Su amante no había dormido en casa la noche anterior. Cliff se había despertado por la mañana y descubierto que su lado de la cama estaba sin tocar, y comprendió al instante que Gerry no había vuelto de Balford. Notó un retortijón en las tripas. Pese al calor que ya apretaba, sus manos y pies se enfriaron como peces muertos cuando pensó en lo que podía significar la ausencia de Gerry.
Al principio, había intentado convencerse de que su compañero había decidido quedarse a trabajar y empalmar con el día siguiente. Al fin y al cabo, estaba intentando terminar el restaurante antes de la siguiente fiesta de la banca. Al mismo tiempo, cuando terminaba su horario laboral, iba a trabajar en la restauración de una casa de Balford. Por lo tanto, Gerry tenía buenos motivos para no estar en casa. Era posible que hubiera ido directamente desde el primer trabajo al segundo, cosa que hacía a menudo, y a veces trabajaba hasta las tres de la mañana si estaba a punto de concluir una fase del segundo proyecto. Pero hasta el momento, nunca había empalmado. Y siempre había telefoneado para avisar de que llegaría tarde.
Esta vez, no había telefoneado. No había ido a casa. Cliff, sentado en el borde de la cama aquella mañana, había buscado pistas en su última conversación con Gerry, detalles que le revelaran su paradero, así como el estado de su corazón y su mente. Debió admitir que, más que una conversación, había sido una disputa, una de aquellas reyertas verbales en que comportamientos pretéritos se convierten de repente en hitos para medir dudas presentes.
Todos los elementos de sus pasados compartidos e individuales habían sido desenterrados, aireados y expuestos, con el fin de proceder a un largo e íntimo examen. La plaza del mercado de Clacton. Los lavabos de caballeros. Cuero y Encaje en el castillo. El interminable trabajo de Gerry en aquella casa pija de Balford. Los paseos enfurecidos de Cliff, sus desplazamientos y sus pintas de Foster en Never Say Die. Había salido a colación quién utilizaba la moto, y también quién sacó la barca, cuándo y por qué. Y cuando las acusaciones se agotaron, siguieron discutiendo a voz en grito sobre qué familia aceptaba que uno de sus hijos era maricón, y qué padre intentaría matar a su hijo si se enterara de la verdad.
Gerry solía rehuir las peleas, pero esta vez no. Cliff se había preguntado por el significado de que su amante, tan dócil y serio por lo general, hubiera alterado sus costumbres y aceptado el reto.
Por tanto, el día había empezado mal, y sólo había hecho que empeorar. Al despertar, había descubierto que Gerry le había dado el salto, y cuando había mirado por la ventana de la tienda, había visto a los polis dar el coñazo a todo el mundo.
Cliff intentó concentrar su mente en el trabajo. Había que atender pedidos, cortar rompecabezas, examinar fotos para calibrar si se convertían en futuros rompecabezas, y decidir si se encargaba una partida de condones de fantasía a Amsterdam. Tenía que ver dieciséis vídeos, como mínimo, y escribir las críticas para Crossdresser's Quarterly. Pero descubrió que sólo podía pensar en las preguntas de los polis, y en si había sido lo bastante convincente para que no se presentaran en Jaywick Sands, con el fin de solicitar la colaboración de Gerry.
La apariencia de Theo Shaw no sugería que hubiera dormido el sueño de los justos, pensó Barbara. Shaw llevaba equipaje debajo de los ojos, casi inyectados en sangre, que le daban un aspecto de conejo albino. Cuando Dominique, la del pendiente de botón en la lengua, anunció la llegada de Barbara a las oficinas del parque de atracciones, lo primero que dijo Theo fue:
– De ninguna manera. Dile…
Pero se había tragado el resto de la frase, cuando vio a Barbara detrás de la chica.
– Quiere ver las tarjetas de fichar, señor Shaw, las de la semana pasada. ¿Las voy a buscar o qué? No quería hacer nada hasta hablar antes con usted.
