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Sus palabras, pronunciadas con severidad por Akram, y con pasión por Muhannad, no sólo habían enfrentado a padre e hijo, sino amenazado la paz del hogar y el tejido familiar. Yumn había apoyado a Muhannad, por supuesto. Wardah había seguido la tradición de toda una vida dedicada a obedecer a los hombres, y no había dicho nada, con los ojos fijos en su bordado. Sahlah intentó reconciliar a los dos hombres. Al final, todos se quedaron sentados en un silencio tan electrizante, que el aire parecía cargado de chispas. Como nunca había soportado el silencio en ninguna de sus manifestaciones, Yumn se había puesto en pie de un salto y aprovechado el momento para introducir una cinta en el vídeo. Cuando la imagen granulosa apareció en la pantalla (un muchacho asiático que seguía a un rebaño de cabras, con un bastón en la mano, mientras sonaba música de sitar y los títulos de crédito desfilaban en urdu), Sahlah se despidió. Sólo su madre había contestado.

Era la una y media. Estaba en la cama desde las once. Reinaba el silencio en la casa desde medianoche, cuando oyó a su hermano en el cuarto de baño, antes de retirarse. Los suelos y las paredes habían acallado sus crujidos nocturnos. Y esperaba en vano la llegada del sueño.

Pero para dormir sabía que tendría que vaciar su mente de pensamientos y concentrarse para alcanzar la relajación. Si bien había conseguido lo segundo, sabía que no lograría lo primero.

Rachel no había telefoneado, lo cual significaba que aún no había reunido la información necesaria para llevar adelante el aborto. Sahlah sólo podía hacer acopio de paciencia y confiar en que su amiga no le fallaría ni traicionaría por segunda vez.

No por primera vez, desde que sospechara que estaba embarazada, lamentaba Sahlah con amargura la falta de libertad que le imponían sus padres. No por primera vez se despreciaba por haber vivido con tanta docilidad bajo el yugo benigno y amoroso, pero igualmente implacable, de sus padres. Se daba cuenta de que el ambiente casi uterino que, hasta el momento, la había protegido de un mundo hostil era lo que ahora la paralizaba. En realidad, las restricciones impuestas por sus padres la habían protegido. Pero también la habían encarcelado. Y nunca lo había sabido hasta ahora, cuando anhelaba más que otra cosa el estilo de vida libre de las chicas inglesas, el estilo de vida despreocupado en que los padres parecían planetas que orbitaran en la periferia del sistema solar de las vidas de sus hijas.

Si hubiera sido como ellas, sabría qué hacer. De hecho, si hubiera sido como ellas, probablemente habría anunciado sus intenciones. Habría contado su historia sin más aplazamientos y sin tener en cuenta los sentimientos de los demás. Porque su familia no habría significado nada para ella, y el honor y orgullo de sus padres (por no hablar de su natural confianza en sus retoños) le habrían traído sin cuidado.

Pero nunca había sido como las demás chicas inglesas. Por consiguiente, proteger a los padres que amaba era fundamental para ella, más importante que su felicidad personal, más importante que su propia vida.

Desde luego, más importante que esta vida, pensó, y rodeó su estómago con las manos en un gesto maquinal, aunque las apartó al instante. No puedo darte vida, dijo al organismo que habitaba su interior. No daré vida a algo que deshonraría a mis padres y destruiría a mi familia.

Y te cubriría de oprobio, ¿verdad, Sahlah?, oyó que preguntaba la implacable voz de su conciencia, en el mismo tono burlón que había escuchado noche tras noche, semana tras semana. Porque ¿quién es el culpable de la tesitura en que te encuentras, sino tú?

– Puta, sabandija -la había maldecido su hermano entre susurros, con tal violencia que se estremecía cada vez que lo recordaba-. Pagarás por esto, Sahlah, como pagan todas las putas.

Cerró los ojos con fuerza, como si la oscuridad total pudiera borrar el recuerdo de su memoria, la angustia de su corazón, y la enormidad del acto en que había participado. Pero sólo sirvió para que destellos de luz alumbraran detrás de sus ojos, como si un ser interior sobre el cual no tenía control intentara arrojar luz sobre todo cuanto deseaba ocultar.

