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– Yo me sentí igual -dijo ella suavemente, y sus ojos tenían una suavidad extraña, ausente, como si estuviera en otro lugar, en otro momento.

– ¿Qué quieres decir?

Ella se encogió de hombros.

– Bien, no ando por ahí bebiendo y apostando, por supuesto, pero después de que fuimos notificados de… -Se detuvo, se aclaró la garganta y miró a otro lado antes de continuar-. Alguien vino a nuestra casa, ¿sabías eso?

Peter asintió, aunque había estado al tanto de esa información. Pero Harry era hijo de una de las casas más nobles de Inglaterra. Era lógico que el ejército informara a su familia del fallecimiento con un mensajero personal.

– Era casi como si simulara que él estaba conmigo -dijo Tillie-. Supongo que así era, en realidad. Todo lo que veía, todo lo que hacía, pensaba “¿Qué pensaría Harry?” O… “Oh, sí, a Harry le gustaría este budín. Hubiese comido dos porciones y no hubiera dejado nada para mí”.

– ¿Y comías más o menos?

Ella parpadeó.

– ¿Perdón?

– Del budín -explicó Peter-. Cuando te dabas cuenta de que Harry hubiese tomado tu parte, ¿comías la porción o la dejabas?

– Oh. -Tillie se quedó callada, lo pensó-. La dejaba, creo. Luego de algunos bocados. No parecía bien disfrutarlo tanto.

De repente, él le tomó la mano.

– Caminemos un poco más -dijo él, su voz extrañamente insistente.

Tillie sonrió ante su apremio y aceleró el paso para alcanzar el de Peter. Él caminaba con un paso de piernas largas, y ella se encontró casi dando saltitos para mantenerse a su ritmo.

– ¿Adónde vamos?

– A cualquier sitio.

– ¿A cualquier sitio? -preguntó ella perpleja-. ¿En Hyde Park?

– A cualquier sitio excepto aquí -aclaró él-, con ochocientas personas alrededor.

– ¿Ochocientas? -No pudo evitar sonreír-. Yo veo aproximadamente cuatro.

– ¿Cientas?

– No, sólo cuatro. -Peter se detuvo, mirándola con una expresión vagamente paternal-. Oh, muy bien -concedió ella-, tal vez ocho, si estás dispuesto a contar el perro de lady Bridgerton.

– ¿Te animas a una carrera?

– ¿Contigo? -preguntó Tillie, sus ojos bien abiertos por la sorpresa.

Él actuaba muy raro. Pero no era preocupante, sólo divertido, en realidad.

– Te daré una ventaja.

– ¿Para compensar mis extremidades más cortas?

– No, por tu débil complexión -dijo él provocadoramente.

Y funcionó.

– Eso es una mentira.

– ¿Lo crees?

– Lo sé.

Peter se apoyó contra un árbol, cruzando los brazos de un modo irritantemente condescendiente.

– Tendrás que probármelo.

– ¿Frente a todos los ochocientos espectadores?

Él levantó una ceja.

– Yo veo sólo cuatro. Cinco con el perro.

– Para ser un hombre al que no le gusta llamar la atención, estás excediéndote ahora mismo.

– Tonterías. Todos están más que enfrascados en sus propios asuntos. Y, además, todos están disfrutando demasiado del sol como para darse cuenta.

Tillie miró alrededor. Él tenía razón. Las demás personas en el parque -y eran considerablemente más de ocho, aunque ni cerca de los cientos que él había clamado – reían, bromeaban y, en general, actuaban de modo casi indecoroso. Ella se percató de que era el sol. Tenía que serlo. Había estado nublado durante lo que parecían años, pero hoy era uno de esos días perfectos de cielo azul, con rayos de sol tan intensos que cada hoja en cada árbol parecía dibujada más concisamente, cada flor pintada con una paleta más vívida. Si había reglas que seguir -y Tillie estaba bastante segura de que las había; sin duda habían sido machacadas en ella desde el nacimiento-, entonces la alta sociedad parecía haberlas olvidado esta tarde, al menos las que determinaban el comportamiento formal en un día soleado.

– Muy bien -dijo resueltamente-. Acepto tu desafío. ¿Hacia dónde corremos?

