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– La primera llamada fue a sus padres.

– ¿Es el primer número del listado?

– Sí. Están… -Hizo una pausa, como si buscara una palabra o una frase-. Están destrozados por su muerte, como puedes comprender. Querían saber en qué fase se encuentran las investigaciones. Les gustaría recuperar el cuerpo. Creen que no pueden llorar la muerte de su hijo mayor como deberían ser sin tener su cuerpo, y han preguntado si tienen que pagar a la policía para recuperarlo.

– ¿Pagar?

Azhar continuó.

– La madre de Haytham está bajo cuidados médicos, pues sufrió un colapso cuando le informaron de su muerte. Sus hermanas están confusas, su hermano no ha dicho una palabra desde el sábado por la tarde, y la abuela paterna intenta mantener unida a la familia, pero su corazón está debilitado a causa de una angina de pecho, la tensión es muy grande, y un ataque fuerte puede matarla. La llamada telefónica les ha asustado a todos.

Clavó los ojos en ella.

– El asesinato es algo muy desagradable, Azhar -dijo Barbara-. Lo siento, pero es muy duro para todos los afectados. Mentiría si te dijera que el horror termina cuando detenemos a alguien. Nunca desaparece.

El hombre asintió. Se frotó la nuca con aire ausente. Por primera vez, Barbara reparó en que sólo llevaba el pantalón del pijama debajo de la bata. Su pecho estaba desnudo, y su piel oscura parecía bruñida a la luz de la lámpara.

Barbara se levantó y caminó hasta la ventana. Oyó música procedente de un sitio inconcreto, las notas vacilantes de alguien que practicaba el clarinete en una de las casas situadas sobre el acantilado, a cierta distancia.

– El siguiente número es de un mullah -dijo Azhar-. Es un líder religioso, un hombre santo.

– ¿Cómo un ayatollah?

– Inferior. Es un líder religioso local, y sirve a la comunidad en la que creció Haytham.

Habló con tal seriedad que Barbara se volvió para mirarle. Vio que su expresión también era seria.

– ¿Qué quería del mullah? ¿Tenía que ver con el matrimonio?

– Con el Corán -dijo Azhar-. Quería hablar del mismo párrafo que había marcado en el libro. El párrafo que te traduje durante nuestra reunión de esta tarde.

– ¿Sobre lo de librarse de los opresores?

Azhar asintió.

– Pero su interés no se centraba en la «ciudad de opresores», como mi primo pensaba. Deseaba comprender la definición de la palabra «desvalidos».

– ¿Quería saber qué significa «desvalido»? ¿Y telefoneó a Pakistán para averiguarlo? Eso es absurdo.

– Haytham sabía lo que significaba «desvalido»,

Barbara. Quería saber cómo aplicar la definición. El Corán ordena a los musulmanes luchar por la causa de los desvalidos. Deseaba hablar de cómo se reconoce que un hombre está desvalido o no.

– ¿Porque quería luchar contra alguien? -Barbara volvió al taburete. Se dejó caer sobre él, acercó el cenicero y apagó el cigarrillo-. Puta mierda -masculló, más para ella que para Azhar-. ¿En qué se habría metido?

– La otra llamada fue a un muftí -continuó Azhar-. Es un especialista en ley islámica.

– ¿Cómo un abogado?

– Algo por el estilo. Un muftí es un hombre que proporciona interpretaciones legales de la ley islámica. Está preparado para dictar lo que se llama una fatwa.

– ¿Qué es eso?

– Algo cercano a un informe legal.

– ¿Qué quería de ese tipo?

Azhar vaciló, y Barbara comprendió que habían llegado a la causa de la solemnidad que había aparecido antes en su expresión. En lugar de contestar al instante, el hombre apagó su cigarrillo en el cenicero. Por segunda vez, se apartó el pelo de la frente. Estudió sus pies. Como su pecho, estaban desnudos. Como sus manos, eran delgados. Muy arqueados y sin vello. Podrían haber sido de mujer.

– Azhar -dijo Barbara-. No me la juegues ahora, ¿eh? Te necesito.

– Mi familia…

– También te necesita. De acuerdo. Pero todos queremos llegar al fondo del asunto. Sea asiático o inglés el asesino, no queremos que la muerte de Querashi quede impune. Ni siquiera Muhannad puede desearlo, diga lo que diga sobre proteger a su pueblo.

