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– No diría que todo -dijo Peter, sus palabras salieron un poquito menos afables y practicadas de lo que había pretendido-. Siempre es un placer verla, lady Mathilda.

– Por favor -dijo Tillie, saludando con la mano al último de sus enamorados-, debe seguir llamándome Tillie. -Se volvió hacia su madre-. Era del único modo que me llamaba Harry, y aparentemente hablaba de nosotros con frecuencia mientras estaba en el Continente.

Lady Canby sonrió con tristeza ante la mención del nombre de su hijo menor, y parpadeó varias veces. Sus ojos adoptaron una expresión vacía, y aunque Peter no creía que fuese a estallar en lágrimas, pensó que quería hacerlo. Inmediatamente le ofreció su pañuelo, pero ella negó con la cabeza y rechazó el gesto.

– Creo que buscaré a mi esposo -dijo, poniéndose de pie-. Sé que a él le gustaría conocerlo. Estaba en algún otro lugar anoche cuando fuimos presentados, y yo… Bien, sé que le gustaría conocerlo a usted.

Salió rápidamente de la sala, dejando la puerta bien abierta y ubicando a un lacayo justo al otro lado del pasillo.

– Se fue a llorar -dijo Tillie, no de modo de hacer sentir culpable a Peter. Era sólo una explicación, una triste declaración de los hechos-. Aún lo hace, bastante.

– Lo siento -dijo él.

Ella se encogió de hombros.

– Parece que no hay manera de evitarlo. Para ninguno de nosotros. Creo que nunca pensamos realmente que él podía morir. Parece bastante estúpido ahora. No debería haber sido semejante sorpresa. Se fue a la guerra, por el amor de Dios. ¿Qué otra cosa deberíamos haber esperado?

Peter sacudió la cabeza.

– No es para nada estúpido. Todos pensamos que éramos un poquito inmortales hasta que realmente vimos la batalla. -Peter tragó con dificultad, sin querer sentir el recuerdo. Pero una vez evocado, era difícil contenerlo-. Es imposible entenderlo hasta que uno lo ve. -Los labios de Tillie se tensaron apenas, y Peter se preocupó de poder haberla insultado-. No quiero ser condescendiente -dijo.

– No lo hizo. No es eso. Sólo estaba… pensando. -Se inclinó hacia delante, con una nueva luz luminosa en sus ojos-. No hablemos de Harry -dijo-. ¿Cree que podremos? Estoy tan cansada de estar triste.

– Muy bien -dijo él.

Ella lo miró, esperando que Peter dijera algo más. Pero no lo hizo.

– Eh, ¿cómo estaba el clima? -le preguntó finalmente.

– Un poquito de llovizna -respondió él-, pero nada fuera de lo común.

Tillie asintió.

– ¿Estaba cálido?

– No especialmente. Pero sí un poquito más cálido que anoche.

– Sí, estaba un poco frío, ¿verdad? Y estamos en mayo.

– ¿Desilusionada?

– Por supuesto. Debería ser primavera.

– Sí.

– Claro.

– Claro.

Oraciones de una palabra, pensó Tillie. Siempre el deceso de cualquier buena conversación. Seguramente tenían algo más en común, aparte de Harry. Peter Thompson era apuesto, inteligente y, cuando la miraba con esa expresión misteriosa, de párpados pesados suya, le daba un escalofrío por la columna.

No era justo que de lo único que parecía que hablaban le hiciera dar ganas de llorar.

Le sonrió alentadoramente, esperando que él dijera algo más, pero no lo hizo. Tillie volvió a sonreír, aclarándose la garganta.

Él captó el mensaje.

– ¿Lee usted? -preguntó él.

– ¡Sí leo! -repitió ella, incrédula.

– Pero le gusta, ¿verdad? -aclaró él.

– Sí, por supuesto. ¿Por qué?

Peter se encogió de hombros.

– Podría habérselo mencionado a uno de los caballeros que estaban aquí.

