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– Usted trabaja para el grupo Helios.

– Cierto.

– ¿Qué resultado daría un análisis comparativo de estas notas manuscritas y su letra, señor Sánchez?

– Probablemente mi letra se parezca a ésta, aunque la mía es más descuidada. En cualquier caso no tengo por qué aceptar que yo le di ese informe a Lázaro Conesal.

– Usted visita a Lázaro Conesal. Alguien le mata y a continuación descubrimos en el lugar del crimen una carpeta que afecta a su editorial, con una nota manuscrita en una letra que se asemeja a la suya como una gota de agua a otra gota de agua. ¿Le parece absurda esta relación causa y efecto?

Ponía ojos astutos el vendedor y se había encerrado en su concha de galápago curtido en miles de visitas domiciliarias: «Tengo la solución para el problema del atraso escolar de su hijo. ¿Y cómo sabe usted que mi hijo tiene atraso escolar? Lo que importa es que yo tengo la solución, señora, ¿conoce usted la existencia de la Gran Enciclopedia Temática Helios?»

– No estoy aquí para responder a esa pregunta. No sé de qué causas ni de qué efectos me habla. Mucha gente puede demostrar que me unían lazos de paisanaje y podríamos decir que de amistad con Lázaro Conesal. El señor Conesal quería introducirse en el mundo editorial, más allá del dinero que ya había metido en publicaciones y cadenas de radio y televisión. Lo lógico es que se asesore por un experto. Yo soy el mejor vendedor de libros del hemisferio occidental español. Ahí sí hay una relación causa y efecto.

– ¿Estaba Editorial Helios amenazada por una opa agresiva ejercida por el señor Conesal o algo por el estilo?

– No me consta. Opa agresiva imposible porque Ja editorial no cotiza en Bolsa. Pero es conocido que la editorial ha asumido demasiados riesgos de crecimiento y se habla de que está negociando un balón de oxígeno de inversionistas extranjeros. Sería lamentable que un importante grupo editorial español se viera penetrado por capital extranjero. No digo nada que no pueda leerse hoy mismo en el diario de información económica Cinco Días.

– Y si se metía Conesal todo quedaba en casa, ¿es ése su criterio?

– El de Conesal, sin duda, el mío me lo reservo.

Carvalho no quería alterar los avances de recomposición del puzzle tal como la tramaba Ramiro, pero todo le parecía excesivamente rutinario, se dejaba a los interrogados demasiado territorio personal donde poder mover sus recelos a la defensiva. Incluso una persona tan evidentemente segura de sí misma como Marga Segurola dejaba la cara ante ellos y se parapetaba tras una línea de seguridad desde la que contestaba vaguedades. En efecto, había acudido a una llamada de Conesal porque en cierto sentido ella era la responsable del montaje de la noche.

– Lázaro me había pedido consejo sobre la composición de los invitados. Se temía, como así ocurrió, un boicot de los editores y que este boicot arrastrara a los escritores de cada cuadra. No hay demasiados escritores nativos que repartirse. Apenas una docena son realmente comerciales y apenas cinco o seis, noticia. Lázaro lo tenía muy claro: quiero un escritor que sea noticia y que sea comercial, porque el público desea que cien millones de pesetas vayan a parar a un consagrado. Yo no era de la misma opinión.

– Supongo que de todo esto hablaron antes de esta noche. ¿Por qué entonces la solicitud de la entrevista?

– No veía claro ganador.

No parecía decir la verdad pero la percepción de Carvalho no parecía ser la de Ramiro que dio por buena la respuesta.

– ¿Usted veía claro ganador?

– Ustedes sabrán quién ha ganado. Habrán hablado con el jurado.

– Tenemos una ligera idea.

La mujer salió de su línea defensiva. Las dos tetas anchas parecían dos pulmones situados por encima de la pechera de encaje de su vestido azul. Carvalho recordó de pronto un fragmento de la conversación entre Marga y Altamirano captado al comienzo de la noche.

– Usted podría ser la ganadora.

Toda la atención y la ansiedad respiratoria de Marga se revolvió hacia Carvalho.

– ¿Podría serlo? ¿Eso es todo? ¿Acaso Lázaro cambió de opinión?

No le importaba ir demasiado lejos, porque creía que ese viaje la llevaba a ser la ganadora del primer premio Venice y casi todo le estaba permitido.

– ¿No pensaba concedérselo cuando se vieron?

Ramiro había tomado el relevo de Carvalho. Su rostro incoloro, inodoro e insípido empezaba a inquietar a Marga pero ya estaba dando un salto mortal en el aire y no podía volver atrás.

– No. Me llamó para decirme que no me lo daba. Que encontraba la novela inmotivada. Que estaba muy bien escrita, cargada de buena literatura, pero que le parecía ya leída, una buena novela sobre el adiós a la infancia. ¿Cuántas buenas novelas se han escrito sobre el adiós a la infancia? Yo no estaba de acuerdo, pero él tenía la sartén por el mango. Me irritaba un poco el papel de juez supremo desde la seguridad que le daba que la novela fuera mía pero los cien millones suyos.

Carvalho reveló en el laboratorio de su memoria otro fragmento de la conversación entre Marga y el crítico.

– ¿Necesitaba usted vender su obra por cien millones de pesetas? ¿No es una contradicción con respecto a lo que piensa sobre la relación entre dinero y buena literatura?

– Esa relación es comprobable en los demás. No tiene por qué serlo en mi caso. Yo le ofrecía mi carrera. Si ganaba perdería mi papel de Sibila literaria, esa reconfortante sensación de sentirme la Gertrudis Stein de varias generaciones.

