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Y ella ardía.

– ¿He hecho algo para disgustarlo? -le preguntó, intentando desesperadamente poner sus pensamientos en cualquier cosa aparte del deseo embriagador que estaba amenazando con adueñarse de ella.

– Claro que no -dijo Peter ásperamente-. ¿Por qué pensaría algo tan absurdo?

Ella se encogió de hombros.

– Parecía… oh, no lo sé… un poco distante, supongo. Como si no le agradara mi compañía.

– Eso es ridículo -gruñó él, de esa manera que los hombres lo hacían cuando sabían que una mujer tenía razón pero no tenían intención de admitirlo.

Ella había crecido con dos hermanos, sin embargo, y sabía que no le convenía presionar, así que en cambio dijo:

– Estuvo magnífico cuando defendió a la señorita Martin.

La mano de él se tensó sobre la suya, pero tristemente, sólo por un segundo.

– Cualquiera la hubiese defendido -dijo él.

– No -dijo Tillie lentamente-. No lo creo. En realidad, diría lo opuesto, y creo que usted sabe que tengo razón.

Lo miró, con ojos desafiantes, esperando que Peter la contradijera. Como era un hombre inteligente, no lo hizo.

– Un caballero nunca debería causar estragos con la reputación de una mujer -dijo con rigidez, y ella se dio cuenta con una pequeña y extraña burbuja de placer que adoraba esa pequeña muestra de pesadez, adoraba que él realmente se sintiera avergonzado por su propio y estricto código de ética.

O tal vez no era tanto el código como el hecho de que ella lo hubiese atrapado. Era mucho más elegante ser un calavera insensible, pero Peter nunca podría ser tan cruel.

– Una mujer no debería causar estragos con la reputación de un caballero tampoco -dijo Tillie suavemente-. Lamento lo que escribió lady Whistledown. No estuvo bien de su parte.

– ¿Y usted tiene influencia sobre nuestra estimada columnista de chismes?

– Claro que no, pero sí apruebo sus palabras con gran frecuencia. Esta vez, sin embargo, creo que puede haber cruzado el límite.

– Ella no acusó a nadie.

Peter se encogió de hombros como si no le importara, pero su tono no podía mentir. Estaba furioso y dolorido por la columna de esa mañana, y si Tillie hubiese sabido quién era lady Whistledown, la hubiese atado como a un ganso felizmente.

Era una sensación extraña e intensa, esa furia de que él hubiese sido herido.

– Lady Mathilda… Tillie.

Ella lo miró sorprendida, inconsciente de que había estado perdida en sus propios pensamientos.

Él le ofreció una sonrisa divertida y miró las manos de ambos.

Ella siguió su mirada, y fue sólo entonces que se dio cuenta de que estaba agarrando los dedos de él como si fueran el cuello de lady Whistledown.

– ¡Oh! -Soltó ella con sorpresa, seguida por el más farfullado-: Lo siento.

– ¿Tiene la costumbre de amputar los dedos de sus compañeros de baile?

– Sólo cuando tengo que retorcer sus brazos para lograr que me inviten a bailar -le devolvió en el acto.

– Y yo que pensaba que la guerra era peligrosa -murmuró Peter.

Ella se sorprendió de que pudiera bromear al respecto, se sorprendió de que lo hiciera. No estaba muy segura de cómo responder, pero entonces la orquesta terminó el vals con un floreo sorprendentemente vivaz, y se salvó de tener que responder.

– ¿La regreso a sus padres? -Preguntó Peter, llevándola fuera de la pista de baile-. ¿O con su siguiente pareja?

– En realidad -improvisó ella-, estoy bastante sedienta. ¿Tal vez la mesa de limonada?

La cual, había notado, estaba al otro lado de la habitación.

– Como desee.

Su progreso era lento; Tillie mantuvo el paso inusitadamente tranquilo, esperando prolongar su tiempo juntos otro minuto o dos.

– ¿Ha estado disfrutando del baile? -le preguntó.

– Algunas partes -dijo él, manteniendo la mirada directamente adelante.

Pero ella vio que la comisura de su boca se curvaba hacia arriba.

