Pero no parecía poder dejar de hacer preguntas a este hombre; no podía recordar a nadie cuyas opiniones le importaran tanto.
Él sonrió.
– No. No estoy necesariamente de acuerdo con usted. Pero es agradable compartir el té con alguien cuya fe en la humanidad no ha sido herida irreparablemente.
Un sombrío dolor la inundó, y se preguntó si Harry también había sido cambiado por la guerra. Se dio cuenta de que así debía haber sido, y no pudo creer que no lo hubiese pensado antes. Siempre había imaginado al mismo Harry de siempre, riendo, bromeando y haciendo travesuras a cada oportunidad.
Pero cuando miraba a Peter Thompson, se daba cuenta de que había una sombra tras sus ojos que nunca desaparecía del todo.
Harry había estado al lado de Peter durante la guerra. Sus ojos habían visto los mismos horrores, y sus ojos hubiesen tenido las mismas sombras si no estuviera enterrado en Bélgica.
– ¿Tillie?
Ella levantó la mirada rápidamente. Había estado callada más tiempo del que quería, y Peter la miraba con expresión curiosa.
– Lo siento -dijo reflexivamente-, sólo soñaba despierta.
Pero mientras bebía su té, observándolo disimuladamente sobre el borde de su taza, no era en Harry en quien estaba pensando. Por primera vez en un año, finalmente, emocionantemente, no era Harry.
Era Peter, y en lo único que podía pensar es que no debería tener sombras tras los ojos. Y ella quería ser quien las desterrara para siempre.
CAPÍTULO 03
…y ahora que esta Autora ha hecho pública la lista de invitados de la Cena que Salió Mal, esta Autora les ofrece, como un delicioso regalito, un análisis de los sospechosos.
No se sabe mucho sobre el señor Peter Thompson, aunque es generalmente reconocido como un valiente soldado en la guerra contra Napoleón. La sociedad detesta ubicar a un renombrado héroe de guerra en una lista de sospechosos, pero esta Autora sería descuidada si no se señalara que el señor Thompson también es reconocido como un poco caza-fortunas. Desde su llegada a la ciudad, ha estado buscando de manera bastante obvia una esposa, aunque como esta Autora cree firmemente en dar crédito donde se debe, él lo ha hecho de un modo decididamente modesto y de buen gusto.
Pero es bien sabido que su padre, lord Stoughton, no se encuentra entre los más ricos barones, y además, el señor Thompson es un segundo hijo, y como su hermano mayor ya ha creído pertinente procrear, es meramente cuarto en línea por el título. Así que, si el señor Thompson espera vivir con algo de estilo una vez que salga del ejército, tendrá que casarse con una mujer de medios.
O, podría especularse, si uno lo deseara, obtener fondos de alguna otra manera.
Ecos de sociedad de lady Whistledown, 31 de mayo de 1816
Si Peter hubiese conocido la identidad de la escurridiza lady Whistledown, la hubiese estrangulado en el acto.
Caza-fortunas. Detestaba ese apodo, lo veía más como un epíteto, y ni siquiera podía pensar las palabras sin casi escupir con indignación. Había pasado el último mes en Londres comportándose con el mayor cuidado, todo para asegurarse de que ese rótulo no le era aplicado.
Había una diferencia entre un hombre que buscaba a una mujer con una dote modesta y uno que seducía por dinero, y el diferencial podía ser resumida en una palabra.
Honor.
Era lo que había gobernado su vida entera, desde el momento en que su padre lo había sentado a la terriblemente tierna edad de cinco años y le había explicado qué distinguía a un verdadero caballero, y por Dios, Peter no iba a permitir que una cobarde columnista de chismes manchara su reputación con un solo golpe de su pluma.
Si la maldita mujer tuviese un gramo de honor propio, pensó ferozmente, no encubriría evasivamente su identidad. Sólo los temerosos usaban el anonimato para insultar y cuestionar.
