– Tillie -logró decir, pero eso fue todo.
– No me digas que esto no debería haber sucedido -susurró ella.
No lo hizo. No podía. Peter sabía que era verdad, pero no podía forzarse a lamentar el beso. Podría más tarde, cuando estuviera acostado en su cama, ardiendo de necesidad insatisfecha, pero no ahora, no cuando ella estaba tan cerca, su aroma en el viento, su calor atrayéndolo cerca.
– Tillie -dijo nuevamente, porque parecía la única palabra que sus labios podían formar.
Ella abrió la boca para hablar, pero entonces ambos oyeron el sonido de alguien más aproximándose, y se dieron cuenta de que ya no estaban solos en el patio. El instinto protector de Peter tomó el mando, y la llevó más lejos detrás del pilar, apretando un dedo sobre sus labios en señal de silencio.
Se dio cuenta de que era lord Easterly, discutiendo en voz baja con su esposa, a quien, si Peter sabía bien la historia, él había abandonado bajo circunstancias misteriosas unos doce años atrás. Estaban bastante involucrados en su propio drama, y Peter era optimista de que nunca notarían que tenían compañía. Dio un paso atrás, intentando envolverse más profundo en las sombras, pero entonces…
– ¡Aw!
El pie de Tillie. Maldición.
El vizconde y la vizcondesa se dieron vuelta bruscamente, sus ojos abriéndose mucho al darse cuenta de que no estaban solos.
– Buenas noches -dijo Peter resueltamente, ya que parecía no tener más opción que no mostrar vergüenza.
– Eh, buen clima -dijo Easterly.
– Sin dudas -respondió Peter, casi al mismo tiempo que el alegre “¡Oh, sí!” de Tillie.
– Lady Mathilda -dijo la esposa de Easterly.
Era una mujer alta y rubia, del tipo que siempre se veía elegante, pero esa noche parecía nerviosa.
– Lady Easterly -la saludó Tillie-. ¿Cómo está usted?
– Muy bien, gracias. ¿Y usted?
– Muy bien, gracias. Estaba, eh, un poquito acalorada. -Tillie movió la mano como para indicar el aire fresco de la noche-. Pensé que un poco de aire fresco podría reanimarme.
– Claro -dijo lady Easterly-. Nosotros sentimos exactamente lo mismo.
Su esposo gruñó de acuerdo.
– Eh, Easterly -dijo Peter, ahorrando finalmente a las dos damas su incómoda charla-, debería advertirle algo. -Easterly inclinó la cabeza en interrogación-. Lady Neeley ha estado acusándolo públicamente por el robo.
– ¿Qué? -exigió saber lady Easterly.
– ¿Públicamente? -preguntó lord Easterly, cortando cualquier otra exclamación de su esposa.
Peter asintió secamente.
– Muy claramente, me temo.
– El señor Thompson lo defendió -comentó Tillie, con ojos ardientes-. Estuvo magnífico.
– Tillie -murmuró Peter, intentando hacerla callar.
– Gracias por su defensa -dijo lord Easterly, luego de un amable asentimiento a Tillie-. Sabía que ella sospechaba de mí. Lo ha dejado perfectamente claro. Pero aún no había ido tan lejos como para acusarme públicamente.
– Ahora sí -dijo Peter con gravedad.
A su lado, Tillie asintió.
– Lo siento -dijo. Se volvió hacia lady Easterly y agregó-: Ella es bastante horrorosa.
Lady Easterly asintió.
– Nunca hubiese aceptado su invitación si no hubiera oído tanto acerca del chef.
Pero su esposo estaba claramente desinteresado en el renombre del chef.
– Gracias por la advertencia -le dijo a Peter.
Peter aceptó el agradecimiento con un solo asentimiento y dijo:
– Debo devolver a lady Mathilda a la fiesta.
– Tal vez mi esposa sería una mejor escolta -dijo lord Easterly, y Peter se dio cuenta de que estaba devolviéndole el favor.
Los Easterly nunca mencionarían que habían encontrado a Peter y Tillie a solas, y además, la impecable reputación de lady Easterly aseguraría que Tillie no fuera sujeto de chismes difamatorios.
