Pam. Pam.
Siempre había tenido buena puntería.
Pam. Pum.
Ups. Probablemente esa era demasiado grande.
Pa…
– ¡Aw!
Uuups.
– ¿Tillie?
– ¿Peter?
– ¿Te golpeé?
– ¿Era una piedra?
Ella se frotaba el hombro.
– Un guijarro, en realidad -aclaró él.
– ¿Qué estás haciendo?
Él sonrió.
– Cortejándote.
Ella miró alrededor, como si alguien de pronto fuera a aparecer para llevarlo cargado a Bedlam.
– ¿Ahora?
– Eso parece.
– ¿Estás loco?
Él miró alrededor en busca de un enrejado, un árbol… cualquier cosa para trepar.
– Baja y déjame entrar -le dijo.
– Ahora sé que estás demente.
– No lo suficientemente loco como para intentar escalar la pared -dijo él-. Ve a la entrada de los sirvientes y déjame entrar.
– Peter, no…
– Tillie.
– Peter, tienes que ir a casa.
Él inclinó la cabeza a un lado.
– Creo que me quedaré aquí hasta que toda la casa despierte.
– No lo harías.
– Lo haré -le aseguró.
Algo en su tono debe haberla impresionado, porque se detuvo para evaluar eso.
– Muy bien -dijo en una voz bastante parecida a una maestra de escuela-. Bajaré. Pero no creas que vas a entrar.
Peter sólo la saludó antes de que ella desapareciera dentro de su habitación, metiendo las manos en los bolsillos y silbando mientras iba tranquilamente a la puerta de los sirvientes.
La vida era buena. No, era más que eso.
La vida era espectacular.
Tillie casi había perecido de sorpresa al ver a Peter parado en su jardín trasero. Bueno, tal vez eso era exagerar un poquito, pero ¡santo cielo! ¿Qué creía que estaba haciendo?
Y sin embargo, aunque lo había regañado, aunque le había dicho que se fuera a casa, no había podido sofocar el aturdido regocijo que había sentido al verlo allí. Peter era remilgado y convencional; no hacía cosas como esta.
Excepto tal vez por ella. Lo hacía por ella. ¿Podría haber sido más perfecto?
Se puso una bata pero dejó sus pies descalzos. Quería moverse lo más rápido y silenciosamente posible. La mayoría de los sirvientes dormían en la parte superior de la casa, pero el mozo estaba abajo, cerca de las cocinas, y Tillie tendría que pasar directamente junto al dormitorio del ama de llaves también.
Luego de un par de minutos de corretear, llegó a la puerta trasera y giró la llave con cuidado. Peter estaba justo al otro lado.
– Tillie -le dijo con una sonrisa, y entonces, antes de que ella tuviera la oportunidad siquiera de decir su nombre, él la levantó en sus brazos y capturó su boca con la suya.
– Peter -jadeó ella, cuando él finalmente la dejó-, ¿qué haces aquí?
Los labios de él se movieron por su cuello.
– Decirte que te amo. -Todo el cuerpo de ella cosquilleó. Se lo había dicho antes esa noche, pero se emocionó como si fuese la primera vez. Y entonces él se apartó, con ojos serios mientras decía-: Y esperar que digas lo mismo.
– Te amo -susurró ella-. Sí, sí. Pero necesito que…
– Necesitas que te explique -terminó él por ella-, porqué no te conté lo de Harry.
No era lo que Tillie había estado a punto de decir; asombrosamente, no había estado pensando en Harry. No había pensado en él en toda la noche, no desde que había visto a Peter dentro de la pagoda en llamas.
– Desearía tener una respuesta mejor -le dijo-, pero la verdad es que no sé porqué nunca te lo dije. Supongo que nunca era el momento correcto.
– No podemos hablar aquí -dijo ella, consciente de pronto de que seguían de pie en el umbral. Cualquiera podría escucharlos y despertar-. Ven conmigo -le dijo, tomando su mano y tirando de él hacia adentro.
No podía llevarlo a su habitación, eso no podía ser. Pero había un pequeño salón un tramo más arriba, que estaba lejos de los dormitorios de todos. Nadie los escucharía allí.
