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La mandíbula de él se apretó en una línea resuelta.

– No me casaré contigo por tu dinero.

– Pero no estarías casándote conmigo por mi dinero -dijo ella suavemente-. ¿Verdad?

– Claro que no. Tillie, sabes cuánto te quiero…

La voz de ella se volvió más cortante.

– Entonces no me pidas que espere.

– Mereces más de un hombre de lo que puedo ofrecerte.

– Deja que yo juzgue eso -siseó Tillie, y él se dio cuenta de que estaba enojada.

No molesta, no irritada, sino total y verdaderamente furiosa.

Pero también era ingenua. Ingenua como sólo alguien que nunca había enfrentado privaciones podía ser. Ella no conocía nada más que la completa admiración de la alta sociedad. Era agasajada y adorada, admirada y querida, y ni siquiera podía concebir un mundo en el que la gente susurraba tras su espalda o la miraba por encima de la nariz.

Y ciertamente nunca se le había ocurrido que sus padres pudieran negarle cualquier cosa que ella deseara.

Pero le negarían esto y, más específicamente, se negarían a él. Peter estaba seguro de eso. No había manera de que le permitieran casarse con él, no como estaba su fortuna actualmente.

– Bien -dijo ella finalmente, el silencio entre ambos se había prolongado demasiado-, si no aceptas mi dote, que así sea. No necesito mucho.

– Oh, ¿de veras? -preguntó él.

No había pretendido reírse de ella, pero sus palabras salieron vagamente burlonas.

– No -le contestó ella-, no lo necesito. Preferiría ser pobre y feliz antes que rica y miserable.

– Tillie, nunca has sido más que rica y feliz, así que dudo que comprendas cómo ser pobre podría…

– No me trates con condescendencia -le advirtió ella-. Puedes negarme y puedes rechazarme, pero no te atrevas a ser condescendiente conmigo.

– No te pediré que vivas con mis ingresos -dijo Peter, cada sílaba cortada-. Dudo que mi promesa a Harry incluyera forzarte a la pobreza.

Ella quedó boquiabierta.

– ¿De esto se trata? ¿De Harry?

– ¿Qué diablos estás…?

– ¿De esto se ha tratado todo? ¿Alguna tonta promesa en el lecho de muerte de mi hermano?

– Tillie, no…

– No, ahora tú permíteme terminar. -Los ojos de ella relampagueaban y sus hombros temblaban, y se hubiese visto magnífica si el corazón de él no se estuviera rompiendo-. Jamás vuelvas a decirme que me quieres -dijo Tillie-. Si lo hicieras, si siquiera comenzaras a comprender esa emoción, entonces te importarían más mis sentimientos que los de Harry. Él está muerto, Peter. Muerto.

– Sé eso mejor que nadie -dijo él con voz grave.

– No creo que sepas siquiera quién soy -dijo ella, todo su cuerpo temblaba por la emoción-. Soy sólo la hermana de Harry. La tonta hermanita de Harry, a quien juraste cuidar.

– Tillie…

– No -dijo ella enérgicamente-. No digas mi nombre. Ni siquiera me hables hasta que sepas quién soy.

Él abrió la boca, pero sus labios quedaron callados. Por un instante, no hicieron más que mirarse con un extraño horror silencioso. No se movían, tal vez esperando que todo esto fuera un error, que si permanecían allí un momento más, todo simplemente se esfumaría, y quedarían como habían estado antes.

Pero no sucedió, por supuesto, y mientras Peter sólo estaba allí parado, mudo e impotente, Tillie giró sobre sus talones y se marchó, su paso era una dolorosa combinación de paso y carrera.

Pocos minutos más tarde, el mozo de cuadra de Tillie apareció con el caballo de Peter, entregándole las riendas sin palabras.

Y mientras Peter las tomaba, no pudo evitar sentir una cierta irrevocabilidad en la acción, como si le estuvieran diciendo “Tómalas y vete. Vete”.

Era, se dio cuenta con sorpresa, el peor momento de su vida.

CAPÍTULO 06

¡Pobre señor Thompson! Pobre, pobre señor Thompson.