Azhar suspiró.

– En el muftí, Haytham buscaba una respuesta sobre el pecado. Deseaba saber si un musulmán, culpable de un pecado grave, seguiría siendo musulmán y, por consiguiente, seguiría perteneciendo a la comunidad global de los musulmanes.

– Quieres decir: ¿seguiría siendo un miembro de su familia?

– Miembro de su familia y miembro de la comunidad global.

– ¿Qué le dijo el muftí?

– Habló de usul al-figh: las fuentes de la ley.

– ¿Cuáles son?

Azhar levantó la cabeza para mirarla a los ojos.

– El Corán, el Sunna del Profeta…

– ¿El Sunna?

– El ejemplo del Profeta.

– ¿Qué más?

– El consenso de la comunidad y el razonamiento analógico: lo que tú llamarías deducción.

Barbara buscó su paquete de cigarrillos. Sacó uno y ofreció a Azhar el paquete. El hombre cogió la caja de cerillas del tocador, le ofreció fuego, y lo aplicó luego a su cigarrillo. Volvió a sentarse en el borde de la cama.

– Una vez habló con el muftí, debieron llegar a alguna conclusión, ¿verdad? Encontraron una respuesta a su pregunta. ¿Puede continuar siendo musulmán un musulmán culpable de un pecado grave?

Azhar contestó con otra pregunta.

– ¿Cómo puede vivir alguien desafiando alguno de los principios del islam, y aún afirmar que es musulmán, Barbara?

«Los principios del islam.» Barbara dio vueltas a la frase en la cabeza, y la relacionó con todo lo que había averiguado hasta el momento sobre Querashi y sobre la gente con quien se había puesto en contacto. Al hacerlo, vio la inevitable relación entre la pregunta y la vida de Querashi. Y experimentó una oleada de agitación cuando el comportamiento del asiático empezó a cobrar sentido.

– Antes, cuando estabas en el jardín, dijiste que el Corán prohíbe expresamente la homosexualidad.

– Sí.

– Pero él quería casarse. De hecho, se había comprometido a casarse. Estaba tan comprometido que su familia ya había hecho los preparativos para asistir a la ceremonia, y él ya había planificado la noche de bodas.

– Parece razonable llegar a esa conclusión -admitió con cautela Azhar.

– Por lo tanto podemos deducir que, después de esta conversación con el muftí, Haytham Querashi decidió empezar a vivir guiándose por los principios del islam. A enmendarse, de hecho. -Barbara profundizó en el tema-. ¿Podemos llegar a la conclusión de que había estado en guerra consigo mismo sobre esto, sobre enmendarse, desde que llegó a Inglaterra? Al fin y al cabo, se había comprometido en matrimonio, pero aún se sentía atraído hacia los hombres, a los que había jurado renunciar. Al sentirse atraído hacia ellos, debía sentirse atraído hacia los lugares que frecuentaban, y hacia más de uno. Se topó con un tío en la plaza del mercado de Clacton y se fue con él. Salieron durante un mes o así, pero no quería llevar una doble vida, era demasiado arriesgado, y trató de liquidar la relación. Sólo que le liquidaron a él.

– ¿La plaza del mercado de Clacton? -preguntó Azhar-. ¿Qué tiene que ver la plaza del mercado de Clacton con todo esto, Barbara?

Barbara se dio cuenta de su metedura de pata. Estaba tan dominada por su deseo de relacionar los hechos y especulaciones reunidos hasta el momento que, sin querer, había proporcionado a Azhar una información que sólo obraba en poder de Trevor Ruddock y los investigadores. Al hacerlo, había cruzado una línea.

Mierda, pensó. Tuvo ganas de rebobinar la cinta, de tragarse las palabras «plaza del mercado de Clacton». Pero ya no podía desdecirse. Su única esperanza residía en contemporizar. Sin embargo, contemporizar no se contaba entre sus talentos. Oh, estar en la compañía del inspector detective Lynley, pensó Barbara. Con su facilidad de palabra les habría sacado del atolladero en un periquete. Para empezar, nunca les habría metido en él, pues no tenía la costumbre de pensar en voz alta delante de sus colegas. Pero ésa era otra cuestión.