– ¿A qué mitad se refiere? -preguntó Peter fríamente.
– La mitad respecto a que usted es un ladrón, por supuesto -dijo lady Neeley-. Todos sabemos que usted está a la caza de una fortuna -echó un vistazo bastante obvio a Tillie-, pero no es ningún ladrón.
– ¡Lady Neeley! -exclamó Tillie, incapaz de creer que pudiera ser tan grosera.
– ¿Y cómo -dijo Peter-, llegó usted a esa conclusión?
– Conozco a su padre -dijo lady Neeley-, y eso es suficiente para mí.
– ¿Los pecados del padre al revés? -preguntó él con sequedad.
– Exactamente -replicó lady Neeley, pasando su tono completamente por alto-. Además, sospecho de Easterly. Está demasiado bronceado.
– ¿Bronceado? -repitió Tillie, intentando deducir cómo se relacionaba eso con el robo de unos rubíes.
– Y -agregó lady Neeley oficiosamente-, hace trampas en las cartas.
– Lord Easterly me pareció un buen hombre -Tillie se sintió obligada a interceder.
No tenía permitido apostar, por supuesto, pero había pasado suficiente tiempo en la sociedad como para saber que una acusación de hacer trampas era una acusación seria, sin dudas. Más serio, dirían algunos, era una acusación de robo.
Lady Neeley se volvió hacia ella con un aire condescendiente.
– Tú, querida niña, eres demasiado joven para conocer la historia.
Tillie apretó los labios y se obligó a no responder.
– Debería asegurarse de tener pruebas antes de acusar a un hombre de robo -dijo Peter, con su columna recta como un poste.
– Bah. Tendré toda la prueba que necesito cuando encuentre mis joyas en su apartamento.
– Lady Neeley, ¿ha hecho revisar la habitación? -interrumpió Tillie, ansiosa por difuminar la conversación.
– ¿La habitación de él?
– No, la suya. El comedor.
– Por supuesto que sí -replicó lady Neeley-. ¿Crees que soy una tonta? -Tillie se negó a hacer comentarios-. Hice revisar la habitación dos veces -declaró la mujer mayor-. Y luego la revisé yo misma una tercera vez, sólo para asegurarme. El brazalete no está en el comedor. Puedo decirlo con seguridad.
– Estoy segura de que tiene razón -dijo Tillie, intentando todavía arreglar las cosas. Habían atraído un gentío, y no menos de una docena de espectadores estaban acercándose, ansiosos de escuchar el intercambio entre lady Neeley y uno de sus principales sospechosos-. Pero sea como sea…
– Será mejor que cuide sus palabras -la interrumpió Peter cortante, y Tillie se quedó boquiabierta, aturdida por su tono, y luego aliviada cuando se dio cuenta de que no se dirigía a ella.
– Disculpe -dijo lady Neeley, echando los hombros atrás ante la ofensa.
– No conozco bien a lord Easterly, así que no puedo responder por su carácter -dijo Peter-, pero sí sé que usted no tiene pruebas con las cuales apuntar una acusación. Está pisando terreno peligroso, milady, y haría bien en no ensuciar el buen nombre de un caballero. O podría descubrir -añadió convincentemente, cuando lady Neeley abrió la boca para seguir discutiendo-, que su propio nombre es arrastrado por el mismo lodo.
Lady Neeley jadeó, Tillie quedó boquiabierta y entonces un extraño silencio cayó sobre el pequeño público.
– ¡Esto estará en el Whistledown de mañana sin dudas! -dijo alguien finalmente.
– Señor Thompson, olvida su lugar -dijo lady Neeley.
– No -dijo Peter con gravedad-. Eso es lo único que nunca olvido.
Hubo un momento de silencio, y entonces, justo cuando Tillie estaba casi segura de que lady Neeley iba a escupir veneno, la mujer rió.
Rió. Ahí mismo en el salón de baile, dejando a todos los espectadores boquiabiertos de sorpresa.
– Tiene usted coraje, señor Thompson -dijo-. Le concedo eso. -Él asintió cortésmente, lo cual Tillie encontró bastante admirable bajo las circunstancias-. No cambio mi opinión de lord Easterly, para que usted sepa -continuó ella-. Aun si él no tomó el brazalete, se ha comportado terriblemente mal con la querida Sophia. Ahora, bien -dijo ella, cambiando de tema con una rapidez desconcertante-, ¿dónde está mi dama de compañía?