Todo cobra un nuevo significado, ¿verdad?

Ecos de sociedad de lady Whistledown, 17 de junio de 1816

No debería haber ido.

Peter estaba seguro de que no deseaba ver una reconstrucción de la Batalla de Waterloo; la primera había sido suficientemente infernal, muchas gracias. Y aunque no creía que la versión de Prinny -actualmente rugiendo a su izquierda- fuese particularmente espantosa o fiel, lo ponía bastante enfermo darse cuenta de que la escena de tanta muerte y destrucción estuviese siendo convertida en entretenimiento para la buena gente de Londres.

¿Entretenimiento? Peter sacudió la cabeza con indignación al observar londinenses de todas las condiciones sociales riendo y disfrutando mientras paseaban por los Jardines Vauxhall. La mayoría ni siquiera prestaba atención al simulacro de batalla. ¿No comprendían que habían muerto hombres en Waterloo? Hombres buenos. Hombres jóvenes.

Quince mil hombres. Y eso ni siquiera era contando al enemigo.

Pero pese a todos sus recelos, aquí estaba. Peter había pagado sus dos peniques y se abría paso en los jardines… no para observar esta parodia de una batalla o comentar sobre las espectaculares lámparas de gas, o siquiera la maravilla de los fuegos artificiales, que, le habían dicho, eran los mejores jamás montados en Bretaña.

No, había venido a ver a Tillie. Originalmente iba a escoltarla, pero dudaba que ella hubiese cancelado sus planes sólo porque ya no se hablaban. Ella le había dicho que necesitaba ver la reconstrucción, aunque fuera para despedirse finalmente de su hermano. Tillie estaría allí. Peter estaba seguro de eso. Sin embargo, de lo que estaba menos seguro era de si podría ubicarla. Miles de personas ya habían llegado a los Jardines, y cientos más seguían llegando en avalancha. Los senderos estaban abarrotados de juerguistas, y a Peter se le ocurrió que si había algo en esta noche que era una fiel representación de la batalla, era el olor. Faltaba el penetrante olor a sangre y muerte, pero ciertamente tenía ese hedor distintivo de demasiadas personas demasiado amontonadas.

La mayoría de las cuales, pensó Peter mientras giraba en un camino para evitar a una pandilla de rufianes dirigidos hacia él, no se habían bañado en meses.

¿Y quién decía que uno tenía que abandonar los placeres del ejército al retirarse?

No sabía qué iba a decir a Tillie, asumiendo que pudiera encontrarla. No sabía si iba a decir algo. Sólo quería verla, por patético que sonara. Ella había rechazado todos sus intentos de acercamiento desde su discusión en Hyde Park la semana anterior. La había visitado dos veces, pero en ambas ocasiones había sido informado de que ella no estaba “en casa”. Sus notas habían sido devueltas, aunque sin abrir. Y finalmente ella le había enviado una carta, diciendo simplemente que a menos que él estuviera preparado para hacer una pregunta muy específica, no necesitaba volver a contactarla.

Tillie no se andaba con rodeos.

Peter había oído el rumor de que la mayoría de la alta sociedad planeaba congregarse en la parte norte de la pradera, donde Prinny había montado un área de observación para la batalla. Tenía que bordear el perímetro del campo, y mantuvo su distancia de los soldados, sin confiar en que todos poseyeran la diligencia suficiente para asegurarse de que sus armas carecían de balas reales. Peter se abrió paso entre las multitudes, maldiciendo en voz baja mientras se dirigía a la pradera del norte. Era un hombre al que le gustaba caminar rápido, con andar de piernas largas, y el tumulto en Vauxhall era su versión del infierno en la tierra. Alguien pisó sus dedos del pie, otro lo codeó en el hombro, y un tercero… Peter le golpeó la mano cuando el tipo intentaba robarle.

Finalmente, luego de casi media hora de abrirse paso batallando a través de los enjambres, Peter salió a un claro; los hombres de Prinny evidentemente habían evacuado a todos excepto los invitados más nobles, dando al príncipe una visión perfecta de la batalla. La cual, notó Peter agradecidamente, parecía estar llegando a su fin.