Sociable. Michael sabía que siempre había sido un hombre sociable. El joven y brillante hijo de la familia Wentworth. Siempre moviéndose por la superficie de las relaciones, sin acercarse ni por asomo a la posibilidad de poner un anillo en el dedo de una mujer, alejándose siempre antes de que las cosas se volvieran demasiado serias.
Pero en esta ocasión había aprendido que dolía mucho que lo dejaran a uno.
Dio un largo trago a su cerveza. Las mujeres comenzaron a charlar, comparando el aspecto del batería del grupo con Val Kilmer. Michael trató de imaginar a alguna de ellas embarazada, sola, conduciendo a través del país y manteniéndose a cambio de un trabajo en una panadería. No era justo hacer comparaciones, pensó. Nadie era Beth.
Para distraerse de aquellos pensamientos, se volvió hacia Elijah y dijo:
– Ya está bien de esconderme. Mañana iré a verte y pondremos en marcha nuestro plan para la expansión del rancho. ¿No tenemos otra reunión en el banco la próxima semana?
Elijah alzó las cejas.
– ¿No me habías dicho que Beth había roto vuestro acuerdo prenupcial?
– Sí -Michael ignoró una repentina punzada-. ¿Y qué?
– Ya te lo dije hace unos días. Tu abuelo estaba tratando de hacer que confesara la verdad sobre vuestro falso matrimonio.
– Sí, sí -replicó Michael, impaciente-. ¿Y?
Elijah movió la mano ante el rostro de su amigo.
– Hola, ¿me oyes? ¿No crees que lo sucedido significa que ya se lo ha contado a Joseph? No creo que tu abuelo vaya a darte ahora tu dinero.
Michael parpadeó. Había oído lo que Elijah le dijo sobre el intento de soborno de Joseph, pero no se había detenido a pensar en ello. Había estado demasiado ocupado lamentando la marcha de Beth.
– ¿Qué quieres decir exactamente? -preguntó.
Elijah miró a sus dos acompañantes, que seguían charlando animadamente.
– Que Beth te ha vendido.
Michael rió.
Elijah alzó de nuevo las cejas.
– No te engañes, Michael. Elegiste casarte con ella porque necesitaba seguridad, el dinero que podías ofrecerle. ¿Por qué no iba a aprovecharse de ello?
Michael volvió a reír.
– No conoces a Beth. No la conoces en absoluto.
Elijah apoyó la espalda contra el respaldo del asiento y se cruzó de brazos.
– Pues cuéntame.
– Desde el primer momento que la vi despertó mi instinto de protección -dijo Michael-. No sé si fue su raído abrigo, su aspecto desvalido, o qué -recordó las manos de Beth aferrándose a él mientras daba a luz-. Por algún motivo, me sentí responsable de ella y de Mischa casi al instante -pensó en Beth en su cama, en el brillo de sus ojos-. Y la deseé.
– ¿Qué tiene eso que ver con el precio de las patatas y aceptar el soborno de Joseph? -preguntó Elijah en tono irónico.
– Te estoy diciendo que la conozco -replicó Michael-. Beth no haría algo así. La conozco. Confío en ella.
La última frase cayó en un pozo de silencio.
Luego, las palabras empezaron a girar velozmente en la cabeza de Michael, enlazándose con otras que acababa de pronunciar. Protección. Responsabilidad. Deseo.
Confianza.
Protección. Responsabilidad. Deseo. Confianza.
¿En qué se resumía todo aquello?
Amor.
Siempre había sido lento comprendiendo ciertas cosas. Hasta ahora no había comprendido a qué se debían aquellos sentimientos.
– Estoy enamorado de ella -dijo, finalmente.
Elijah sonrió.
– Sabía que acabarías por descubrirlo tú sólito.
Evelyn abrió a Michael la puerta de la casa de su abuelo. Aunque a esa hora de la tarde se suponía que ya no estaba trabajando, Michael no se sorprendió al verla, ni ella tampoco al verlo a él.
– El señor Wentworth está arriba, en su despacho -dijo el ama de llaves.
Michael subió las escaleras. El sonido de sus pasos quedó apagado por la mullida alfombra, pero sabía que su abuelo estaría esperándolo. Evelyn le habría comunicado su llegada por el interfono.