– ¿Podría?

– Lo hice.

Ella sintió que sus dientes se apretaban. No tenía idea de por qué debería estar enojada con Peter Thompson, sólo sabía que debía. Claramente él había hecho algo para merecer su desagrado, o no estaría allí sentado con esa expresión de satisfacción, simulando estudiar sus uñas.

– ¿Qué caballero? -le preguntó finalmente.

Él levantó la mirada, y Tillie resistió el impulso de agradecerle por encontrarla más interesante que su manicura.

– Creo que su nombre era señor Berbrooke -dijo él.

Nadie con quien quisiera casarse. Nigel Berbrooke era un tipo de buen corazón, pero también era tonto como un burro y probablemente estaría aterrado de pensar en una esposa intelectual. Se podría decir, si se sintiera particularmente generosa, que Peter le había hecho un favor espantándolo, pero igualmente Tillie no apreciaba que se entrometiera en sus asuntos.

– ¿Qué dijo que me gustaba leer? -le preguntó, manteniendo la voz suave.

– Eh, esto y aquello. Tal vez tratados filosóficos.

– Ya veo. ¿Y le pareció adecuado mencionarle eso porque…?

– Parecía el tipo de persona que estaría interesado -dijo él, encogiéndose de hombros.

– Y, sólo por curiosidad, si no le molesta… ¿qué sucedió cuando le dijo eso?

Peter ni siquiera tuvo la cortesía de verse avergonzado.

– Salió corriendo directamente por la puerta -murmuró-. Imagínelo.

Tillie quería permanecer con un aire de superioridad y cortante. Quería mirarlo irónicamente bajo unas cejas delicadamente arqueadas. Pero no era tan sofisticada como deseaba ser, porque lo miró absolutamente enojada mientras decía:

– ¿Y qué le dio la idea de que me gusta leer tratados filosóficos?

– ¿No le agrada?

– No importa -respondió ella-. No puede andar por ahí, asustando a mis pretendientes.

– ¿Es eso lo que piensa que estaba haciendo?

– Por favor -bufó ella-. Luego de vender mi inteligencia al señor Berbrooke, no intente insultarla ahora.

– Muy bien -dijo Peter, cruzando los brazos y observándola con el tipo de expresión que su padre y su hermano mayor adoptaban cuando pretendían regañarla-. ¿Realmente desea comprometerse con el señor Berbrooke? ¿O -añadió-, con uno de los hombres que salieron corriendo para tirar dinero en una carrera de caballos?

– Claro que no, pero eso no significa que lo quiero a usted espantándolos.

Él simplemente la miró como si fuera idiota. O mujer. Según la experiencia de Tillie, la mayoría de los hombres pensaban que todas eran iguales.

– Mientras más hombres vengan de visita -le explicó, un poco impaciente-, más hombres vendrán de visita.

– ¿Perdón?

– Ustedes son ovejas. Todos ustedes. Sólo interesados en una mujer si alguien más lo está.

– ¿Y su propósito en la vida es acumular una veintena de caballeros en su sala de estar?

Su tono era condescendiente, casi insultante, y Tillie estaba a punto de hacerlo echar a patadas de la casa. Sólo la amistad de él con Harry -y el hecho de que estaba actuando como semejante mojigato porque pensaba que era lo que Harry hubiese deseado- evitaban que llamara al mayordomo inmediatamente.

– Mi propósito -le dijo forzadamente-, es encontrar un esposo. No ponerle un cepo, no atraparlo, no arrastrarlo al altar, si no encontrar uno, preferiblemente uno con quien quiera compartir una vida larga y contenta. Siendo una muchacha práctica, me pareció sensato conocer la mayor cantidad de caballeros solteros posible, para que mi decisión pueda estar basada en una amplia base de conocimiento, y no por, como muchas jóvenes son acusadas, una fantasía. -Se recostó, cruzó los brazos y echó una dura mirada en dirección a él-. ¿Tiene alguna pregunta?