– Yo me ocuparé de esto -dijo Theo Shaw, y no hizo más comentarios hasta que Dominique volvió a la recepción sobre sus zapatos de plataforma naranja. Después, miró a Barbara, que había entrado en su despacho sin invitación, y se había instalado en una de las dos sillas de roten colocadas ante su escritorio-. ¿Las tarjetas de fichar?
– En singular -repuso Barbara-. La de Trevor Ruddock de la semana pasada, en concreto. ¿La tiene?
En efecto. La tarjeta estaba en el departamento de contabilidad, donde se confeccionaba la nómina. Si a la sargento no le importaba esperar un minuto…
A Barbara no le importaba. Aprovecharía la oportunidad para fisgar en el despacho de Theo Shaw. Sin embargo, el hombre pareció adivinar sus intenciones, porque en lugar de ir a buscar en persona la tarjeta, descolgó el teléfono, marcó tres números y pidió que se la trajeran.
– Espero que Trevor no se haya metido en líos -dijo.
Y una mierda, pensó Barbara.
– Sólo es para confirmar algunos detalles -dijo. Indicó la ventana-. El parque parece más concurrido hoy. Los negocios deben ir bien.
– Sí.
– Eso es bueno para la causa.
– ¿Qué causa?
– La reurbanización. ¿Participan los asiáticos en la reurbanización?
– Qué pregunta más extraña. ¿Por qué la hace?
– Estuve en el parque Falak Dedar. Parece nuevo. Hay una fuente en el centro: una chica con atuendo árabe vertiendo agua. El nombre parece asiático. Me estaba preguntando si los asiáticos participan en sus planes de reurbanización. ¿O tienen sus propios planes?
– Todo el que quiera puede participar -dijo Theo-. La ciudad necesita inversores. No pensamos rechazar a nadie que quiera participar en el proyecto.
– ¿Y si alguien quiere trabajar por su cuenta, en un proyecto propio, con ideas diferentes a las de ustedes? ¿Qué pasaría?
– Lo más sensato es aceptar un plan global -contestó Theo-. De lo contrario, acabaríamos con un batiburrillo arquitectónico, como en la orilla sur del Támesis. He vivido aquí casi toda mi vida, y la verdad, me gustaría evitar que pasara eso.
Barbara asintió. Era un razonamiento lógico, pero también sugería otra parcela en que la comunidad asiática podía entrar en conflicto con los habitantes de Balford-le-Nez. Dejó la silla y se acercó a los planos de la reurbanización, en los que había reparado el día anterior. Quería ver cómo afectaban los planes a determinadas zonas, en especial los terrenos industriales donde Akram Malik había invertido tanto dinero en su fábrica de mostazas. Sin embargo, un plano de la ciudad, colgado en la pared junto a los planos y un dibujo del futuro Balford, atrajo su atención.
El plano indicaba en qué zonas de la ciudad se iba a invertir más dinero. Pero no fue eso lo que interesó a Barbara, sino que tomó nota del emplazamiento de la dársena de Balford. Estaba al oeste del Nez, en la base de la península. Cuando la marea lo permitiera, alguien que saliera de la dársena y remontara el canal de Balford hasta la bahía de Pennyhole tendría fácil acceso al lado este del Nez, donde Haytham Querashi había encontrado la muerte.
– Usted tiene un barco, ¿verdad, señor Shaw? Amarrado en la dársena.
Shaw compuso una expresión cautelosa.
– Es de la familia, no mío.
– Un yate, ¿verdad? ¿Navega de noche?
– Sí. -Comprendió la intención de Barbara-. Pero no el viernes por la noche.
Eso ya lo veremos, pensó Barbara.
Un caballero a la vieja usanza, que daba la impresión de haber trabajado en el parque de atracciones desde el día que lo construyeron, apareció con la tarjeta de fichar. Entró con andares temblorosos en el despacho, vestido con un traje de hilo, camisa almidonada y corbata, pese al calor, y entregó la carta con un respetuoso: