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Ella conducía y él la seguía, y sabía que estaba mal, pero no había nada que pudiera obligarse a hacer.

– ¿Realmente cree que alguien robó el brazalete? -preguntó Tillie una vez que estaban apoyados contra la balaustrada, observando el jardín iluminado con antorchas.

– No quiero hablar sobre el brazalete.

– Muy bien -dijo ella-. Yo no quiero hablar sobre Harry.

Peter sonrió. Hubo algo en el tono de ella que le resultó divertido, y ella también debía haberlo oído, porque le estaba sonriendo.

– ¿Hemos dejado algo sobre lo que hablar? -preguntó ella.

– ¿El clima?

Tillie le ofreció una expresión vagamente recriminadora.

– Sé que no quiere discutir sobre política ni religión.

– Claro -dijo ella descaradamente-. Ahora no, de ninguna manera.

– Muy bien, entonces -dijo él-. Es su turno de sugerir un tema.

– Muy bien -dijo ella-. Me animo. Cuénteme sobre su esposa.

Él se ahogó con lo que debía ser la mota de polvo más grande en la creación.

– ¿Mi esposa? -repitió.

– La que afirma estar buscando -explicó Tillie-. Bien podría contarme qué es lo que está buscando, ya que claramente tendré que ayudarlo en la búsqueda.

– ¿Lo hará?

– Claro. Dijo que yo no hago más que hacerlo parecer un caza-fortunas, y acabamos de pasar los últimos treinta minutos juntos, varios de ellos a plena vista de los peores chismosos de Londres. Según sus argumentos, lo he retrasado un mes entero. -Ella se encogió de hombros, aunque el movimiento fue ocultado por el suave chal azul que había ajustado sobre sus hombros-. Es lo mínimo que puedo hacer.

Peter la observó un largo rato, perdió su batalla interior y cedió.

– Muy bien. ¿Qué quiere saber?

Ella sonrió con placer ante su victoria.

– ¿Ella es inteligente?

– Por supuesto.

– Muy buena respuesta, señor Thompson.

Él asintió con elegancia, deseando ser lo suficientemente fuerte como para no disfrutar del momento. Pero no había esperanzas; no podía resistirse a ella.

Tillie golpeteó su dedo índice contra su mejilla mientras reflexionaba sobre sus preguntas.

– ¿Es compasiva? -preguntó.

– Eso espero.

– ¿Bondadosa con los animales y los niños pequeños?

– Bondadosa conmigo -dijo él, sonriendo perezosamente-. ¿No es eso lo único que importa?

Ella hizo una expresión de malhumor y él rió entre dientes, apoyándose un poquito más contra la balaustrada. Un letargo extraño y sensual estaba apoderándose de él, y se estaba perdiendo en el momento. Podían ser invitados en un gran baile en Londres pero, en ese momento, nada existía excepto Tillie y sus burlonas palabras.

– Podría descubrir -dijo Tillie, mirándolo por encima de su nariz con mucha suficiencia-, que si ella es inteligente… ¿y creo que planteó eso como un requisito? -Él asintió, concediéndole amablemente ese punto-… que su bondad dependa de la suya. Trata a los demás como te gusta que te traen, y todo eso.

– Puede estar segura -murmuró él-, de que seré muy bueno con mi esposa.

– ¿Lo será? -susurró ella.

Y Peter se dio cuenta de que ella estaba cerca. No sabía cómo había sucedido, si había sido él o ella, pero la distancia entre ambos había sido reducida. Tillie estaba cerca, demasiado cerca. Podía ver cada peca en su nariz, captar cada destello de la luz titilante de las antorchas en su cabello. Los encendidos mechones habían sido apartados en un elegante rodete, pero algunos mechones se habían librado del peinado y se rizaban alrededor de su rostro.

Se dio cuenta de que el cabello de ella era rizado. No había sabido eso. Le parecía inconcebible no haber sabido algo tan básico, pero nunca la había visto de este modo. Su cabello siempre estaba atado a la perfección, cada mechón en su sitio.