Pero él no sabía quién era lady Whistledown, y sospechaba que nunca nadie lo sabría, no en esta vida, de cualquier modo, así que tenía que contentarse con desquitar su pésimo humor con todos los demás con quienes entrara en contacto.
Lo que significaba que probablemente debería una disculpa bastante grande a su ayuda de cámara por la mañana.
Tiró de su corbata mientras navegaba por el salón de baile demasiado atestado en casa de lady Hargreaves. No podía rechazar esta invitación; hacerlo hubiese dado demasiado crédito a las palabras de lady Whistledown. Mejor negarlo sin vergüenza y reírse de ello, y encontrar algún consuelo en el hecho de que él no era el único criticado en la edición de esa mañana; lady W había dedicado un buen espacio a cinco invitados en total, incluyendo a la pobre atribulada señorita Martin, contra quien la alta sociedad seguramente se volvería, ya que era meramente la dama de compañía de lady Neeley y no, como ya había oído decir a alguien, una de los suyos.
Además, había tenido que ir esa noche. Ya había aceptado la invitación y, además, cada joven soltera en Londres asistiría. No podía permitirse olvidar que había un propósito para su presencia en la ciudad. No podía permitirse terminar la temporada sin un compromiso; como estaban las cosas, apenas lograba pagar la renta en su humilde alojamiento de soltero al norte de Oxford Street.
Imaginaba que los padres de esas señoritas casaderas podrían observarlo con más cuidado esa noche, y varios no permitirían que sus hijas se relacionaran con él, pero esconderse en casa sería, a los ojos de la sociedad, equivalente a admitir la culpa, y estaría mucho mejor actuando como si no hubiese pasado nada.
Aunque quisiera desesperadamente atravesar una pared con el puño.
Lo peor de todo era que la única persona con la que absolutamente no podía relacionarse era Tillie. Ella era universalmente reconocida como la más grande heredera de la temporada, y su belleza y personalidad vivaz la habían convertido sin dudas en el mejor partido. Era difícil para cualquiera cortejarla sin ser catalogado como caza-fortunas, y si Peter fuera visto colgado tras ella, nunca se desharía de la mancha en su reputación.
Pero claro que Tillie era la única persona -la única- a la que quería ver.
Ella venía a él en sus pensamientos, en sus sueños. Sonreía, reía y luego se ponía seria, y parecía entenderlo, calmarlo con su sola presencia. Y él quería más. Lo quería todo; quería saber qué tan largo era su cabello, y quería ser quien lo soltara del remilgado rodetito en su nuca. Quería conocer el olor de su piel y la curva exacta de sus caderas. Quería bailar con ella más cerca de lo que permitía el decoro, y quería llevársela, donde ningún otro hombre pudiera mirarla siquiera.
Pero sus sueños iban a tener que seguir siendo sólo eso. Sueños. No había manera de que el conde de Canby aprobara una unión entre su única hija y el hijo menor sin dinero de un barón. Y si él se escapaba con Tillie, si se fugaban sin el permiso de la familia de ella… Bueno, ella sería desheredada sin dudas, y Peter no la arrastraría a una vida de refinada pobreza.
No era, pensó Peter fríamente, lo que Harry había tenido en mente cuando le había pedido que la cuidara.
Así que simplemente se encontraba de pie en el perímetro del salón de baile, simulando estar muy interesado en su copa de champagne, y más bien contento de no poder verla. Si supiera dónde estaba Tillie, entonces no sería capaz de contenerse para no observarla.
Y si lo hacía, entonces seguramente alcanzaría a verla. Y una vez que eso sucediera, ¿realmente pensaba que podría apartar los ojos de ella?
Ella lo vería, por supuesto, y sus ojos se encontrarían, y entonces él tendría que acercarse a saludarla, y entonces ella podría querer bailar…
Se le ocurrió en un súbito destello de ironía que había abandonado la guerra precisamente para evitar la amenaza de tortura.