Выбрать главу

Capítulo 16

La posibilidad de que existiera un testigo del asesinato de Querashi fortaleció y dio un nuevo enfoque a la investigación. La inspectora Barlow empezó a llamar a los móviles de sus hombres.

– Desde ahora, todas las personas que tuvieron alguna relación con Querashi son testigos en potencia de su asesinato. Quiero saber la coartada de todo el mundo, y quiero que se pueda corroborar. Investigad a todas las personas que estuvieron en el Nez aquella noche.

Por su parte, Barbara llamó a la oficina de huellas dactilares de Londres, y utilizó su escasa influencia para que el S04 examinara las huellas encontradas en el Nissan. Sabía que la identificación no estaba garantizada. Sólo se produciría si alguien previamente detenido y fichado en alguna parte del país había dejado sus huellas en el coche. En tal caso, darían un paso adelante al conseguir una identidad, algo concreto, no meras especulaciones.

Barbara hizo la llamada. Como a muchos servicios de apoyo, al personal de huellas dactilares no le gustaba nada que oliera a interferencia de otra rama de la familia legal, de modo que utilizó la agitación racial en la ciudad para ayudar a su causa.

– Estamos sentados sobre un barril de pólvora -terminó-, y necesitamos su ayuda para apagarlo.

El S04 comprendía. Todo el mundo quería que colgaran una identidad a sus huellas antes de que el sol se pusiera el primer día de una investigación. Pero la sargento también debía comprender que un equipo de trabajo tan especializado como el S04 sólo podía ocuparse de un número limitado de encargos por día.

– No podemos permitirnos un error -salmodió el jefe del departamento-, sobre todo cuando la inocencia o la culpabilidad pueden depender de una conclusión a la que haya llegado este departamento.

Claro, claro, claro, pensó Barbara. Le dijo que hiciera cuanto estuviera en su mano y volvió con Emily.

– Tengo menos influencias de las que pensaba -dijo con sinceridad Barbara-. Harán lo que puedan. ¿Qué pasa?

Emily estaba hojeando el contenido de una carpeta.

– La foto de Querashi -dijo, y la sacó. Barbara comprobó que era la misma fotografía publicada en la portada del Tendring Standard. Querashi parecía solemne e inofensivo al mismo tiempo-. Si Trevor Ruddock dice la verdad sobre Querashi y sus inclinaciones, existe la posibilidad de que alguien le viera en el mercado de Clacton. Y si alguien más le vio, es posible que alguien haya visto a nuestro testigo en potencia con él. Quiero a ese testigo, Barb. Si Ruddock está diciendo la verdad.

– Sí -dijo Barbara-. Tenía motivos suficientes para matar a Querashi, y aún no he comprobado su coartada. Quiero echar un vistazo a la tarjeta de fichar de la semana pasada. Y también quiero hablar con Rachel. Da la impresión de que muchos caminos conducen a ella. Es curioso, si quieres saber mi opinión.

Emily dio su aprobación al plan. Ella se encargaría del aspecto homosexual del caso. Además de la plaza del mercado y Fahd Kumhar, otros caminos parecían converger en Clacton. No quería pasarlos por alto.

– Si existe, ese testigo es la clave -dijo.

Se separaron en la franja de asfalto que constituía el aparcamiento de la vieja comisaría. A un lado, un cobertizo de metal acanalado acogía al agente de la policía científica. Estaba sentado en un taburete, en mangas de camisa y con un pañuelo azul atado alrededor de la cabeza para contener el sudor. Al parecer, estaba cotejando el contenido de unas bolsas de pruebas con un libro de registro. La temperatura estaba alcanzando cotas suficientes para freír beicon en el suelo. Pobre tipo, pensó Barbara. Le ha tocado lo peor.

Barbara descubrió que, durante el rato que había pasado en la comisaría, el Mini había absorbido tanto calor, incluso con todas las ventanillas bajadas, que costaba respirar en su interior. El volante quemaba, y el asiento del coche siseó al entrar en contacto con la fina tela de sus pantalones. Consultó su reloj y se asombró al ver que aún no era mediodía. No le cabía la menor duda de que a las dos se sentiría como un asado de domingo requemado.