– ¿Llegó a ser violenta la conversación que sostuvieron?

– Conesal no se ponía nunca violento con los intelectuales. No lo necesitaba. Trató de comprarme. Me dijo que si no me daban el premio sabría cómo recompensarme. Y así quedó la cosa. Salí de la suite pensando que el premio no sería mío, pero ahora…

– No se haga ilusiones. Nada indica que usted pueda ganar, ni todo lo contrario.

– ¡El muy hijo de puta ha sido muy capaz de dársela a ese académico insoportable!

– ¿Se refiere usted al premio Nobel?

– Pensó en darle el premio al Nobel realmente existente, pero cuando le hizo la oferta le contestó que él sólo se presentaba a premios literarios dotados con doscientos millones de pesetas. Que ésa era su tarifa para premios de millonarios y medio millón para inaugurar mesas de billar. A Lázaro le hizo mucha gracia pero lo descartó. Consideró la posibilidad de prestigiar el premio y dárselo a otro académico. Conocía bastante bien a Mudarra Daoiz, uno de los académicos que había tocado para hacerse con un sillón de la Real Academia, más adelante. Lázaro tenía una gran ambición en el terreno intelectual institucional y estaba a un paso de que le nombraran miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Ramiro se sacó del bolsillo un frasco de Prozac que Carvalho no tenía inventariado. Se lo mostró a Marga.

– ¿Gusta?

– ¿Me invita a Prozac, como quien invita a un porro?

– Creo que es un estimulante de moda.

Ramiro sacó una cápsula, la sopesó en la palma de una mano y la lanzó bruscamente al interior de su boca abierta. Carvalho pestañeó pero Marga Segurola no.

– Con que académico de Ciencias Morales y Políticas.

La pregunta que se imponía no la podía contestar Marga Segurola. Ella esperaba la prolongación del interrogatorio, pero Ramiro pidió que pasara el académico Mudarra Daoiz y la mujer tuvo que dejar su puesto. Lívido y de habla lenta el académico informó que estaba al borde de la lipotimia porque muchas habían sido las emociones de la noche y no eran horas de acumularlas.

– Me pueden dar las tantas de la noche en mi laboratorio de palabras y ensueños, pero no en situaciones tan tensas, más allá de la vida, instalados en la muerte evidente de Lázaro Conesal. ¡Tanto infortunio!

Otro que hablaba en verso. Carvalho se sentía empantanado en tantas palabras.

– Hay serios indicios, señor Mudarra, de que usted podía haber ganado el premio esta noche.

– Podía, es cierto. Pero yo no envié mis naves a luchar contra estos elementos. Me he pasado toda mi vida escribiendo sobre la obra de los demás, detalladamente, detallistamente y al mismo tiempo escribía mi novela, la novela, desde la inocencia creadora del primer novelista y desde la sabiduría del último novelista. Era mi primera novela después de haber, desguazado cientos, seleccionadas entre las más perfectas. ¿Quién como yo para conseguir ese ensamblaje entre lo primero y lo último?

– ¿ Ouroboros?

Pero la intuición de Ramiro no se corroboró.

– ¿Qué dice usted?

– Ouroboros. Un símbolo. El de la continuidad.

– Quizá no me he expresado bien. Traté de exponerle al señor Conesal mi punto de vista sobre la conveniencia de que concediera el premio a alguien que representaba el sentido de la inmortalidad, un académico, un académico en el sentido real, de los pies a la cabeza. Pero probablemente el señor Conesal tenía puesta la intención en un ganador que conviniera a sus estrategias múltiples.

– ¿Sospecha que diera el premio a alguien por conveniencia estratégica? ¿Estrategia política? ¿Económica?

– Se lo diré sin ambages. Creo que se lo quería dar a un catalán y no pienso decirle nada más. No puede obligarme a revelar lo que es una intuición, no una sospecha.

– Una intuición basada en algo.

– Claro.

– En algo que le dijo Conesal o que usted vio. ¿Llevaba pijama el señor Conesal?

– En efecto. Una curiosa manera de predisponerse a comunicar el fallo del premio mejor dotado de la literatura universal.

– Tal vez nos ahorraría usted muchas molestias a los demás y a usted mismo si clarifícase lo que vio u oyó durante su encuentro con el señor Conesal.

– Se dice el pecado pero no el pecador. Por lo que vi puedo asegurarle que el señor Conesal estaba siendo la víctima, propicia, por cierto, de algo parecido al tráfico de influencias.

– Señor Daoiz, está usted a media frase de decirnos todo lo que sabe.

Suspiró el académico especialista en diminutivos en la prosa barroca y alejó de sí el aire, la ansiedad, la discreción.

– Una mujer estaba con él y Lázaro iba en pijama. No vi quién era pero vi la silueta de una mujer desnuda en la alcoba, a contraluz probablemente de la luz de la mesilla de noche.

– ¿No vio quién era?

Dijo que no con los ojos, la boca firmemente cerrada, los brazos bruscamente cruzados sobre su pecho y se retiró tan débilmente como había llegado. Ramiro miraba y remiraba la lista de metáforas de Carvalho, como si dudara con la carta a quedarse. Beba Leclerq. Rubia y ojerosa, un poco ensanchada por la madrugada, en un dulce punto de maceración que hizo pestañear a Carvalho e impuso un elevado respeto masculino en la sala. Con la voz algo quebrada, Ramiro le expresó su pesar por la pregunta que se veía obligado a hacer, pero cuando la hizo la voz se había vuelto de acero.