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– Del ejército -informó Matson.

– ¡Oh! -Los ojos de Tillie se ensancharon-. ¿Conocía usted a mi hermano? ¿Harry Howard?

– Era un buen tipo -dijo Matson-. Nos agradaba mucho a todos.

– Sí -dijo Tillie-, a todos les agradaba Harry. Era bastante especial en ese sentido.

Matson asintió, de acuerdo con ella.

– Lamento mucho su pérdida.

– Todos lo lamentamos. Agradezco su sentimiento.

– ¿Estaban en el mismo regimiento? -preguntó Charlotte, mirando del conde a Peter.

– Sí, así era -dijo Matson-, aunque Thompson aquí fue afortunado de permanecer durante la acción.

– ¿No estuvo usted en Waterloo? -preguntó Tillie.

– No. Fui llamado a casa por razones familiares.

– Lo siento tanto -murmuró Tillie.

– Hablando de Waterloo -dijo Charlotte-, ¿tiene intenciones de ir a la reconstrucción la semana próxima? Lord Matson estaba quejándose de haberse perdido la diversión.

– Yo no lo llamaría diversión -masculló Peter.

– Bueno -dijo Tillie alegremente, ansiosa de evitar un encuentro desagradable.

Sabía que Peter detestaba la glorificación de la guerra, y pensaba que él no sería capaz de seguir siendo amable con alguien que realmente lamentaba haberse perdido semejante escena de muerte y destrucción.

– ¡La reconstrucción de Prinny! Ya casi lo había olvidado. Será en Vauxhall, ¿verdad?

– Dentro de una semana -confirmó Charlotte-. En el aniversario de Waterloo. He oído que Prinny no cabe en sí de emoción. Habrá fuegos artificiales.

– Porque queremos que sea una fiel representación de la guerra -dijo Peter con mordacidad.

– O la idea de Prinny de lo que es fiel, al menos -dijo Matson, su tono era notablemente frío.

– Tal vez están destinados imitar los disparos -dijo Tillie rápidamente-. ¿Irá usted, señor Thompson? Agradecería su compañía. -Él se quedó callado un momento, y ella supo sin dudas que él no quería hacerlo. Pero, aun así, no pudo acallar su egoísmo y dijo-: Por favor. Quiero ver lo que Harry vio.

– Harry no… -Él se detuvo y tosió-. No verá lo que Harry vio.

– Lo sé, pero igualmente, será lo más cercano que veré. Por favor, diga que me acompañará.

Los labios de él se tensaron, pero dijo:

– Muy bien.

Ella sonrió abiertamente.

– Gracias. Es muy generoso de su parte, especialmente porque…

Tillie se quedó callada. No necesitaba informar a Charlotte y al conde que Peter no deseaba asistir. Podían haberlo deducido solos, pero Tillie no tenía que explicarlo con detalle.

– Bueno, debemos marcharnos -dijo Charlotte-, eh, antes de que alguien…

– Tenemos que marcharnos -dijo el conde suavemente.

– Lamento muchísimo lo de la carrera -dijo Tillie, acercándose y apretando la mano de Charlotte.

– No te preocupes -respondió Charlotte, devolviendo el gesto-. Imagina que soy la línea de llegada, así que ganaste.

– Una idea excelente. Debería haberlo pensado.

– Sabía que encontrarías la manera de ganar -murmuró Peter una vez que Charlotte y el conde se habían alejado.

– ¿Alguna vez estuvo en duda? -bromeó Tillie.

Él sacudió la cabeza lentamente, sus ojos nunca abandonaron el rostro de ella. La observaba con una extraña intensidad, y de pronto ella se dio cuenta de que su corazón estaba latiendo demasiado rápido, y su piel cosquilleaba, y…

– ¿Qué sucede? -preguntó, porque si no hablaba, estaba segura de que olvidaría respirar.

Algo había cambiado en el último minuto; algo había cambiado dentro de Peter, y ella tenía la sensación de que, fuera lo que fuera, cambiaría su vida también.

– Tengo que hacerte una pregunta -dijo él.

El corazón de Tillie se elevó. ¡Oh, sí, sí, sí! Esto podía ser una sola cosa. Toda la semana había estado conduciendo a esto, y Tillie supo que sus sentimientos por este hombre no eran unilaterales. Asintió, sabiendo que su corazón estaba en sus ojos.

