Recorrió la muchedumbre con la vista, buscando un destello familiar de cabello rojo. Nada. ¿Era posible que ella hubiese decidido no asistir?
Un cañón tronó cerca de su oído. Él se estremeció.
¿Dónde diablos estaba Tillie?
Una explosión final, y entonces… Buen Dios, ¿era eso Handel?
Peter miró a su izquierda con indignación. En efecto, una orquesta de cien personas había tomado sus instrumentos y comenzado a tocar.
¿Dónde estaba Tillie?
El ruido empezó a crisparlo. La audiencia rugía, los soldados reían, y la música… ¿por qué diablos había música?
Y entonces, en medio de todo, la vio, y podría haber jurado que todo quedó en silencio.
La vio, y no hubo nada más.
Tillie deseaba no haber ido. No había esperado disfrutar de la reconstrucción, pero había pensado que podría… oh, no sabía… tal vez aprender algo. Tener alguna sensación de unión con Harry.
No toda hermana tenía la oportunidad de ver una reconstrucción del escenario de muerte de su hermano.
Pero en cambio sólo deseaba haber llevado algodón para sus oídos. La batalla era ruidosa, y peor aún, se encontraba junto a Robert Dunlop, quien evidentemente pensaba que era su deber ofrecer un comentario en directo de la escena.
Y lo único que ella podía pensar era “debería haber sido Peter”. Debería haber sido Peter parado a su lado, Peter explicándole qué significaban las estratagemas de la batalla, Peter advirtiéndole que cubriera sus oídos cuando se volvía demasiado ruidoso.
Si hubiese estado con Peter, podría haber tomado discretamente la mano, y haberla apretado cuando la batalla se volviera demasiado intensa. Con Peter se hubiese sentido cómoda preguntándole el momento en que Harry había caído.
Pero en cambio tenía a Robbie. Robbie, que pensaba que todo esto era una gran aventura, que realmente se había inclinado y gritado:
– ¿Una diversión genial? ¿Eh?
Robbie, quien, ahora que la batalla había terminado, conversaba sobre chalecos y caballos, y probablemente algo más también.
Era demasiado duro escucharlo. La música era fuerte y, sinceramente, Robbie siempre era un poco difícil de seguir.
Y entonces, justo cuando la música llegó a un momento tranquilo, él se acercó y dijo:
– A Harry le hubiese gustado esto.
¿Le hubiese gustado? Tillie no lo sabía, y de algún modo eso le molestaba. Harry hubiese sido una persona diferente si hubiera llegado a casa después de la guerra, y le dolía nunca saber el hombre en que se habría convertido en sus últimos días.
Pero Robbie tenía buenas intenciones, y tenía un buen corazón, así que Tillie simplemente sonrió y asintió.
– Una pena lo de su muerte -dijo Robbie.
– Sí -respondió Tillie, porque, realmente, ¿qué más se podía decir?
– Qué modo absurdo de partir.
Ante eso, ella se dio vuelta y lo miró. Parecía un comentario extraño para Robbie, que no era bueno para las delicadezas o sutilezas.
– Toda guerra es absurda -dijo Tillie lentamente-. ¿No lo cree?
– Bueno, sí, supongo -dijo Robbie-, aunque alguien tenía que salir y deshacerse de Boney. No creo que decirle “por favor, si no le molesta” hubiese funcionado.
Tillie se dio cuenta de que era la frase más compleja que jamás había escuchado de Robbie, y se preguntó si podía haber algo más en él, cuando de pronto… lo supo.
No era que hubiese escuchado algo, y no era que hubiese visto algo. Más bien, simplemente supo que él estaba allí, y efectivamente, cuando inclinó el rostro a su derecha, lo vio.
Peter. Justo a su lado. Parecía sorprendente que no hubiese percibido antes su presencia.
– Señor Thompson -le dijo con frialdad.
O al menos intentó ser helada. Dudaba haberlo logrado; sólo estaba tan aliviada de verlo.
Seguía furiosa con él, por supuesto, y no estaba del todo segura de querer hablar con él, pero la noche se sentía tan extraña, y la batalla había sido incómoda, y el rostro solemne de Peter era como una cuerda de salvamento a la cordura.
