¿Puedes venir a mi habitación? -preguntó Barbara.

Azhar pareció tan sorprendido por la petición, que Barbara se ruborizó al darse cuenta de lo que había dicho.

– Necesito que llames a algunos teléfonos de Pakistán -se apresuró a decir, y explicó cómo los había obtenido.

– Ah. -Azhar consultó el reloj de oro que ceñía su delgada muñeca-. ¿Tienes idea de qué hora es en Pakistán, Barbara?

– Tarde.

– Pronto -la corrigió el hombre-. Extremadamente pronto. ¿No sería mejor esperar a una hora más razonable?

– Cuando se trata de un asesinato, no. ¿Harás las llamadas por mí, Azhar?

El hombre miró hacia atrás. Barbara vio la pequeña figura de Hadiyyah acurrucada en la segunda cama. Dormía abrazada a un enorme muñeco de trapo.

– Muy bien -dijo Azhar, y volvió al interior de la habitación-. Me cambiaré en un momento…

– Olvídalo. No hace falta que te vistas. Tardaremos menos de cinco minutos. Vámonos.

No le concedió la posibilidad de protestar. Se alejó por el pasillo en dirección a la escalera. Detrás de ella, oyó que la puerta de Azhar se cerraba, y después el ruido de la llave al girar en la cerradura. Le esperó en el descansillo.

– Querashi telefoneó a Pakistán al menos una vez al día durante las últimas tres semanas. Quien recibiera las llamadas recordará algo, si se ha enterado de su muerte.

– La familia ha sido informada -dijo Azhar-. Aparte de ellos, no se me ocurre a quién pudo telefonear.

– Eso es lo que hemos de averiguar.

Barbara abrió la puerta de su habitación y entraron. Recogió del suelo su ropa interior, los pantalones morunos y la camiseta que había utilizado el día anterior. Los tiró dentro del ropero con un «Perdona el desorden», y le condujo hasta la mesita de noche, sobre la cual descansaba el listado impreso por ordenador.

– Ponte cómodo -dijo.

Azhar se sentó y miró el listado un momento, con el cigarrillo en la boca, mientras un hilo de humo se elevaba sobre su cabeza como una serpiente cimbreante. Dio unos golpecitos con los dedos debajo de uno de los números y, por fin, miró a Barbara.

– ¿Estás segura de que quieres que haga estas llamadas?

– ¿Por qué no iba a estarlo?

– Militamos en bandos opuestos, Barbara. Si las personas a las que voy a llamar sólo hablan urdu, ¿cómo sabrás que te cuento la verdad sobre la conversación?

Tenía razón. Antes de ir a buscarle, no había reflexionado mucho sobre la prudencia de buscar la colaboración de Azhar. No lo había pensado en absoluto. Se preguntó por qué.

– Nuestro objetivo es el mismo, ¿verdad? -contestó-. Los dos queremos llegar hasta el fondo de la verdad sobre la muerte de Querashi. Te considero incapaz de hacer algo para ocultar la verdad, una vez sepas que es la verdad. Con franqueza, no me pareces esa clase de persona.

El hombre la miró, con una expresión entre pensativa, sorprendida y perpleja.

– Como quieras -dijo por fin, y descolgó el auricular. Barbara sacó los cigarrillos del bolso, encendió uno y se acomodó sobre el taburete del tocador. Colocó un cenicero al alcance de ambos.

Azhar utilizó sus largos dedos para echar hacia atrás un mechón de pelo negro que había caído sobre su frente. Dejó el cigarrillo en el cenicero.

– Está sonando. ¿Tienes un lápiz? -Un momento después-: Es un contestador, Barbara. -Frunció el entrecejo mientras escuchaba. Tomó nota en el listado. No dejó ningún mensaje, una vez finalizada la grabación. Colgó-. Este número… -Tachó uno de la lista-. Es una agencia de viajes de Karachi. World Wide Tours. El mensaje comunica su horario de atención al público, que no funciona entre medianoche y las siete de la mañana.

Sonrió y cogió su cigarrillo.

Barbara echó un vistazo al listado.

– La semana pasada telefoneó cuatro veces. ¿Qué deduces? ¿Planes para la luna de miel? ¿La gran evasión de su matrimonio?

– Debía estar preparando el transporte para su familia, Barbara. Querrían estar presentes en su boda con mi prima. ¿Quieres que continúe?

Barbara asintió. Azhar marcó el número siguiente. Al cabo de pocos momentos, estaba hablando en urdu. Barbara oyó la voz al otro extremo de la línea. Las palabras, al principio vacilantes, no tardaron en adquirir un tono perentorio y apasionado. La conversación se prolongó durante varios minutos, con algunas expresiones inglesas cuando no había traducción en urdu. Oyó que mencionaban su nombre, así como «New Scotland Yard», «Balford-le-Nez», «Hotel Burnt House» y «Policía de Essex».

– ¿Y bien? -dijo cuando Azhar colgó-. ¿Quién era? ¿Qué han…?

Azhar levantó una mano para detener su interrogatorio y marcó el tercer número.

Esta vez habló durante más tiempo, y tomó notas mientras la voz masculina del otro extremo de la línea impartía la información. Barbara ardía en deseos de arrebatar el auricular a Azhar y formular las preguntas que le venían a la cabeza, pero se armó de paciencia y esperó.

Azhar, sin hacer el menor comentario, hizo la cuarta llamada, y esta vez Barbara reconoció lo que parecía ser su prólogo habituaclass="underline" una disculpa por telefonear a una hora tan intempestiva, seguida por una explicación en la que el nombre de Haytham Querashi salía a colación más de una vez. Esta última conversación fue la más larga de todas, y al concluir, Azhar concentró su atención en el listado, hasta que Barbara habló.

Su expresión era tan sombría, que Barbara se sintió presa del nerviosismo. Ella le había proporcionado un elemento que podía ser de vital importancia en la investigación. Podía hacer con él lo que le diera la gana, incluyendo mentir sobre su importancia, o revelarlo, con los comentarios incendiarios correspondientes, a su primo.

– ¿Azhar? -dijo.

El hombre volvió a la realidad. Cogió un cigarrillo de los suyos. Después la miró.