– Ni hablar.
Un adolescente con un aro en cada oreja se volvió hacia él.
– Yo tengo el veintisiete.
Michael le alcanzó un billete de cien dólares. El muchacho lo tomó y salió corriendo hacia la puerta, como temiendo que Michael cambiara de opinión.
– ¡Número veintisiete!
Michael avanzó hacia el mostrador y se encontró con…
Bea.
– ¿Qué puedo hacer hoy por ti? -preguntó la amable mujer, dedicándole una radiante sonrisa.
Cerca de ella, atendiendo a otra cliente, la afortunada veintiséis… estaba su esposa.
– He venido a hablar con Beth.
Ella lo miró, luego miró a Bea y negó frenéticamente con la cabeza.
– Sí quieres algo, yo te atenderé -dijo Bea con firmeza.
– Quiero recupera a mi mujer y a mi hijo.
Beth se ruborizó intensamente mientras envolvía cuidadosamente una caja. Bea frunció el ceño.
– Me refiero a algo de comer, joven.
– Sólo quiero hablar con Beth, Bea. ¿Y dónde está Mischa?
Bea se suavizó.
– Ahí mismo, durmiendo como un corderito.
Michael vio a través de los cristales de un alto mostrador al bebé, plácidamente dormido en su sillita. «Mi hijo», pensó, sintiendo cómo se henchía su corazón.
Miró a Beth.
– Me porté como un idiota, ¿de acuerdo? Vuelve conmigo.
Ella negó con la cabeza.
– Ahora no, Michael -la clienta a la que atendía comenzó a hablar con ella.
– Entonces, ¿cuándo…?
Bea volvió a interrumpirlo.
– ¿Quieres comprar algo de comer, o no?
Michael se pasó una mano por el pelo.
– Una tarta. Con una inscripción.
– Esos encargos hay que hacerlos con veinticuatro horas de antelación.
Michael habló entre dientes.
– Dame un respiro, ¿de acuerdo? ¿No te gustan los finales felices?
Bea sonrió candorosamente.
– Sí, cuando alguien se esfuerza por lograrlos -su expresión se suavizó-. ¿Qué quieres que diga la tarta, Michael? Creo que podré convencer a Millie para que la haga rápidamente.
Michael pensó deprisa.
– Para Beth. Puede que al principio fuera un matrimonio de conveniencia. Puede que no supiera lo que significa ser un marido, un padre, pero…
– ¡Para, para! -dijo Bea, riendo-. Creo que ni nuestra tarta más grande daría para escribir todo eso. Escribiremos un resumen.
Michael empezaba a ponerse nervioso. Nada estaba saliendo como pretendía. Quería a su esposa en sus brazos y a su hijo en la sillita con la rueda estropeada que debería haber arreglado hacía semanas.
– Apiádate de mí, Bea.
– Michael…
Al oír a Beth, Michael se volvió hacia ella como una exhalación.
– ¿Sí?
Ella señaló a la mujer que estaba atendiendo, la cliente número veintiséis. Por la abertura de su abrigo, Michael vio el típico uniforme de enfermera. Una compadre de la enfermera ratón.
– Esta es Jenny Campbell -dijo Beth.
Michael parpadeó. ¿Presentaciones en un momento como aquel?
– Ella fue mi instructora de parto.
Desconcertado, Michael miró a Beth y percibió un destello de excitación en sus ojos.
– Mi instructora de las clases de parto -repitió ella-. Y acaba de decirme que una vieja conocida mía ha ingresado en el hospital para dar a luz.
Michael tardó unos segundos en captar lo que quería decirle Beth. Entonces comprendió. Sabrina. De parto.
Tomó a Beth de la mano, dispuesto a sacarla por encima o por debajo del mostrador.
– Tienes que venir conmigo -miró a Bea, sonriendo-. Y necesitaremos otra tarta. Una en la que ponga «¡Bienvenido al mundo, bebé Wentworth!».
Beth conducía. Michael ocupaba el asiento de pasajeros junto a ella y toqueteaba los mandos de la calefacción.
Mischa iba tranquilo en su silla; ese era el motivo por el que iban en el coche de Beth y no en el todoterreno de Michael.