– Tiene muchísima razón, milord -dijo Peter, tirando suavemente el brazo de Tillie y conduciéndola hacia lady Easterly-. La veré mañana -dijo a Tillie.
– ¿De veras? -preguntó ella, y él pudo ver en sus ojos que no estaba siendo tímida.
– Sí -respondió, y para gran sorpresa suya, se dio cuenta de que lo decía en serio.
CAPÍTULO 05
Debido a que no hay nuevos acontecimientos que informar respecto al Misterio del Brazalete Desaparecido, esta Autora debe contentarse con sus temas más ordinarios, a saber las debilidades cotidianas de la alta sociedad, mientras continúan en su búsqueda de riqueza, prestigio y la esposa perfecta.
Principal entre los temas de esta Autora es el señor Peter Thompson, quien, como cualquiera con una mirada perspicaz habrá notado, ha estado cortejando diligentemente a lady Mathilda Howard, única hija del conde de Canby, durante más de una semana. La pareja fue casi inseparable en el gran baile Hargreaves, y en la semana siguiente, se ha sabido que el señor Thompson visita Canby House casi todas las mañanas.
Tales actividades sólo pueden llamar la atención. El señor Thompson es conocido por ser un caza-fortunas, aunque para su crédito, debe notarse que antes de lady Mathilda, sus aspiraciones monetarias habían sido modestas y, para los estándares de la sociedad, indignos de reproche.
La fortuna de lady Mathilda, sin embargo, es un premio bastante grande, y ha sido aceptado por la sociedad hace mucho tiempo que ella debería casarse con no menos que un conde. De hecho, esta Autora sabe de las mejores fuentes que el libro de apuestas en White's pronostica que ella se comprometerá con el duque de Ashbourne, quien, como todos saben, es el último duque soltero en Bretaña.
Pobre señor Thompson.
Ecos de sociedad de lady Whistledown, 10 de junio de 1816
Pobre señor Thompson, sin dudas.
Peter había pasado la semana anterior alternando entre la miseria y la dicha, su humor totalmente dependiente de si era capaz de olvidar que Tillie era una de las personas más ricas en Bretaña y él, para ser franco, no lo era.
Los padres tenían que saber sobre su interés en ella. Había visitado Canby House casi todos los días desde el baile Hargreaves, y ninguno de ellos había intentando disuadirlo, pero también sabían de su amistad con Harry. Los Canby nunca rechazarían a un amigo de su hijo, y lady Canby en particular parecía disfrutar de su presencia. Le gustaba hablar con él acerca de Harry, escuchar historias de sus últimos días, especialmente cuando Peter le contaba cómo Harry podía hacer reír a cualquiera, aun mientras estaban rodeados de las peores degradaciones de la guerra.
De hecho, Peter estaba bastante seguro de que a lady Canby le gustaba tanto escuchar sobre Harry que le permitiría andar sin esperanzas tras Tillie, aunque él fuera, clarísimamente evidente, un prospecto totalmente inadecuado para el matrimonio.
Finalmente llegaría el momento en que los Canby se sentarían con él y tendrían una pequeña conversación, y dirían a Peter muy claramente que aunque era un tipo admirable, respetable, y ciertamente un excelente amigo para su hijo, era una cosa totalmente diferente formar una pareja con su hija.
Pero ese momento aún no había llegado, así que Peter había decidido sacar lo mejor de su situación y disfrutar el tiempo que le era permitido. Con ese fin, él y Tillie habían arreglado encontrarse esa mañana en Hyde Park. Ambos eran ávidos jinetes, y como el día lucía el primer trozo de sol en una semana, no pudieron resistirse a una salida.
El sentimiento parecía ser compartido por el resto de la alta sociedad. El parque era un tumulto, con jinetes retrasados al más reposado de los trotes para evitar enredos, y mientras Peter esperaba pacientemente a Tillie cerca del Serpentine, observaba distraídamente la multitud, preguntándose si habría algún otro tonto enamorado en sus filas.
Tal vez. Pero probablemente ninguno tan enamorado -o tan tonto- como él.