Peter señaló un grupo de árboles altos en la distancia.

– Aquel árbol allí mismo.

– ¿El cercano o el lejano?

– El del medio -dijo él, claramente sólo para ser contrario.

– ¿Y cuánta ventaja recibo?

– Cinco segundos.

– ¿Cronometrados o contados en tu cabeza?

– Buen Dios, mujer, eres un poquito rigurosa.

– He crecido con dos hermanos -le dijo con una mirada desapasionada-. He tenido que serlo.

– Contados en mi cabeza -dijo él-. No tengo un reloj aquí, en cualquier caso. -Ella abrió la boca, pero antes de que pudiera decir algo, Peter agregó-: Despacio. Contados despacio en mi cabeza. También tengo un hermano, ¿sabes?

– Lo sé, ¿alguna vez te dejó ganar?

– Ni siquiera una.

Los ojos de ella se entrecerraron.

– ¿Me dejarás ganar?

Él sonrió lentamente, como un gato.

– Tal vez.

– ¿Tal vez?

– Depende.

– ¿De qué?

– Del premio que recibiré si pierdo.

– ¿No se supone que uno reciba un premio por ganar?

– No cuando uno pierde la carrera a propósito.

Ella dio un grito ahogado de indignación, y entonces replicó:

– No tendrás que perder nada a propósito, Peter Thompson. ¡Te veré en la línea de llegada!

Y entonces, antes de que él pudiera recobrar el equilibrio, ella partió, corriendo por la hierba con un abandono que seguramente la atormentaría al día siguiente, cuando todas las amigas de su madre fueran de visita por su dosis diaria de té y chismes.

Pero en ese mismo momento, con el sol brillando sobre su rostro y el hombre de sus sueños mordiéndole los talones, Tillie Howard no logró obligarse a que le importara.

Era rápida; siempre había sido rápida, y reía al correr, con una mano bombeando al costado y la otra sosteniendo su falda a pocos centímetros de la hierba. Podía oír a Peter detrás suyo, riendo mientras sus pasos retumbaban cada vez más cerca. Ella iba a ganar; estaba segura de eso. O ganaba en buena ley, o él perdería a propósito y se lo recordaría durante toda la eternidad, pero no le importaba demasiado.

Una victoria era una victoria, y ahora mismo Tillie se sentía invencible.

– ¡Atrápame si puedes! -se burló, mirando sobre su hombro para evaluar el progreso de Peter-. ¡Nunca… Uff!

La respiración escapó de su cuerpo con contundente velocidad, y antes de que Tillie pudiera hacer otro sonido, estaba extendida sobre la hierba, enredada con -¡gracias al cielo!- otra mujer.

– ¡Charlotte! -jadeó, reconociendo a su amiga Charlotte Birling-. ¡Lo siento tanto!

– ¿Qué estabas haciendo? -exigió saber Charlotte, enderezando su sombrero, que había quedado tambaleadamente torcido.

– Una carrera, en realidad -murmuró Tillie-. No se lo digas a mi madre.

– No tendré que hacerlo -replicó Charlotte-. Si crees que no se enterará de esto…

– Lo sé, lo sé -dijo Tillie con un suspiro-. Espero que lo apunte a demencia inducida por el sol.

– ¿O tal vez ceguera por el sol? -dijo una voz masculina.

Tillie levantó la mirada para ver a un hombre alto, de cabello color arena, a quien no conocía. Miró a Charlotte, que rápidamente hizo las presentaciones.

– Lady Mathilda -dijo Charlotte, poniéndose de pie con ayuda del extraño-, este es el conde Matson.

Tillie murmuró su saludo justo cuando Peter se detenía resbalando a su lado.

– Tillie, ¿se encuentra bien? -exigió saber.

– Estoy bien. Mi vestido podrá estar arruinado, pero el resto de mí no está nada maltratado. -Aceptó su servicial mano y se puso de pie-. ¿Conoce a la señorita Birling?

Peter sacudió la cabeza en negativa, y Tillie los presentó. Pero cuando se volvió para presentarlo al conde, él asintió y dijo:

– Matson.

– ¿Ya se conocen? -preguntó Tillie.