– Y entonces usted fue a por Lázaro Conesal.
– ¿Quién le ha dicho a usted eso? Yo no sabía dónde estaba. Además llevaba encima un colocón que me impedía pensar más allá de mi vientre abultado por la pancarta.
– Pero usted salió del comedor, según consta en los detectores pertinentes y trató de ver a Lázaro Conesal.
Fingía la estupefacción o estaba estupefacto.
– Yo sólo quería colgar la pancarta en el piso de arriba, colgando sobre el hall, para que todo el mundo la viera al salir del acto, pero esta mierda de arquitectura moderna no colaboró. No había manera de atar la pancarta a lado alguno y regresé al salón dispuesto a armarme de paciencia. Fue entonces cuando empezó a circular el rumor de que había pasado algo.
– ¿No rebasó usted el primer piso cuando salió para poner la pancarta?
– No recuerdo bien. Creo que vagabundeé algo. Tal vez subí algún piso más, pero luego me centré en el primero porque era desde donde la pancarta era legible. La hemos hecho en familia. Mi mujer. Mis hijos y yo.
– Demasiado bien hecha.
– La chica estudia diseño gráfico. -Estalló en sollozos.
– Ha de superar esta depresión. Usted sabe muy bien que Conesal era un depresivo y tomaba medicación. Prozac creo que se llama el medicamento.
A Sagazarraz la observación de Ramiro le pareció surrealista.
– Yo me automedico con las mejores reservas de whisky del mundo.
Y salió de la estancia sin pedir permiso a los policías. Ramiro pensaba en voz alta:
– Estos tiburones disponen de sicarios para todo. Para espiar a sus enemigos. Para dar una paliza a alguien que se cruza en su camino. Para almacenar dossiers y sin embargo se reúnen en familia para hacer una pancarta, como si jugaran al palé o rezaran el Santo Rosario, pero ¿habráse visto?
– Realmente permanecemos muy lejos de los objetivos de modernidad. Han cambiado los estuches de las cosas, pero las cosas siguen siendo prácticamente las mismas.
Estaban tan de acuerdo Ramiro y Carvalho que parecía el final feliz de una película imposible y que además aún no había terminado. Como si fuera un lanzador mecánico de bolas para un entrenamiento de tenis o de béisbol, Álvaro ya les había metido en la habitación la sacristana, por los muchos latinajos que Carvalho le había detectado. Mona d'Ormesson tenía ganas de acabar cuanto antes, desdeñosa de que una conversación con policías pudiera establecer un vínculo de comunicación.
– Sí. Subí a ver a Lázaro. No tenía otro motivo que interesarme por la disposición de algunos asistentes al acto para suscribir una fundación que llevo entre manos.
– ¿Benéfica?
– No. Cultural. Creo que hay una laguna muy importante en la cultura española y es el conocimiento de la generación de 1936 que ha quedado sepultada bajo el prestigio y la mitología de la del 27. Escritores tan notables como Barea, Vivancos, Rosales, Sender, Max Aub, de los dos bandos de la contienda civil, no tienen su generación y si en España un escritor no entra en una generación no existe. Lázaro era muy receptivo a estas ideas y admiraba mucho a un escritor prácticamente olvidado, Max Aub. Hablamos sobre Max Aub.
– Precisamente esta noche hablaron sobre un tal Max Aub.
– Sí. También sobre mis estudios sobre la materia órfica. Pero preferentemente sobre Max Aub.
La voz de Carvalho pasó a primer plano:
– ¿Recuerda usted algún fragmento concreto de la conversación?
– ¿Acaso es usted un especialista en Max Aub?
– No. Pero soy un especialista en conversaciones.
El enojo se convirtió en dos cejas dibujadas y arqueadas sobre los ojos exactamente redondos de la sacristana.
– Le he recordado que en la sala estaba el duque de Alba, ex jesuíta, Aguirre de nombre cuando vestía de paisano, y como ya teníamos lo del 36 y a Max Aub entre manos, nos hemos solazado rememorando un fragmento de La gallina ciega de Max Aub, ese libro documento sobre su regreso a España, todavía la España de Franco y sus encuentros con la sociedad civil y cultural antifranquista o afranquista. Especialmente una conversación que sostiene con un joven jesuíta progresista, partidario del padre Arrupe, que le dice: No se puede ser sacerdote si no se es hombre.
Sacristana tenía que ser.
– Es más. Ese sacerdote le cita a un cura guerrillero, a Camilo Torres, y hace una descripción de lo que debe ser un sacerdote que a Max Aub, deliciosamente y con esa mala leche que le caracteriza, le parece la descripción de un comisario político. De risa. Y Lázaro se reía con ganas. Mona, me dijo, yo quiero ser el comisario político de la Teología de la Explotación. Lázaro tenía mucho esprit.
– ¿Iba en pijama Lázaro Conesal?
– ¿Cómo iba a ir en pijama si estaba a punto de fallar el premio literario?
– ¿Qué le hace pensar que tuviera el premio decidido?
– Me enseñó unas notas cabalísticas y un círculo que encerraba una palabra.
– ¿Qué palabra?
