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– Nunca ha preguntado a Kumhar dónde, vive -dijo Emily-, pero el tío va con la suficiente frecuencia para que no sea difícil ponernos en contacto con él. Tengo a un hombre en la lavandería de la acera opuesta, vigilando la papelería. Cuando Kumhar asome la jeta, nuestro hombre le seguirá y nos avisará.

– ¿Está muy lejos la papelería del mercado de Clacton?

Emily sonrió sin humor.

– A menos de cincuenta metros.

Barbara asintió. El emplazamiento situaba a una persona más en las proximidades de los lavabos de caballeros, lo cual les proporcionaba la primera posibilidad de corroborar la historia de Trevor Ruddock. Refirió a Emily sus llamadas telefónicas a Pakistán. No añadió que Azhar había hablado en su nombre, y como Emily no le pidió que aclarara cómo se las había apañado, llegó a la conclusión de que la información era más importante que la manera de obtenerla.

Al igual que Barbara, Emily se centró en las conversaciones de Querashi con el muftí.

– Si los musulmanes consideran la homosexualidad un pecado grave… -dijo.

– Lo es -confirmó Barbara-. No cabe la menor duda.

– Entonces, existen buenas posibilidades de que nuestro querido Trevor haya dicho la verdad. Y de que ese tal Kumhar, que merodea por la vecindad, supiera lo de Querashi.

– Tal vez -dijo Barbara-, pero puede que Querashi consultara al muftí sobre el pecado de otra persona, ¿no? De Sahlah, por ejemplo. Si ella había pecado al acostarse con Theo, y creo que la fornicación es un pecado tan grande como cualquier otro, sería expulsada de la familia. Y eso, creo, libraría a Querashi de la obligación de casarse con ella. Quizá estaba buscando eso: una salida.

– Lo cual pondría fuera de sí a los Malik. -Emily movió la cabeza para dar las gracias a Belinda Warner, cuando la agente entró un fax y se lo dio-. ¿Ha dicho algo Londres sobre las huellas que encontramos en el Nissan? -preguntó.

– He llamado al SO4 -contestó Belinda-. Me preguntaron si era consciente de que los agentes reciben cada día las huellas de dos mil seiscientas personas, y si existía algún motivo especial para que nuestras huellas tuvieran la máxima prioridad.

– Ya les llamaré yo -dijo Barbara a Emily-. No puedo prometer nada, pero intentaré acelerar la burocracia.

– Este fax es de Londres -continuó Belinda-. El profesor Siddiqi ha traducido la página del libro encontrado en la habitación de Querashi. Phil llamó desde la dársena. Los Shaw tienen un yate grande allí.

– ¿Y los asiáticos? -preguntó Emily.

– Sólo los Shaw.

Emily despidió a la joven y contempló el fax con aire pensativo antes de leerlo.

– Sahlah regaló a Theo Shaw ese brazalete -dijo Barbara-. «La vida empieza ahora.» Y la coartada de él es tan firme como la mermelada.

Pero la inspectora continuaba estudiando el fax de Londres. Leyó en voz alta.

– «Cómo no vamos a luchar por la causa de Alá y de los hombres desvalidos, y de las mujeres y niños que gritan: ¡Señor! ¡Sácanos de esta ciudad de opresores! ¡Oh, danos un amigo protector mediante tu Presencia! ¡Oh, danos algún protector mediante tu Presencia!» Bien. -Tiró el fax sobre su escritorio-. Eso lo deja todo tan claro como el barro.

– Parece que podemos confiar en Azhar -dijo Barbara-. Es casi una traducción palabra por palabra de su versión de ayer. En cuanto a su significado, Muhannad dijo que era una señal de que alguien estaba causando problemas a Querashi. Se aferró a la parte de «sácanos de esta ciudad».

– ¿Afirma que estaban acosando a Querashi? -aclaró Emily-. No tenemos la menor prueba de eso.

– Tal vez Querashi deseaba huir de ese matrimonio -adujo Barbara, y abundó en la idea, que apoyaba su tesis anterior-. Al fin y al cabo, si descubrió que su prometida estaba liada con Shaw, no pudo ponerse muy contento. Es lógico que intentara romper el compromiso. Quizá telefoneó a Pakistán para hablar con el muftí sobre eso, de una manera velada.

– Yo diría que más bien se dio cuenta de que no podría aparentar lo que no era durante los siguientes cuarenta años, y trató de evitar el matrimonio por eso, independientemente de lo que hablara con ese muftí. Luego, alguien se enteró de su reticencia a casarse con Sahlah y… -Formó una pistola con el índice y el pulgar, apuntó a Barbara y apretó el gatillo-. Llena tú los huecos, Barb.

– Pero ¿qué pinta Kumhar en todo esto? ¿Y las cuatrocientas libras que Querashi le entregó?

– Cuatrocientas libras serían un buen adelanto de una dote, ¿verdad? Quizá quería casar a Kumhar con una de sus hermanas. Tiene hermanas, ¿no? Lo leí en uno de esos malditos informes.

Indicó el caos de papeles que cubrían su escritorio.

El razonamiento de Emily tenía sentido, pero despertó cierta inquietud en Barbara, inquietud que no se mitigó cuando Emily prosiguió.

– El asesinato fue planeado hasta el último detalle, Barb. Y el último detalle tenía que ser una coartada a prueba de bomba. La persona que dedicó parte de su tiempo a seguir los movimientos nocturnos de Querashi, preparar una trampa con el alambre y tomar la precaución de no dejar el menor rastro, no podía dejar de procurarse una coartada sólida para el viernes por la noche.

– De acuerdo -dijo Barbara-. Lo admito. Pero como todo el mundo, excepto Theo Shaw, tiene una coartada, y más de una persona tenía un motivo para liquidar a Querashi, ¿no deberíamos buscar otra cosa?

Habló a Emily de las llamadas telefónicas que Querashi había hecho, pero Emily la interrumpió en cuanto llegó al mensaje ininteligible del contestador automático de Hamburgo.

– ¿Hamburgo? -preguntó-. ¿Querashi telefoneó a Hamburgo?

– Los números de Hamburgo estaban en el listado del ordenador. La otra llamada fue a la jefatura de policía, por cierto, pero aún no he averiguado quién recibió la llamada. ¿Por qué? ¿Significa algo especial Hamburgo?

En lugar de contestar, Emily sacó una bolsa de plástico, que contenía ensalada mixta, de su cajón. Barbara intentó no aparentar culpabilidad por el desayuno que había engullido: un buen plato de huevos, patatas, salchichas, champiñones y beicon, rico en colesterol y grasas. Pero daba igual. Emily estaba tan abismada en sus pensamientos que tampoco se habría dado cuenta.

– ¿Qué pasa, Em?

– Klaus Reuchlein.

– ¿Quién?

– Era el tercer comensal en la cena de Colchester del viernes por la noche.

– ¿Un alemán? Cuando dijiste un extranjero pensé que te referías…

Con qué facilidad influían en sus procesos mentales sus predisposiciones naturales y prejuicios inconscientes. Barbara había dado por sentado que la palabra «extranjero» significaba un asiático, cuando «no dar nada por sentado» era una de las primeras reglas del trabajo policial.

– Es de Hamburgo -dijo Emily-. Rakin Khan me dio su número. Si no me cree, y es evidente que no, me dijo, confirme la coartada de Muhannad con esto. Y me lo dio. ¿Dónde lo he…?

Rebuscó entre los papeles y carpetas de su escritorio y rescató su libreta de notas. Pasó las páginas hasta encontrar la que buscaba. Leyó el número en voz alta.

Barbara extrajo el listado de su bolso y localizó el primer número de Hamburgo.

– Puta mierda -dijo.

– ¿Significa eso que llamaste anoche al señor Reuchlein? -Emily sonrió, echó atrás la cabeza y agitó un puño en el aire-. Ya está, Barb. El señor Hombre de su Pueblo. El señor Político. Creo que le tenemos.

– Tenemos una relación -admitió Barbara con cautela-, pero sólo podría ser una coincidencia, Em.

– ¿Una coincidencia? -dijo con incredulidad Emily-. ¿Querashi telefonea por casualidad a la misma persona que representa la mitad de la coartada de Muhannad Malik? Venga, Barb. No es una coincidencia.

– ¿Y qué hay de Kumhar?

– ¿Qué pasa con él?

– ¿Cómo encaja? Es evidente que vive en las cercanías de la plaza del mercado de Clacton, en la misma zona donde Trevor afirma que vio a Querashi mariconeando. ¿Es una coincidencia? Si lo es, ¿cómo podemos decir que un hecho del caso constituye una coincidencia, y el otro apunta al asesino de Querashi? Si lo de Kumhar no es una coincidencia, ¿qué tenemos entre manos? ¿Una conspiración en toda regla para asesinar a Querashi, orquestada por miembros de su comunidad? ¿Y por qué?