El ama de llaves quiso enviar con ellos a una de las criadas para que les ayudara a limpiar la casa, pero Beth dijo que no. Sin embargo, aceptó una caja llena de lo necesario para hacer una buena limpieza. Había dejado la pequeña casa de dos dormitorios reluciente, esperando mientras lo hacía que su sensación de vergüenza desapareciera.
Era evidente que Michael había decidido trasladarse para evitar otra noche con ella en su cama.
Y era culpa de ella.
No habiendo pasado nunca una noche entera con un hombre, había experimentado el sueño más inquieto de su vida. La presencia de Michael, sus brazos, acabaron ofreciéndole consuelo y paz. No era de extrañar que el pobre hombre hubiera huido asustado… y sin otra elección que llevarla consigo al rancho.
¿Pensaría que empezaba a sentirse demasiado cómoda con él? Primero, había tratado de inmiscuirse en algo tan personal como las emociones que despertaba en él la muerte de su hermano y luego se había dejado abrazar complacientemente.
Esperaba que Michael no lo viera así.
Pero Michael se mostraba siempre tan tranquilo y controlado, tan rápido en sus respuestas, que su repentina decisión de huir al rancho la había sorprendido. Pero sabía que había sido una reacción impulsiva provocada por la noche que habían pasado juntos.
En su cuna, Mischa protestó por la falta de atención de su madre. Sonriendo, Beth lo tomó en brazos y acarició su cabecita con la mejilla. Su dulce olor siempre suavizaba los pesares de su corazón.
Pero ahora no la reconfortó.
El amor que sentía por su bebé era tan intenso como siempre, pero aún sentía algo, una especie de vértigo, relacionado con Michael. Vergüenza. Culpabilidad por haberle hecho salir de su propia casa.
Sí, eso era.
– ¿Cómo vamos a compensarle? -preguntó en alto a Mischa.
El bebé la miró solemnemente.
– ¿Qué tal si hacemos algo para mejorar esta casa? -aunque ya estaba limpia, la pequeña casa ranchera tenía el ambiente impersonal y utilitario de las barracas. Tal vez no fuera la verdadera esposa de Michael, pero podía hacer el esfuerzo de convertir aquello en un verdadero hogar para él.
Beth llevó su talonario a la ciudad, pero, al parecer, todos los dependientes de las tiendas de Freemont Springs estaban al tanto de su reciente condición de casada. Todo lo que compró fue automáticamente cargado a la cuenta Wentworth.
Para las seis de la tarde tenía una fuente burbujeando en el horno, la ensalada preparada y cerveza en la nevera. Sonrió satisfecha mientras miraba a su alrededor. Sabía que Michael agradecería su esfuerzo.
Aparte de la comida, había añadido algunos detalles para hacer más cálida la casa. Había cubierto el gastado sofá del cuarto de estar con una colcha hecha a mano que había encontrado en una tienda local.
En un local de artículos de segunda mano había encontrado un par de grabados enmarcados que, colgados de la pared, añadieron cierto color a la habitación.
Un recipiente con brillantes manzanas verdes y rojas servía de centro en la mesa de la cocina. Colocó su vieja televisión en blanco y negro en un extremo del cuarto de estar, sobre un cajón de embalaje que cubrió con una colorida bufanda. Sonrió de nuevo. La casa resultaba mucho más acogedora así. Tal vez a su manera, no a la de un Wentworth, pero estaba segura de que él se daría cuenta de cómo se había esforzado por adecentar y decorar el lugar.
Se pasó las manos por la blusa, ajustándola en la cintura de sus vaqueros. También se había acicalado un poco. Sólo para que Michael no creyera que era totalmente dejada. Se había abultado un poco el pelo revolviéndolo con las manos y había logrado que su rostro se animara a base de un poco de maquillaje y un ligero toque de pintalabios.
Misha, recién bañado, parecía satisfecho mirando la cocina desde su sillita.
El sonido de gravilla pisada llamó la atención del bebé, y también la de Beth. Michael había llegado a casa.