– Ouroboros.
Era consciente del efecto desestabilizador de su palabra. Estaba radiante ante el desconcierto que presumía y les daba tiempo para que se recuperaran y acudieran en peregrinación reconociendo su ignorancia de funcionarios lerdos, necesitados de que ella les desvaneciese el enigma. Pero Ramiro se sacó del bolsillo de la chaqueta un papel doblado y se lo tendió.
– ¿Era éste?
– Sí, éste era el papel. Aquí puede leer que pone lo que le he dicho: Ouroboros.
– ¿Una charada?
Ramiro había rebuscado una palabra a su juicio importante, tan importante como ouroboros. ¡Charada!
– De eso nada. Una charada es un acertijo consistente en adivinar una palabra descomponiéndola en partes que forman por sí solas otras palabras.
Ouroboros es una palabra preciosa que traduce el mito de la serpiente que se muerde la cola y que encerrada sobre sí misma simboliza un ciclo de la evolución. Da la idea de movimiento, continuidad, autofecundación, perpetuo retorno. O también el encuentro fatal de los contrarios, el Bien y el Mal, para constituir el círculo de la vida. El día y la noche. El yin y el yang. El cielo y la tierra, relacionable con Urano el dios del cielo a partir del cual pudo engendrarse la tierra.
– Ouroboros. ¿Es una palabra gallega?
Chasqueó Mona la lengua contra los dientes y el paladar superior en prueba de desestimación y con voluntad de humillar a Ramiro.
– De gallega nada. Es una palabra de raíces griegas, ouro, que quiere decir, 'cola' en griego, recogida en el Codex Marcianus del siglo segundo después de Cristo y algunos especialistas en simbología la presentan como la variante emblemática de Mercurio o de Hermes, los dioses dúplex, de la doble conducta.
– Ouroboros. Ya tenemos ganador. O quizá Conesal había escrito la palabreja en un momento de euforia. ¿Le notó usted exultante? ¿Se había tomado su dosis diaria de Prozac?
– Él no sé. Yo sí.
Se explayó sarcásticamente Ramiro cuando Mona abandonó el lugar.
– La única serpiente que se muerde la cola es esta tía. Imaginaos casados con una mujer así.
– O que te salga así la suegra.
Rieron los policías tratando de relajarse, pero Carvalho no les aplaudió la gracia, sino que permanecía concentrado, tratando de penetrar en aquel círculo que unía los contrarios, como el Bien y el Mal y los continuaba, los concatenaba. Algo había querido decir Conesal con aquella elección de la palabra y el símbolo Ouroboros y se mantuvo en esta reflexión cuando la silla la ocupó el vendedor de diccionarios que confesó llamarse Julián Sánchez Blesa, ser el mejor vendedor del hemisferio occidental español, no sólo de Editorial Helios, su empresa, y ser natural de una pedanía cercana a Brihuega, por lo que tenía muy buena entrada con don Lázaro.
– ¿Tan buena entrada como para facilitarle esto?
Ramiro le tendía el informe sobre Helios, S. A. y luego lo hojeó ante la reserva del vendedor, mostrándole los índices de ventas y tendencias del mercado del libro, para terminar señalándole la conseja que figuraba en la portada: Informe Confidencial. Al mejor vendedor de libros del hemisferio occidental español le temblaban las manos cuando tomó el informe, lo examinó y lo devolvió con el temblor aún más evidente.
– Yo no le di ningún informe a don Lázaro. Fue un encuentro de paisanos y de hombres de negocios porque he recibido un pedido de quinientas colecciones de libros de la editorial para la que trabajo, a un precio razonable, porque don Lázaro quiere enriquecer las bibliotecas de sus oficinas, tanto de las bancarias como de otros negocios que tiene.
– Había que hablar de eso hoy.
– Se amontonaban las horas. Me aburría. Me ha tocado una mesa de esnobs, sentía claustrofobia y me he dicho, ¿por qué no vas a ver al paisano?
– ¿Por qué le invitó precisamente a usted?
Julián reconoció terreno seguro y se le paralizaron las manos y los codos que le ayudaban a mesarse la cara, el pelo, la nariz, el cogote.
– En mi editorial recibimos diferentes invitaciones, una por sección y la que llega a la de vendedores del hemisferio occidental suelo aprovecharla yo. Siempre. Hoy y cualquier otro día porque me van bien para relacionarme con escritores, editores, otros vendedores. Esta salsa a mí me favorece, me da ideas, me inspira campañas y argumentos de venta. Además, el presidente de mi editorial no contempla con buenos ojos los movimientos de Conesal hacia el mundo cultural, no quería aparecer esta noche ni tampoco que lo hiciera ningún representante de los sectores literarios y administrativos. De hecho yo soy el representante de Editorial Helios a todos los efectos.
Ramiro volvió a poner en las manos de Julián el informe y el temblor volvió a salir de su escondite.
– Abra la carpeta, por favor, y lea lo que pone en la primera página.
El vendedor se sacó las gafas que llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta y leyó.
– «Para la estrategia de opa agresiva contra el grupo Helios.» Eso dice.