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Justo fuera de su vida.

– ¡Idiota! -siseó Peter a Robbie.

– ¿Eh?

Robbie estaba demasiado ocupado mirando al cielo.

– Olvídalo -le dijo Peter bruscamente.

Tenía que encontrar a Tillie. Sabía que ella no quería verlo, y normalmente hubiese respetado sus deseos, pero maldita fuera, esto era los Jardines Vauxhall, y había miles de personas pululando, algunas para entretenerse y otras con intenciones más maliciosas.

No era lugar para una dama sola, especialmente una tan evidentemente angustiada como Tillie.

La siguió por el claro, murmurando una disculpa al toparse con uno de los guardias de Prinny. El vestido de Tillie era de un verde pálido, muy pálido, casi etéreo a la luz de las lámparas de gas, y una vez que fue retrasada por la multitud, fue fácil de seguir. Él no podía alcanzarla, pero al menos podía verla.

Ella se movía rápidamente entre el gentío, al menos más rápido de lo que Peter podía. Tillie era pequeña y podía apretujarse en espacios en los cuales él sólo podía abrirse paso aporreando. La distancia entre ambos crecía, pero Peter aún podía verla, gracias a la ligera inclinación que ambos intentaban descender.

Y entonces…

– Ah, maldición -suspiró Peter.

Ella se dirigía a la pagoda china. ¿Por qué diablos haría eso? No tenía idea de quién estaba dentro, si es que había alguien. Sin mencionar el hecho de que probablemente había múltiples salidas. Sería endemoniadamente difícil seguirla una vez que entrara.

– Tillie -refunfuñó, redoblando sus esfuerzos por cerrar el espacio entre ellos.

Ni siquiera creía que ella supiera que estaba persiguiéndola, y sin embargo había escogido el único camino seguro para perderlo.

¡BUM!

Peter se estremeció. Otro fuego artificial, sin dudas, pero este sonaba extraño, silbando justo sobre su cabeza, como si hubiese sido apuntado demasiado bajo. Levantó la mirada, intentando deducir qué había sucedido, cuando…

– Oh, Dios mío.

Las palabras cayeron sin control de sus labios, graves y estremecidas de terror. Todo el lado este de la pagoda china había explotado en llamas.

– ¡Tillie! -gritó, y si había pensado que antes intentaba meterse con fuerza entre la gente, ahora sabía que no.

Se movía como un loco, derribando gente, pisoteando pies y codeando costillas, hombros, incluso rostros, mientras luchaba por llegar a la pagoda.

A su alrededor la gente reía, señalando la pagoda en llamas, obviamente pensando que era parte del espectáculo.

Al fin llegó a la pagoda, pero cuando intentó subir corriendo los escalones, fue bloqueado por dos guardias fornidos.

– No puede entrar ahí -dijo uno de ellos-. Demasiado peligroso.

– Hay una mujer allí -rugió Peter, luchando por liberarse de su agarre.

– No, hay…

– La vi -casi gritó Peter-. ¡Suéltenme!

Los dos hombres se miraron, y entonces uno murmuró:

– Es su propia cabeza -y lo dejó ir.

Él irrumpió en el edificio, sosteniendo un pañuelo sobre su boca contra el humo. ¿Tendría Tillie un pañuelo? ¿Estaba siquiera viva?

Revisó el piso inferior; estaba llenándose de humo, pero hasta entonces el fuego parecía estar contenido en los niveles superiores. Tillie no estaba en ninguna parte.

El aire estaba llenándose de crujidos y pequeñas explosiones, y a su lado un trozo de madera cayó al suelo. Peter levantó la mirada; el techo parecía estar desintegrándose ante sus ojos. Otro minuto y estaría muerto. Si iba a salvar a Tillie, tendría que rogar que ella estuviera consciente y colgando de una ventana de arriba, porque no creía que las escaleras pudieran soportarlo para un ascenso.

Ahogándose con el humo acre, salió tambaleándose por la puerta trasera, mirando frenéticamente las ventanas de arriba, mientras buscaba una ruta para subir al lado oeste del edificio, que seguía totalmente intacto.

– ¡Tillie! -gritó, una última vez, aunque dudaba que ella pudiera oírlo sobre el rugido de las llamas.