Por supuesto que ella debería haberse quedado en la panadería. Pero la excitación de Michael al saber que había aparecido Sabrina resultó muy contagiosa. Antes de salir, él había llamado a su abuelo y a Josie, que seguía en Freemont. Quedó con ellos en el hospital.
Un aire apenas templado surgió de las toberas. Michael maldijo entre dientes.
– Necesitas un coche nuevo. Necesitas un nuevo abrigo. Tienes que dejarme arreglar el carrito de Mischa. O, mejor aún, compraremos uno nuevo.
Beth sintió que el corazón se le subía a la garganta. Otra vez Michael el rescatador. Era a ése al que debía resistirse.
– Estamos bien con lo que tenemos -dijo.
Michael se pasó una mano por el pelo mientras se volvía hacia ella.
– ¡Mira! -exclamó, señalando el cuello de Beth-. ¡Tienes la carne de gallina! -apoyó una mano en su muslo y lo frotó vigorosamente.
Beth respiró profundamente. A lo largo de su vida, sólo Michael la había mirado tan atentamente… o se había preocupado por ella con tanta dulzura.
Pero no la amaba.
En el aparcamiento del hospital, detuvo el coche sin apagar el motor.
– Este asunto atañe a tu familia -dijo, sin mirar a Michael-. Voy a volver a la panadería. Supongo que podrás regresar con alguien de tu familia.
Michael alargó una mano y giró la llave para apagar el motor.
– Lo que atañe a mi familia te atañe a ti también. Tu sitio está a mi lado.
Beth tuvo que mirarlo. No se había fijado en que aún llevaba su anillo de casado. Ella también llevaba el suyo.
Sus manos empezaron a temblar y tuvo que aferrarse al volante para ocultarlo.
– Ya hemos pasado por esto, Michael.
Él se pasó ambas manos por el pelo.
– Pensaba que podríamos ocuparnos de esto después de ver a Sabrina.
– ¿Ocuparnos de qué?
Mischa empezó a lloriquear, Beth se volvió para tomarlo en brazos, pero Michael apoyó una mano en su hombro.
– Déjame hacerlo -dijo-. Probablemente sólo tiene frío -se volvió y sacó al bebé de su sillita. Junto su nariz con la de Mischa-. Hola, amiguito -sonriendo, metió al pequeño bajo su abrigo, de manera que sólo asomaban sus ojitos y su nariz.
Beth temió que su corazón se rompiera.
Pero no podía volver a Michael por razones equivocadas.
Él debió percibir el dolor de su expresión, porque alargó una mano y la colocó bajo su barbilla.
– Siento haberte hecho infeliz.
– «Puedes dejar un tronco en el agua tanto como quieras. Nunca se convertirá en un cocodrilo» -murmuró Beth.
La mandíbula de Michael se tensó.
– Empiezo a cansarme de tanto refrán. ¿Qué se supone que quiere decir ese?
Beth se encogió de hombros.
– Que no debería haber esperado que te convirtieras en algo que no eres.
– El playboy no puede convertirse en padre y marido -Beth asintió sin decir nada-. ¿Y si el playboy madura? ¿Y si de pronto comprende que sólo ha estado rozando la superficie de la vida y decide que debe empezar a vivir plenamente? -Mischa miraba a Beth con la misma seria intensidad de Michael. Éste siguió hablando con voz ronca-. ¿Y si el hermano del playboy murió a los treinta y cinco años y luego él atestiguó el nacimiento de un bebé y a la vez encontró a una mujer con coraje, fuerza y belleza? ¿No le cambiaría eso?
Beth tragó con esfuerzo. Su voz también surgió ronca cuando habló.
– Claro que le cambiaría. Pero podría seguir sin creer en el amor.
– Porque nunca lo había experimentado -Michael tomó una mano de Beth, se la llevó a los labios y la besó con ternura-. He sido un idiota, Beth. Todo lo que he sentido… todo lo que me haces sentir… no sabía… -se interrumpió y presionó la mano de Beth contra su pecho.
Ella sintió los poderosos latidos de su corazón. Pero tenía que escuchar las palabras. Tenía que oírlas para saber con certeza.
– ¿Michael?
El corazón de Michael latió más deprisa.
– Te quiero, Beth. Antes no sabía cómo definir lo que sentía, pero tienes que creerme. De lo contrario no me habría sentido tan triste y desasosegado después de que te marcharas.