Una vez que llegaron a su nuevo lugar, ella se volvió hacia Peter y dijo:
– No importa. Entiendo lo de Harry. Exageré.
– No -dijo él, tomándole las manos-, no exageraste.
– Sí lo hice. Fue la sorpresa, supongo. -Él llevó sus manos a los labios-. Pero tengo que preguntar -susurró-. ¿Me lo hubieses contado?
Peter se quedó quieto, con las manos de ella entre las suyas, sostenidas entre sus cuerpos.
– No lo sé -dijo con calma-. Supongo que hubiese tenido que hacerlo, con el tiempo. -Hubiese tenido que hacerlo. No eran las palabras que ella había pensado oír-. Cincuenta años es mucho tiempo para guardar un secreto -agregó él.
¿Cincuenta años? Ella levantó la mirada. Él sonreía.
– ¿Peter? -preguntó, su voz temblorosa.
– ¿Te casarás conmigo? -Los labios de ella se abrieron. Intentó asentir, pero parecía que no podía hacer funcionar nada-. Ya pregunté a tu padre.
– Tú…
Peter la acercó más.
– Él dijo sí.
– La gente te llamará caza-fortunas -susurró Tillie.
Tenía que decirlo; sabía que eso era importante para él.
– ¿Tú lo harás? -Ella sacudió la cabeza. Él se encogió de hombros-. Entonces nada más importa. -Y entonces, como si el momento no fuese lo suficientemente perfecto, él se apoyó sobre una rodilla, sin soltarle las manos-. Tillie Howard -dijo, su voz solemne y sincera-, ¿te casarás conmigo?
Ella asintió. Entre sus lágrimas, asintió, y de algún modo logró decir:
– Sí. ¡Oh, sí!
Las manos de él apretaron las suyas, se puso de pie, y entonces ella estuvo en sus brazos.
– Tillie -murmuró él, sus labios cálidos contra el oído de ella-, te haré feliz. Prometo, con todo mi ser, que te haré feliz.
– Ya lo haces. -Ella sonrió, levantando la mirada hacia su rostro, preguntándose cómo se había vuelto tan conocido, tan preciado-. Bésame -le dijo impulsivamente.
Peter se agachó, depositando un suave beso sobre sus labios.
– Debería irme -dijo él.
– No, bésame.
Él respiró con dificultad.
– No sabes lo que pides.
– Bésame -dijo ella nuevamente-. Por favor.
Y él lo hizo. No creía que debiera hacerlo; Tillie lo veía en sus ojos. Pero no pudo controlarse. Ella tembló con un estremecimiento de poder femenino cuando los labios de él encontraron los suyos, hambrientos y posesivos, prometiendo amor, prometiendo pasión.
Prometiendo todo.
Ahora no había marcha atrás; ella lo sabía. Peter era como un hombre poseído, sus manos vagaban sobre ella con una intimidad arrebatadora. Había poco entre la piel de ambos; ella sólo llevaba su camisón de seda y la bata, y cada toque provocaba una presión y un calor excitantes.
– Aléjame ahora -rogó Peter-. Aléjame ahora y oblígame a hacer lo correcto.
Pero la agarró más fuerte mientras lo decía, y sus manos encontraron la curva del trasero de ella y la presionaron escandalosamente contra él.
Tillie simplemente sacudió la cabeza. Deseaba demasiado esto. Lo deseaba a él. Peter había despertado algo dentro suyo, algo poderoso y primitivo, una necesidad que era imposible de explicar o negar.
– Bésame, Peter -susurró-. Y más.
Él lo hizo, con una pasión que le robó hasta el alma. Pero cuando se apartó, le dijo:
– No te tomaré ahora. No aquí. No de este modo.
– No me importa -casi gimió ella.
– No hasta que seas mi esposa -juró él.
– Entonces, por el amor de Dios, busca una licencia especial mañana -le dijo ella bruscamente.
Él apretó un dedo contra sus labios, y cuando ella observó su rostro, se dio cuenta de que Peter sonreía. Bastante diabólicamente.
– No te haré el amor -reiteró, sus ojos se volvieron pícaros-. Pero haré todo lo demás.
– ¿Peter? -susurró ella. Él la levantó en sus brazos y la depositó sobre el sofá-. Peter, ¿qué estás…?