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– Escucha -dijo el joven. Se miró el padrastro que había mordisqueado. Frotó el pulgar contra la camiseta-. Escucha, Rachel, ¿no podemos hablar un momento?

– Estamos hablando.

Trevor señaló la calle con la cabeza.

– Me refiero… ¿Damos un paseo?

Se encaminó hacia la acera. Se detuvo al llegar a la oxidada cancela e indicó, de nuevo con la cabeza, que le siguiera.

– ¿No deberías estar trabajando, Trev? -preguntó Rachel, al tiempo que le obedecía.

– Sí. Ya iré, pero antes he de hablar contigo.

Esperó a que ella se acercara, pero no pasó de su moto. Plantó el trasero en el asiento. Dedicó su atención a los manillares, y sus manos se cerraron sobre ellos cuando continuó.

– Escucha, tú y yo… Me refiero… al viernes pasado por la noche. Cuando se cargaron a Querashi. Estábamos juntos. Te acuerdas, ¿verdad?

– Claro -dijo Rachel, aunque el creciente calor en el pecho y el cuello le dijeron que se estaba ruborizando.

– Recuerdas a qué hora nos separamos, ¿verdad? Subimos a las cabañas alrededor de las nueve. Nos atizamos esa mierda… Era espantosa. ¿Cómo se llama?

– Calvados -dijo Rachel, y añadió inútilmente-: Es un licor de manzana. Para después de comer.

– Bueno, nosotros lo tomamos antes de comer, ¿eh?

A Rachel no le gustaba cuando sonreía. No le gustaban sus dientes. No le gustaba recordar que nunca iba al dentista. Tampoco le gustaba el hecho de que no se bañaba a diario, de que nunca se limpiaba las uñas, y sobre todo, de que siempre procuraba que sus encuentros fueran secretos, empezando bajo el muelle, junto al pilote más cercano al agua, y terminando en aquella cabaña de playa que olía a moho, donde las esteras de ratén dibujaban un reticulado rojo en sus rodillas cuando se arrodillaba delante de él.

Quiéreme, quiéreme, habían suplicado los actos de Rachel. ¿A que te hago sentir bien?

Pero eso era antes de que Sahlah necesitara su ayuda. Eso era antes de que viera la expresión de Theo Shaw, que traicionaba su intención de abandonar a Sahlah.

– En cualquier caso -dijo Trevor, al ver que ella no reía de su comentario procaz-, nos quedamos allí hasta las once y media, ¿te acuerdas? Hasta tuve que correr para llegar al trabajo a tiempo.

Rachel meneó la cabeza poco a poco.

– No, Trev. Llegué a casa a eso de las diez.

El joven sonrió, aún concentrado en los manillares. Alzó la cabeza y lanzó una risita nerviosa, pero tampoco la miró.

– Eh, Rachel, no fue así. Ya imagino que no te acuerdas de la hora exacta, porque estábamos bastante ocupados.

– Yo estaba ocupada -corrigió Rachel-. No recuerdo que hicieras gran cosa después de sacarte la polla de los pantalones.

La miró por fin. Por primera vez desde que le conocía, Rachel vio que estaba asustado.

– Rachel -dijo con tono abatido-. Venga, Rachel. Tú recuerdas cómo fue.

– Recuerdo que había oscurecido. Recuerdo que me dijiste que esperara diez minutos mientras subías a la cabaña, la tercera empezando por el final de la fila superior, para… ¿Cómo fue, Trev? Para «ventilarla», dijiste. Yo debía esperar debajo del muelle, y seguirte al cabo de diez minutos.

– No habrías querido entrar con aquel olor -protestó Trevor.

– Y a ti no te habría gustado que te vieran conmigo.

– No es eso -dijo el joven, y por un momento pareció tan indignado que Rachel tuvo ganas de creerle. Quería creer que, en realidad, no significaba nada que la única vez que habían estado juntos en público fuera cenando en un restaurante chino, situado a unos muy convenientes veinte kilómetros de Balford-le-Nez. Quería creer que nunca la besaba en la boca porque era tímido y le faltaba valor. Sobre todo, quería creer que el hecho de haberle rendido homenaje en quince ocasiones, sin sacar nada en limpio de la actividad, aparte de la humillación de anhelar sin ocultarlo algo remotamente parecido a la esperanza de un futuro normal, sólo significaba que él aún no había aprendido a entregarse como ella. Pero no podía creerlo. Por eso, se ciñó a la verdad.