– Estábamos hablando sobre Harry -dijo Robbie jovialmente. Peter asintió-. Es una pena que se haya perdido la batalla -continuó Robbie-. Quiero decir, todo ese tiempo en el ejército, ¿y luego te pierdes la batalla? -Sacudió la cabeza-. Una pena, ¿no lo crees?
Tillie se quedó mirándolo con confusión.
– ¿Qué quiere decir con que se perdió la batalla?
Se volvió hacia Peter justo a tiempo de verlo sacudiendo la cabeza frenéticamente a Robbie, quien respondía con un fuerte:
– ¿Eh? ¿Eh?
– ¿Qué quiere decir -repitió Tillie, con fuerza esta vez-, con que se perdió la batalla?
– Tillie -dijo Peter-, debes entender…
– Me dijeron que él murió en Waterloo. -Miró de hombre a hombre, estudiando sus rostros-. Vinieron a mi casa. Me dijeron que él murió en Waterloo.
Su voz se volvía aguda, aterrada. Y Peter no sabía qué hacer. Podría haber matado a Robbie; ¿no tenía juicio ese hombre?
– Tillie -dijo, repitiendo su nombre, intentando hacer tiempo.
– ¿Cómo murió? -insistió ella-. Quiero que me lo digas ahora mismo. -Él la miró; ella empezaba a temblar-. Dime cómo murió.
– Tillie, yo…
– Dime…
¡BUM!
Los tres dieron un salto cuando una explosión de fuegos artificiales despegó a menos de veinte metros de donde se encontraban.
– ¡Un espectáculo terriblemente bueno! -gritó Robbie, de cara al cielo.
Peter levantó su mirada hacia los fuegos artificiales; era imposible no mirar. Rosado, azul, verde… explosiones estelares en los cielos, chisporroteando, astillándose, regando aguaceros de chispas sobre los jardines.
– Peter -dijo Tillie, tirando de su manga-, dímelo. Dímelo ahora.
Peter abrió la boca para hablar, sabiendo que debería darle toda su atención, pero de algún modo era incapaz de apartar los ojos de los fuegos artificiales. La miró de reojo, luego otra vez al cielo, luego a…
– ¡Peter! -casi gritó ella.
– Fue una carreta -dijo Robbie de pronto, mirándola durante una pausa en la pirotecnia-. Le cayó encima.
– ¿Fue aplastado por una carreta?
– Un carro, en realidad -dijo Robbie, corrigiéndose-. Él estaba… -¡BUM!-. ¡Wow! -gritó Robbie-. ¡Miren ese!
– Peter -rogó Tillie.
– Fue estúpido -dijo Peter, obligando finalmente a sus ojos a apartarse del cielo-. Fue estúpido, horrible e imperdonable. Debería haber sido roto para leña semanas atrás.
– ¿Qué sucedió? -susurró ella.
Y él se lo contó. No todo, no cada mínimo detalle; no era el momento ni el lugar. Pero lo bosquejó, lo suficiente para que ella entendiera la verdad. Harry era un héroe, pero no había tenido la muerte de un héroe; al menos no del modo en que Inglaterra veía a sus héroes.
No debería haber importado, por supuesto, pero podía notar por la expresión de ella que sí importaba.
– ¿Por qué no me lo dijiste? -preguntó ella, con voz baja y temblorosa-. Me mentiste. ¿Cómo pudiste mentir?
– Tillie, yo…
– Me mentiste. Me dijiste que él había muerto en batalla.
– Yo nunca…
– Me dejaste creerlo -gritó ella-. ¿Cómo pudiste?
– Tillie -dijo él desesperadamente-. Yo… -¡BUM! Los dos levantaron la mirada; no pudieron evitarlo-. No sé porqué te mentí -dijo Peter una vez que la explosión había disminuido a chispas verdes en espiral-. No sabía que tú no sabías la verdad hasta la cena de lady Neeley. Y no supe qué decir. No…
– No lo hagas -dijo ella con voz entrecortada-. No intentes explicar.
Acababa de pedirle que explicara.
– Tillie…
– Mañana -dijo ahogadamente-. Háblame mañana. Ahora mismo yo… ahora mismo…
¡BUM!
Y entonces, mientras chispas rosadas llovían desde arriba, ella se marchó, agarrando sus faldas, corriendo ciegamente a través del único lugar vacío en la multitud, justo al lado de Prinny, justo tras la orquesta.