Llamó a la puerta del despacho.
– Adelante, Michael.
Michael sonrió para sí. Casi nunca cruzaba el umbral de aquella puerta sin cierta actitud de disculpa. Pero había llegado la hora de enfrentarse cara a cara con su abuelo.
Joseph Wentworth parecía tan formidable como siempre sentado tras su escritorio. Michael movió la cabeza.
– Ese ceño fruncido casi hace que me tiemblen las rodillas -dijo, en un tono cariñosamente burlón.
Joseph bufó.
– ¿Casi? -murmuró-. Debo estar perdiendo cualidades.
Michael volvió a mover la cabeza.
– Eso nunca, abuelo -tras ocupar el sillón que se hallaba frente al escritorio, respiró profundamente-. No quiero trabajar en Wentworth Oil Works, abuelo. Me casé para librarme del trabajo, pero eso fue…
– Una chiquillada.
Michael iba a decir que fue una cobardía, pero «chiquillada» sonaba mucho mejor.
– Quiero que sigas en el negocio, hijo.
– Lo sé, abuelo.
– Y sin Jack, ¿quién…?
– Tú, abuelo. Y después, la próxima persona que encuentres que ame tanto el negocio como tú.
– Pero con Jack…
Michael dio una vigorosa palmada en el brazo del sillón.
– ¡Pero con Jack, nada! ¡Esto es sobre mí y mi vida! He estado muy enfadado con él por haber muerto, pero ahora creo que ya lo he superado -se puso en pie y comenzó a caminar de un lado a otro del despacho-. Porque, al menos, la muerte de Jack me enseñó algo. ¡Es mejor no esperar a que llegue el momento adecuado para empezar a vivir de verdad!
Y lo que había estado haciendo hasta entonces era jugar. En el trabajo. Con las mujeres. Incluso tras la muerte de Jack, había estado tan empeñado en evitar sus propios problemas y sentimientos que no había reconocido que lo que sentía por Beth era amor.
– Así que crees que por fin has madurado, ¿no? -preguntó Joseph con aspereza.
Michael pensó en su compromiso con Elijah y el rancho, en la profundidad de sus sentimientos por Mischa y Beth.
– El matrimonio puede producir ese efecto -dijo, con calma.
– Tal vez -contestó su abuelo.
Su boca no sonrió, por supuesto, pero Michael habría jurado haber visto en ella una sonrisa de todos modos.
¿Cómo se encuentra a una esposa huida?
Se empieza por el lugar en que uno la encontró. Técnicamente, esa era la casa del abuelo de Michael, pero éste pensó que sería más lógico empezar por la panadería. Beth estaba con Bea y Millie antes de casarse, y podía haber vuelto allí.
Por supuesto, el día de San Valentín no era el más adecuado para acudir a una panadería pastelería. A través de los escaparates, Michael vio que el local estaba abarrotado.
Entró pensando que ni siquiera iba a poder acercarse a Bea y a Millie para preguntarles lo que quería. Estaba a punto de volver a salir cuando la muchedumbre se apartó para dejar pasar a alguien con un gran pastel. Tras éste caminaba una mujer bajita.
Michael estuvo a punto de tragarse la lengua. ¡La enfermera ratón!
Para evitar mirarla a los ojos, apartó la vista. Hubo otro movimiento de gente y entonces la vio. La más bella visión. Pelo rubio, dulce sonrisa. Beth.
El muro de gente volvió a cerrarse. Michael respiró profundamente, preguntándose qué hacer. Colarse resultaría imposible. Gritar, ridículo.
Ser un cliente. Eso le garantizaría unos momentos con ella. Rápidamente fue a tomar un papel de turno. El ochenta y ocho.
– ¡Número veintiséis! -oyó que exclamaba Bea desde el mostrador.
Michael gimió. Una mujer que estaba a su lado lo miró severamente. Michael le dedicó su sonrisa más encantadora.
– ¿Qué número tiene usted?
– El treinta -contestó la mujer, impertérrita.
Michael sacó su cartera.
– Le doy cincuenta dólares por él.
La mujer se apartó de él, asustada.