– Yo… -Él se detuvo y se aclaró la garganta-. Debes saber que me importas mucho.

Ella asintió.

– Eso esperaba -murmuró.

– ¿Y creo que respondes a mis sentimientos?

Peter lo dijo como una pregunta, lo cual ella encontró absurdamente conmovedor. Así que asintió nuevamente, y luego se despojó de la cautela y agregó:

– Mucho.

– Pero también debes saber que una unión entre nosotros dos no es nada que tu familia o, de hecho, cualquiera, hubiese esperado.

– No -dijo Tillie prudentemente, no muy segura adónde iba él con esto-. Pero no logro ver…

– Por favor -le dijo él, interrumpiéndola-, permíteme terminar.

Ella permaneció callada, pero esto no se sentía correcto, y su humor, que había estado lanzándose hacia las estrellas, tuvo una caída brutal de regreso a la tierra.

– Quiero que me esperes -dijo Peter.

Ella parpadeó, insegura de cómo interpretar eso.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero casarme contigo, Tillie -dijo él, su voz era insoportablemente solemne-. Pero no puedo. No ahora.

– ¿Cuándo? -susurró ella, esperando que dijera dos semanas, dos meses o incluso dos años.

Cualquier cosa, siempre y cuando él pusiera una fecha.

Pero lo único que Peter dijo fue:

– No lo sé.

Y lo único que ella pudo hacer fue quedarse mirándolo. Y preguntarse por qué. Y preguntarse cuándo. Y preguntarse… y preguntarse… Y…

– ¿Tillie? -Ella sacudió la cabeza-. Tillie, yo…

– No, no lo hagas.

– Que no haga… ¿qué?

– No lo sé.

La voz de ella era desolada y herida, y atravesó a Peter como un cuchillo.

Podía notar que ella no comprendía lo que le estaba pidiendo. Y la verdad era que él tampoco estaba completamente seguro. Nunca había pretendido que esto fuera más que un paseo por el parque; sólo debía ser otro en esta serie de compromisos que componían su inútil cortejo a Tillie Howard. El matrimonio había sido lo último en su mente.

Pero entonces algo había sucedido; no sabía qué. Había estado observándola, y ella había sonreído, o tal vez no había sonreído, o tal vez sólo había movido los labios de alguna manera cautivadora, y entonces era como si hubiese sido disparado por Cupido, y de algún modo estaba pidiéndoselo, las palabras estallando desde un rincón atrevido, poco práctico de su alma. Y no podía detenerse, aunque sabía que estaba mal.

Pero tal vez no tenía que ser imposible. Tal vez no del todo. Había una manera en que él podría hacerlo suceder. Si tan sólo pudiera hacerle entender…

– Necesito un poco de tiempo para establecerme -intentó explicarle-. Tengo muy poco ahora, casi nada en realidad, pero una vez que venda mi comisión, tendré una pequeña suma para invertir.

– ¿De qué estás hablando? -preguntó ella.

– Necesito que esperes un par de años. Que me des algo de tiempo para hacer mi fortuna más segura antes de que nos casemos.

– ¿Y por qué lo haría? -preguntó Tillie.

El corazón de él golpeaba en su pecho.

– Porque me quieres. -Ella no habló; él no respiró-. ¿Verdad? -susurró Peter.

– Por supuesto que sí. Acabo de decirte cuánto. -Ella sacudió apenas la cabeza, como si intentara refrescar sus pensamientos, forzarlos a unirse en algo que pudiera comprender-. ¿Por qué esperar? ¿Por qué simplemente no podemos casarnos ahora?

Por un momento Peter no pudo hacer más que mirarla. Ella no lo sabía. ¿Cómo podía no saberlo? Todo ese tiempo él había vivido en un estado de agonía, y ella ni siquiera lo había pensado.

– No puedo mantenerte -dijo él-. Debes saberlo.

– No seas tonto -dijo Tillie con una sonrisa aliviada-. Está mi dote, y…

– No voy a vivir de tu dote -dijo él mordazmente.

– ¿Por qué no?

– Porque tengo orgullo -dijo él rígidamente.

– Pero viniste a Londres para casarte por dinero -protestó ella-. Eso me dijiste.