– ¿Ella está aquí? -preguntó Tillie.
– Por supuesto que está aquí -dijo lady Neeley enérgicamente-. Si hubiese permanecido en casa, todos pensarían que ella es una ladrona. -Se dio vuelta y miró con perspicacia a Peter-. Al igual que usted, espero, señor Thompson.
Él no dijo nada, pero inclinó la cabeza ligeramente.
Lady Neeley sonrió, un estiramiento bastante aterrador de los labios en su rostro, y entonces se dio vuelta y rugió:
– ¡Señorita Martin! ¡Señorita Martin!
Y se marchó, con remolinos de seda rosada volando detrás de ella, y lo único que Tillie pudo pensar fue que la pobre señorita Martin seguramente merecía una medalla.
– ¡Estuvo magnífico! -Dijo Tillie a Peter-. Nunca conocí a nadie que le hiciera frente de ese modo.
– No fue nada -dijo él en voz baja.
– Tonterías -dijo ella-. No fue nada menos que…
– Tillie, basta -dijo él, claramente incómodo por la continuada atención de los demás invitados a la fiesta.
– Muy bien -accedió ella-, pero nunca tomé mi limonada. ¿Sería tan amable de acompañarme?
Él no podía rechazar un pedido directo frente a tantos espectadores, y Tillie intentó no sonreír con deleite cuando él le tomó el brazo y la condujo de regreso a la mesa de refrescos. Se veía casi insoportablemente apuesto con su atuendo de noche. Ella ni siquiera sabía cuándo o por qué él había decidido renunciar a su uniforme militar, pero igualmente componía una figura gallarda, y era un placer embriagador estar tomada de su brazo.
– No me importa lo que diga -le susurró-. Estuvo maravilloso, y lord Easterly le debe gratitud.
– Cualquiera hubiese…
– Cualquiera no hubiese, y usted lo sabe -lo cortó Tillie-. Deje de estar tan avergonzado por su propio sentido del honor. Me resulta bastante atractivo.
El rostro de Peter se ruborizó, y se veía como si quisiera dar un tirón a su corbata. Tillie hubiese reído con placer si no estuviera tan segura de que eso sólo lo incomodaría más.
Y ella se dio cuenta -había pensado que era cierto dos días atrás, pero ahora lo sabía- de que lo amaba. Era una sensación asombrosa, impresionante, y se había convertido, de manera bastante espectacular, en una parte de quien ella era. Lo que sea que hubiese sido antes, ahora era algo más. No existía por él, y no existía debido a él, pero de algún modo él se había convertido en un pequeño pedazo de su alma, y Tillie sabía que nunca sería la misma.
– Vayamos afuera -le dijo impulsivamente, tirando de él hacia la puerta.
Peter resistió el movimiento, manteniendo el brazo firme contra la presión de la mano de ella.
– Tillie, sabe que es una mala idea.
– ¿Para su reputación o para la mía? -bromeó ella.
– Ambas -respondió él con energía-, aunque podría recordarle que la mía se recuperaría.
Y también la suya, pensó Tillie aturdida, si él se casaba con ella. No era que quisiera atraparlo en matrimonio, pero de cualquier modo era imposible no pensar en eso, no fantasear allí mismo en medio del baile sobre estar parada a su lado en el frente de una iglesia, con todos sus amigos detrás suyo, escuchando mientras ella pronunciaba sus votos.
– Nadie nos verá -dijo ella, tirando de su brazo lo mejor que podía sin llamar la atención-. Además, mire, la gente ha salido al jardín. No estaremos ni un poquito solos.
Peter siguió su mirada hacia las puertas ventana. Efectivamente, había varias parejas pululando, suficientes para que la reputación de nadie sufriera manchas.
– Muy bien -dijo él-, si insiste.
Ella sonrió de manera encantadora.
– Oh, insisto.
El aire nocturno era frío pero bienvenido luego del húmedo tumulto en el salón de baile. Peter intentó mantenerlos a plena vista de las puertas, pero Tillie seguía tirando hacia las sombras, y aunque debería haberse mantenido firme y haberla sujetado en aquel mismo sitio, Peter descubrió que no podía.