Abrió los ojos de nuevo. Los destellos continuaron. Los vio alumbrar y parar, alumbrar y parar, en el punto donde la pared del dormitorio se encontraba con el techo. Tardó un instante en comprender.

Corto, corto, largo, pausa. Corto, corto, largo, pausa. ¿Cuántas veces había visto la señal durante el último año? Ven a mí, Sahlah. Anunciaba que Theo estaba fuera y utilizaba una linterna para avisar de que estaba en el huerto.

Cerró los ojos para no verla. Poco tiempo antes, habría saltado de la cama al instante, devuelto la señal con su linterna y salido con sigilo de su habitación. Con las zapatillas que ahogaban el sonido de sus pasos, habría pasado por delante de la habitación de sus padres, parado ante su puerta cerrada para escuchar el ruido tranquilizador de los sonoros ronquidos de su padre, y también los de su madre, más suaves. Habría bajado la escalera, caminado hasta la cocina, y desde allí habría salido a la noche.

Corto, corto, largo, pausa. Corto, corto, largo, pausa. Podía ver la luz incluso a través de sus párpados.

Percibió la urgencia de los destellos. Era la misma urgencia que había captado en su voz cuando la había telefoneado la noche anterior.

– Sahlah, gracias a Dios -dijo-. Te he telefoneado al menos cinco veces desde que supe lo de Haytham, pero no contestaste nunca, y la idea de dejar un mensaje… No me atreví. Por ti. Siempre contestaba Yumn. Quiero hablar contigo, Sahlah. Necesitamos hablar. Hemos de hablar.

– Ya hemos hablado -contestó ella.

– ¡No! Escúchame. Me malinterpretaste. Cuando dije que quería esperar, no tenía nada que ver con lo que siento por ti.

Hablaba en voz baja y rápida, como si creyera que le iba a colgar antes de que tuviera tiempo de decir todo lo que había pensado y, seguramente, ensayado. Pero también, como si temiera que le oyeran. Y ella sabía quién.

– Mi madre necesita que la ayude a preparar la cena -dijo-. Ahora no puedo hablar contigo.

– Crees que es por ti, ¿verdad? Lo vi en tu cara. A tus ojos soy un cobarde, porque no le he dicho a mi abuela que estoy enamorado de una asiática. Pero el que no se lo haya dicho no tiene nada que ver contigo. Nada. ¿De acuerdo? No es el momento oportuno.

– Nunca creí que tuviera algo que ver conmigo -le corrigió.

No tendría que haber hablado. No pudo desviarle del sendero que se había trazado, porque se apresuró a continuar.

– No se encuentra bien. Cada vez habla peor. Apenas puede caminar. Está débil. Necesita una enfermera. Tengo que quedarme aquí por ella, Sahlah. No puedo pedirte que vengas a esta casa, como mi mujer, para abrumarte con el peso de una anciana enferma que podría morir en cualquier momento.

– Sí -dijo ella-. Ya me lo has dicho, Theo.

– Entonces, ¿por qué no me concedes un poco más de tiempo, por el amor de Dios? Ahora que Haytham ha muerto, podremos estar juntos. Lo conseguiremos, Sahlah, ¿no te das cuenta? La muerte de Haytham podría ser una señal. Si la mano de Dios nos está diciendo que…

– Haytham fue asesinado, Theo -dijo-. No creo que la mano de Dios tenga nada que ver con ello.

Theo enmudeció. ¿Estaba impresionado?, se preguntó. ¿Estaba horrorizado? ¿Se estaba devanando los sesos por inventar algo con el timbre de sinceridad adecuado, tiernas palabras de compasión para ofrecer una condolencia que no sentía? ¿O pasaba algo muy diferente por su cabeza, una febril búsqueda de un medio sutil de presentarse a la luz más positiva?

Di algo, pensó Sahlah. Haz una sola pregunta que sirva de señal.

– ¿Cómo sabes…? El periódico… Cuando leí que había sido en el Nez… No sé por qué, pero pensé que había sufrido un infarto o algo por el estilo, o tal vez una caída. Pero ¿asesinado? ¿Asesinado?

No dijo «Dios mío, ¿cómo puedes soportar este horror?». No dijo «¿Qué puedo hacer por ti?». No dijo «Voy ahora mismo, Sahlah. Ocuparé el lugar que me corresponde por derecho a tu lado, y pondremos fin a esta maldita charada».