Hasta ahora. Y no pudo evitar sentirse soñador y pensar que, de algún modo, esto era para él.

– ¿Qué apariencia tiene?

– ¿Quién? -preguntó Peter distraídamente, preguntándose qué sucedería si tiraba de uno de esos rizos.

Se veía como un tirabuzón, elástico y suave.

– Su esposa -respondió ella, con la diversión haciendo parecer música su voz.

– No estoy seguro -dijo él-. Todavía no la he conocido.

– ¿No? -Peter negó con la cabeza. Casi se había quedado sin palabras-. Pero, ¿qué desea? -La voz de ella era suave ahora, y le tocó la manga con el dedo índice, la pasó por la tela del abrigo de él, desde el codo a la muñeca-. Seguramente tiene alguna imagen en mente.

– Tillie -dijo él roncamente, mirando alrededor para ver si alguien había visto.

Había sentido el toque de ella a través de la tela de su abrigo. No quedaba nadie en el patio, pero eso no significaba que fueran a permanecer sin interrupciones.

– ¿Cabello oscuro? -murmuró ella-. ¿Claro?

– Tillie…

– ¿Rojo?

Y entonces él ya no pudo soportarlo. Era un héroe de guerra, había luchado y asesinado a incontables soldados franceses, arriesgado su vida más de una vez para apartar a un compatriota herido de la línea de fuego, y sin embargo no era inmune a esta muchachita, con su voz melodiosa y palabras insinuantes. Había sido llevado a su límite y no había encontrado murallas ni muros, ninguna última y desesperada defensa contra su propio deseo.

La atrajo hacia él y luego en círculo a su alrededor, moviéndose hasta que estuvieron ocultos por un pilar.

– No deberías presionarme, Tillie.

– No puedo evitarlo -dijo ella.

Él tampoco. Sus labios encontraron los de ella, y la besó.

La besó aunque nunca sería suficiente. La besó aunque nunca podría tener más.

Y la besó para arruinarla para todos los demás hombres, para dejar su marca y que cuando finalmente su padre la casara con otro, ella tuviera este recuerdo, y la acechara hasta el día de su muerte.

Era cruel y era egoísta, pero no podía evitarlo. En algún lugar, profundo en su interior, supo que ella era suya, y era un cuchillo en su vientre saber que su conciencia primitiva no significaba nada en el mundo de la alta sociedad.

Ella suspiró contra su boca, un suave sonido parecido a un maullido que se movió dentro de él como una llama.

– Tillie, Tillie -murmuró él, deslizando las manos hacia la curva de su trasero.

La tomó, la apretó contra él, duro y tenso, marcándola a través de las gruesas ropas.

– ¡Peter! -gritó ahogadamente, pero él la silenció con otro beso.

Ella se retorció en sus brazos, su cuerpo respondiendo al ataque de él. Con cada movimiento, su cuerpo se frotaba contra el de Peter, y el deseo de él se volvía más duro, más caliente, más intenso, hasta que estuvo seguro de que iba a explotar.

Debía detenerse. Tenía que detenerse. Y sin embargo, no podía.

En algún lugar dentro suyo, él sabía que esta podría ser su única oportunidad, el único beso que posaría sobre los labios de ella. Y no estaba listo para ponerle fin. Todavía no, no hasta que hubiera tenido más. No hasta que ella conociera más de su toque.

– Te deseo -le dijo, su voz ronca de necesidad-. Nunca dudes de eso, Tillie. Te deseo como deseo el agua, como deseo el aire. Te deseo más que todo eso, y…

Le falló la voz. No le quedaban palabras. Lo único que podía hacer era observarla, mirar profundo dentro de sus ojos y temblar al ver el eco de su propio deseo. La respiración de ella pasaba entre sus labios en breves jadeos, y entonces le tocó los labios con un dedo y susurró:

– ¿Qué has hecho? -Peter sintió que sus cejas se elevaban en pregunta-. A mí -aclaró ella-. ¿Qué me has hecho?

Él no podía responder. Hacerlo sería dar voz a todos sus sueños frustrados.