– Llegué a casa alrededor de las diez, Trev. Lo sé porque me sentía vacía por dentro, así que encendí la tele. Hasta sé lo que vi, Trev. La mitad y el final de una vieja película de Sandra Dee y Troy Donahue. Apuesto a que sabes cuál es: son jovencitos, es verano, se enamoran y se hacen la picha un lío. Y al final descubren que el amor es más importante que tener miedo y ocultar quién eres en realidad.

– ¿No se lo puedes decir? -preguntó Trevor-. ¿No puedes decir que eran las once y media? Rachel, los polis te lo van a preguntar, porque dije que estuve contigo esa noche. Y es cierto. Si dices que llegaste a casa a eso de las diez, ¿no te das cuenta de lo que eso significa?

– Significa que tuviste tiempo de darle el pasaporte a Haytham Querashi, supongo.

– Yo no lo hice. Rachel, yo no vi al tío esa noche. Lo juro. Lo juro. Si no confirmas lo que dije, sabrán que he mentido. Y si descubren que he mentido sobre eso, pensarán que también miento sobre mi inocencia. ¿No puedes ayudarme? ¿Qué significa otra hora?

– Una hora y media -corrigió Rachel-. Dijiste las once y media.

– De acuerdo. Una hora y media. ¿Qué significa otra hora y media?

Cantidad de tiempo para demostrar que, al menos, pensaste un poco en mí, se dijo en silencio.

– No mentiré por ti, Trev -dijo en voz alta-. En otro tiempo, tal vez. Pero ahora no.

– ¿Por qué? -La palabra era una súplica. La cogió por el brazo y recorrió con los dedos su piel desnuda-. Rachel, pensaba que lo nuestro era algo especial. ¿No opinas lo mismo? Cuando estamos juntos, es como… Es algo mágico, ¿no crees?

Sus dedos llegaron a la manga de la blusa y se deslizaron por debajo, subieron por el hombro, acariciaron la tirilla del sujetador.

Rachel deseaba tanto las caricias que sintió la humedad como respuesta a la pregunta de Trevor. La sintió entre las piernas, detrás de las rodillas y en el hueco de su garganta, donde su corazón se había alojado.

– ¿Rachel…?

Los dedos rozaron la parte delantera del sujetador.

Así debía ser, pensó ella. Un hombre toca a una mujer y la mujer desea, goza, se derrite…

– Por favor, Rachel. Eres la única que puede ayudarme.

Pero también era la primera y única vez que la había tocado con ternura, en lugar de la estimulación impaciente y apresurada con el propósito de recibir placer sin darlo.

¡Esa chica necesita una bolsa en la cabeza!

¡Pareces el culo de un perro, Rachel Winfield!

La única manera de tirársela será con una venda en los ojos.

Se puso rígida, recordó las voces y cómo las había combatido durante toda su infancia. Apartó bruscamente la mano de Trevor Ruddock.

– ¡Rachel!

Hasta consiguió componer una expresión herida.

Sí. Bien. Ella sabía bien lo que era eso.

– El viernes por la noche llegué a casa alrededor de las diez -dijo-. Y si la policía lo pregunta, pienso decirles eso.

Capítulo 15

Sahlah estudiaba la silueta de las hojas de los árboles en el techo de su dormitorio, iluminado por la luna. No se movían. Pese a la proximidad de la casa al mar, no soplaba la menor brisa. Sería otra noche de calor sofocante, cuando pensar en el contacto de las sábanas era como pensar en intentar dormir envuelta en plástico.

Pero sabía que no iba a dormir. Había deseado buenas noches a la familia a las diez y media, después de padecer una tensa discusión entre su padre y su hermano. Al principio, Akram se había quedado consternado al saber que le habían roto el cuello a Haytham. Muhannad había aprovechado la consternación de su padre para anunciarle todo lo demás que había averiguado durante su entrevista con la policía (poca cosa, en opinión de Sahlah), y resumir el siguiente movimiento que habían planificado Taymullah Azhar y él. Akram había dicho «Esto no es un juego, Muhannad», y la disputa había empezado.