La joyería Racon estaba abierta cuando llegó. Al otro lado de la puerta principal, Connie Winfield y su hija estaban inmersas en su trabajo. Al parecer, se dedicaban a preparar para el escaparate un nuevo envío de collares y pendientes, porque estaban sacando piezas de bisutería de una caja de cartón y utilizaban alfileres para montarlas sobre un biombo antiguo hecho de terciopelo crema.

Barbara las observó un momento sin delatar su presencia. Tomó nota de dos detalles. Entre las dos poseían la intuición artística necesaria para dotar de atractivo y seducción a los expositores de joyas. Y trabajaban en lo que se le antojó un silencio poco amistoso. La madre dirigía miradas ominosas a la hija. La hija contraatacaba con expresiones altivas, que daban cuenta de su indiferencia hacia el desagrado de la madre.

Las dos mujeres se sobresaltaron cuando Barbara dijo buenos días. Sólo Connie habló.

– Dudo que venga a comprar algo.

Dejó lo que estaba haciendo y se acercó al mostrador, donde un cigarrillo se estaba consumiendo en un cenicero. Tiró la ceniza y se llevó el cigarrillo a la boca. Miró a Barbara con ojos hostiles.

– Me gustaría hablar con Rachel -dijo Barbara.

– Adelante, y buena suerte. A mí también me gustaría hablar con esa desgraciada, pero no le he arrancado ni una sola palabra. Pruébelo. Ardo en deseos de oír lo que ha de decir.

Barbara no tenía la intención de permitir que la madre estuviera presente en el interrogatorio.

– ¿Puedes salir a la calle, Rachel? -preguntó-. ¿Damos un paseo?

– ¿Qué pasa aquí? -preguntó Connie-. No he dicho que estuviera libre para largarse. Tenemos trabajo. Dígale lo que sea aquí, mientras desempaquetamos.

Rachel colgó el collar que sostenía sobre uno de los seis florones del biombo. Por lo visto, Connie se dio cuenta de lo que implicaba su reacción.

– Rachel Lynn -dijo-, ni te atrevas a pensar…

– Podemos pasear hasta el parque -dijo Rachel a Barbara-. No está lejos, y un descanso me irá bien.

– ¡Rachel Lynn!

Rachel no le hizo caso. Salió a la acera. Barbara oyó que Connie ladraba el nombre de su hija una vez más, para luego gritarlo en tono suplicante, cuando se encaminaron hacia Balford Road.

El parque en cuestión era un cuadrado de césped, agostado por el sol, situado un poco más allá de St. John's Church. Una verja de hierro forjado, recién pintada de negro, lo rodeaba, pero la puerta estaba abierta. Un letrero daba la bienvenida a todo el mundo, y denominaba al lugar PARQUE FALAK DEDAR. Un nombre musulmán, observó Barbara. Se preguntó si era indicativo de la integración de la comunidad asiática en Balford-le-Nez.

Un sendero de gravilla que bordeaba el césped las condujo hasta un banco, al que un laburno cargado de cascadas de flores amarillas proporcionaba sombra. Una fuente manaba en el centro del parque, la talla en mármol níveo de una muchacha con velo, que vertía el agua de una jarra en un estanque que formaba una concha a sus pies. Después de arreglar su falda transparente, Rachel dedicó su atención a la fuente, pero no a Barbara.

Barbara contó a la muchacha el motivo de su presencia: saber dónde se encontraba el viernes pasado por la noche.

– Hace cuatro noches -recordó a Rachel, por si la joven fingía haber perdido la memoria. Implicaba que cuatro noches no era un período de tiempo lo bastante dilatado para nublar los recuerdos.

Rachel captó la indirecta.

– Quiere saber dónde estaba cuando Haytham Querashi murió.

Barbara admitió que aquél era su propósito.

– Tu nombre ha surgido más de una vez en relación a este caso, Rachel -añadió-. No quería decirlo delante de tu madre…

– Gracias -dijo Rachel.

– … pero da mala espina que el nombre de una salga a relucir durante la investigación de un asesinato. ¿Fumas?