Y no precisamente de buen humor. Cuando entró, miró a Beth largamente y respondió con un apagado monosílabo a su animado saludo.
No miró a su alrededor. No olfateó el olor a comida apreciativamente. Acarició distraídamente la barbilla de Mischa y luego desapareció en su dormitorio.
Beth oyó el sonido de la ducha. Apagó el horno y preparó la mesa. Michael volvió al cabo de unos minutos, le dedicó otra de aquellas largas miradas, se fijó en la mesa preparada para dos… y volvió a desaparecer. Después de tomar una cerveza de la nevera.
Sin hacer ningún comentario sobre la casa o la comida.
Beth se sirvió en su plato y habló con Mischa mientras comía. Estaba a medias cuando Michael entró de nuevo en la cocina para tomar otra cerveza. En esa ocasión desapareció con las cinco que quedaban en el pack.
Beth miró a Mischa. Éste le devolvió la mirada.
Oyó el sonido de la puerta del todoterreno abriéndose y luego cerrándose. A pesar de que el motor se puso en marcha, el vehículo siguió donde estaba.
– ¿Qué estará haciendo? -se preguntó en voz alta.
Al parecer, Mischa tampoco lo sabía.
Beth limpió su plato, devolvió la ensalada a la nevera y la fuente al horno. Luego pensó en todo lo que había pasado durante el día.
Mirando a Misha, que parecía a punto de dormirse, dijo:
– Michael no va a quedarse solo sentado en ese todoterreno.
Capítulo 6
Michael pensó en llamar a Elijah. Su mejor amigo había sido un buen futbolista en la universidad, y él necesitaba que alguien le pateara el trasero.
Beth no merecía estar casada con un zafio, con un bruto como él. Había vuelto al rancho tras un duro día de trabajo dividido entre Oil Works y el rancho de Elijah, pensando que estaría lo suficientemente cansado como para no reaccionar ante Beth.
No había servido para nada.
Una mirada a sus brillantes ojos y tentadora boca había bastado para mandar su endurecido cuerpo a tomar una ducha de agua fría. Dos cervezas tampoco habían bastado para conseguir el efecto deseado.
Empezar la tercera con el ronroneo de fondo de la calefacción del todoterreno y la música de George Strait sonando por la radio tampoco le estaba sirviendo de nada. Excepto para recordarle que el matrimonio había sido idea suya y que era Beth la que estaba pagando por su mal humor e incontrolable lascivia.
Porque era pura lascivia lo que hacía que la piel le cosquilleara y todos sus músculos se tensaran cada vez que estaba cerca de ella. Pero Beth no merecía eso.
– Soy un canalla -murmuró. Terminó de un trago la tercera cerveza y abrió la siguiente-. ¿Me oyes, George? -preguntó, mirando la radio-. Soy un canalla y un miserable.
En ese momento se oyeron unos golpes en la puerta. Se volvió, sorprendido, y vio a Beth a través de la ventanilla. Inclinándose en el asiento, abrió la puerta. Beth pasó al interior con su gastada parca puesta.
Michael decidió al instante comprarle un nuevo abrigo a la primera oportunidad. Pero entonces aspiró su aroma y supo que, antes que nada, debía devolver su cálido y tentador cuerpo a la casa.
Sin saber muy bien a qué se enfrentaba, alzó una mano para encender la luz interior del todoterreno. Beth tenía las mejillas coloradas, probablemente a causa del frío, y respiraba pesadamente.
Apagó enseguida la luz y trató de pensar en algo diferente… la fría temperatura reinante, sus próximos compromisos de trabajo… para apartar su mente de la carnosa y tentadora boca de Beth.
Mirando por la ventanilla del vehículo hacia la oscura noche, respiró profundamente y preparó una vaga disculpa. Unas palabras que sirvieran para hacer salir a Beth del coche.
Podía decir que combinar los dos trabajos le estaba causando muchos quebraderos de cabeza. Cualquier cosa antes que la verdad para explicar su rudeza y enviarla de vuelta a casa.