– ¡Peter!

Su corazón golpeó en su pecho al darse vuelta hacia el sonido de la voz de ella, para encontrarla parada fuera, luchando contra dos hombres grandotes que intentaban evitar que corriera hacia él.

– ¿Tillie? -susurró.

De algún modo ella se liberó y corrió hacia él, y fue sólo entonces que él emergió de su trance, porque seguía demasiado cerca del edificio en llamas, y en aproximadamente diez segundos, ella también lo estaría. La levantó en brazos antes de que ella pudiera rodearlo con los suyos, sin frenar el paso hasta que ambos estuvieron a una distancia segura de la pagoda.

– ¿Qué estabas haciendo? -gritó ella, aún aferrada a sus hombros-. ¿Por qué estabas en la pagoda?

– ¡Estaba salvándote! Te vi entrar corriendo en…

– Pero salí corriendo enseguida…

– ¡Pero yo no sabía eso!

Se quedaron sin palabras, y por un momento ninguno habló, y entonces Tillie susurró:

– Casi morí cuando te vi dentro. Te vi por la ventana.

Los ojos de Peter seguían escociendo y llorosos por el humo, pero de algún modo, cuando la miró, todo estaba claro como el cristal.

– Nunca en mi vida entera me asusté tanto como cuando vi que ese misil golpeaba la pagoda -dijo él, y se dio cuenta de que era verdad.

Dos años de guerra, de muerte, de destrucción, y sin embargo nada había tenido el poder de aterrarlo como pensar en perderla.

Y supo, allí mismo, supo hasta las puntas de sus pies que no podría esperar un año para casarse con Tillie. No tenía idea de cómo haría que los padres de ella aceptaran, pero encontraría la manera. Y si no… Bien, una boda escocesa había sido bastante buena para muchas parejas antes de ellos.

Pero una cosa era segura. No podía enfrentar la idea de una vida sin ella.

– Tillie, yo…

Había tantas cosas que quería decir. No sabía dónde empezar, cómo comenzar. Esperaba que ella pudiera verlo en sus ojos, porque las palabras simplemente no estaban. No existían palabras para expresar lo que había en su corazón.

– Te amo -le susurró, e incluso eso no pareció suficiente-. Te amo, y…

– ¡Tillie! -chilló alguien, y ambos giraron para ver a la madre de ella corriendo hacia ellos con más velocidad que nadie -incluyendo a la propia lady Canby- jamás hubiese soñado que poseía-. Tillie, Tillie, Tillie -seguía repitiendo la condesa, una vez que llegó a su lado y asfixió a su hija con abrazos-. Alguien me dijo que estabas en la pagoda. Alguien dijo…

– Estoy bien, mamá -le aseguró Tillie-. Estoy bien.

Lady Canby se detuvo, parpadeó y luego se volvió hacia Peter, asimilando su apariencia cubierta de hollín y despeinada.

– ¿Tú la salvaste? -le preguntó.

– Ella sola se salvó -admitió Peter.

– Pero él lo intentó -dijo Tillie-. Entró a buscarme.

– Yo… -La condesa parecía haberse quedado sin palabras y entonces, al final, simplemente dijo-: Gracias.

– No hice nada -dijo Peter.

– Creo que lo hiciste -replicó lady Canby, sacando un pañuelo de su ridículo y dando golpecitos a sus ojos-. Yo… -Miró nuevamente a Tillie-. No puedo perder otro, Tillie. No puedo perderte.

– Lo sé, mamá -dijo Tillie, con voz tranquilizadora-. Estoy bien. Puedes ver que lo estoy.

– Lo sé, lo sé, yo… -Y entonces algo pareció romperse dentro suyo, porque se apartó rápidamente, agarró a Tillie por los hombros y comenzó a sacudirla-. ¿Qué creíste que estabas haciendo? -gritó-. ¡Escapando sola!

– No sabía que iba a prenderse fuego -jadeó Tillie.

– ¡En los Jardines Vauxhall! ¡Sabes lo que sucede a las jóvenes en lugares como este! Voy a…

– Lady Canby -dijo Peter, apoyando una mano serena en su hombro-. Tal vez ahora no es el momento…