– ¿Alguna de mis partes? -le preguntó audazmente.

Él se detuvo.

– ¿Tiene alguna idea de lo que acaba de decir?

Demasiado tarde, Tillie recordó haber oído a sus hermanos hablando sobre partes femeninas…

Su rostro enrojeció.

Y entonces, que Dios los ayudara, ambos rieron.

– No le diga a nadie -susurró ella, recobrando el aliento-. Mis padres me encerrarán durante un mes.

– Eso ciertamente…

– ¡Lady Mathilda! ¡Lady Mathilda!

Lo que sea que Peter hubiese querido decir se perdió cuando la señora Featherington, amiga de la madre de Tillie y una de las mayores chismosas de la sociedad, se acercó rápidamente al lado de ellos, arrastrando consigo a su hija Penelope, que estaba vestida en un tono bastante desgraciado de amarillo.

– Lady Mathilda -dijo la señora Featherington. Entonces agregó, con voz decididamente glacial-: Señor Thompson.

Tillie había estado a punto de hacer las presentaciones, pero entonces recordó que la señora Featherington y Penelope habían estado presentes en la cena de lady Neeley. De hecho, la señora Featherington era una de los desafortunados cinco en ser retratados por lady Whistledown en la columna de esa mañana.

– ¿Saben sus padres dónde está usted? -preguntó la señora Featherington a Tillie.

– ¿Disculpe? -preguntó Tillie, parpadeando con sorpresa.

Se volvió hacia Penelope, quien siempre había pensado que era del tipo bastante agradable, aunque callada.

Pero si Penelope sabía en qué andaba su madre no dio ninguna indicación, aparte de una expresión dolorida que llevó a Tillie a creer que si un agujero se hubiera abierto de repente en medio del piso del salón de baile, Penelope hubiese saltado en él felizmente.

– ¿Saben sus padres dónde está? -repitió la señora Featherington, esta vez con más mordacidad.

– Vinimos juntos -respondió Tillie lentamente-, así que sí, asumo que están conscientes de…

– La regresaré con ellos -la interrumpió la señora Featherington.

Y entonces Tillie comprendió.

– Le aseguro -dijo heladamente-, que el señor Thompson es más que capaz de regresarme con mis padres.

– Madre -dijo Penelope, agarrando la manga de su madre.

Pero la señora Featherington la ignoró.

– Una muchacha como usted -le dijo a Tillie-, debe tener cuidado con su reputación.

– Si se refiere a la columna de lady Whistledown -dijo Tillie, con voz atípicamente helada-, entonces debo recordarle que usted también fue mencionada allí, señora Featherington.

Penelope quedó boquiabierta.

– Sus palabras no me preocupan -dijo la señora Featherington-. Sé que no tomé ese brazalete.

– Y yo sé que el señor Thompson tampoco lo hizo -le contestó Tillie.

– Nunca dije que lo hubiera hecho -dijo la señora Featherington, y entonces sorprendió a Tillie al volverse hacia Peter y decir-: Me disculpo si di ese indicio. Nunca llamaría ladrón a alguien sin pruebas.

Peter, que había estado tensamente quieto al lado de Tillie, no hizo nada más que asentir ante la disculpa. Tillie sospechaba que era lo único que podía hacer sin perder los estribos.

– Madre -dijo Penelope, su tono casi desesperado entonces-: Prudence se encuentra junto a la puerta, y está saludando con la mano como loca.

Tillie pudo ver a la hermana de Penelope, Prudence, que parecía felizmente ocupada en conversación con una de sus amigas. Tillie hizo una nota mental para hacerse amiga de Penelope Featherington, quien era bien conocida como un florero, en la próxima ocasión posible.

– Lady Mathilda -dijo la señora Featherington, ignorando por completo a Penelope-, debo…

– ¡Madre!

Penelope tiró con fuerza de la manga de su madre.

– ¡Penelope! -La señora Featherington se volvió hacia su hija con evidente irritación-. Estoy intentando…

– Debemos irnos -dijo Tillie, tomando ventaja de la distracción momentánea de la señora Featherington-. Me aseguraré de comunicar sus saludos a mi madre.