Bien podía arrancarse las uñas ahora.
Peter cambió sutilmente su postura para estar más de espaldas a la gente. Entonces se dio un golpe mental, al atraparse mirando sobre el hombro.
Había encontrado a un pequeño grupo de hombres que conocía del ejército, todos los cuales, estaba seguro, habían venido a Londres por la misma razón que él, aunque con excepción de Robbie Dunlop, ninguno de ellos había tenido la desgracia de haber sido invitado a la infortunada cena de lady Neeley. Y Robbie no había sido escogido por lady Whistledown para el escrutinio; parecía que incluso esa arrugada vieja bruja sabía que Robbie no tenía la astucia para tramar -mucho menos llevar a cabo- un robo tan atrevido.
– Qué mala suerte lo de Whistledown -comentó uno de los ex soldados, sacudiendo la cabeza con sincera conmiseración.
Peter sólo gruñó y levantó un hombro en un gesto ladeado. A él le parecía una buena respuesta.
– Nadie lo recordará la próxima semana -dijo otro-. Ella tendrá algún nuevo escándalo que informar, y además nadie piensa realmente que tú hayas robado ese brazalete.
Peter se volvió hacia su amigo con creciente horror. Nunca se le había ocurrido que alguien realmente pudiera pensar que era un ladrón. Simplemente había estado preocupado por la parte acerca de que era un caza-fortunas.
– Eh, no quise mencionarlo -tartamudeó el tipo, dando un paso atrás ante lo que debía haber sido una expresión feroz en el rostro de Peter-. Estoy seguro de que terminará siendo esa dama de compañía. Esa muchacha nunca ha tenido siquiera dos peniques a la vez.
– No fue la señorita Martin -dijo Peter mordazmente.
– ¿Cómo lo sabes? -Preguntó uno de los hombres-. ¿La conoces?
– ¿Alguien la conoce? -preguntó otro.
– No fue la señorita Martin -dijo Peter con voz dura-. Y es indigno de ustedes especular con la reputación de una mujer.
– Sí, ¿pero cómo sab…?
– ¡Me encontraba justo a su lado! -dijo Peter bruscamente-. La pobre mujer estaba siendo atacada por un papagayo. No tuvo la oportunidad de tomar el brazalete. Claro -agregó cáusticamente-, no sé quién confiará en mi palabra sobre el asunto ahora que he sido catalogado como el sospechoso principal.
Los hombres se apresuraron en asegurarle que seguían confiando en su palabra respecto a cualquier cosa, aunque uno fue lo bastante tonto como para señalar que Peter difícilmente fuera el principal sospechoso.
Peter sólo lo miró con furia. Principal o no, parecía que gran parte de Londres ahora pensaba que podría ser un ladrón.
Maldito infierno.
– Buenas noches, señor Thompson.
Tillie. Sólo le faltaba esto a la noche.
Peter se dio vuelta, deseando que su sangre no corriera con tanta energía ante el mero sonido de su voz. No debería mirarla. No quería mirarla.
– Qué bueno verlo -dijo ella, sonriendo como si tuviera un secreto.
Estaba hundido.
– Lady Mathilda -dijo él, haciendo una reverencia y tomando su mano ofrecida.
Ella se dio vuelta y saludó a Robbie, y luego dijo a Peter:
– ¿Tal vez podría presentarme al resto de sus compatriotas?
Él lo hizo, frunciendo el ceño mientras todos caían bajo su hechizo. O posiblemente, se le ocurrió, el hechizo de su dote. Harry no había sido exactamente circunspecto cuando había hablado de eso en el Continente.
– No pude evitar oír su defensa de la señorita Martin -dijo Tillie, una vez que las presentaciones habían sido completadas. Se volvió hacia el resto de la gente y agregó-: Yo también estaba allí, y les aseguro que ella no podría haber sido la ladrona.
– ¿Quién cree que robó el brazalete, lady Mathilda? -preguntó alguien.
Los labios de Tillie se apretaron una fracción de segundo, lo suficiente para informar a cualquiera que la observara con mucha atención que estaba irritada. Pero para los demás -que consistían en todos excepto Peter- su expresión soleada nunca flaqueó, especialmente cuando dijo:
– No lo sé. Prefiero pensar que será encontrado bajo una mesa.
– Seguramente lady Neeley ya ha revisado la habitación -dijo uno de los hombres lentamente.
Tillie movió una de sus manos en el aire, un gesto despreocupado que Peter sospechaba que estaba destinado a calmar a los demás caballeros y hacerles creer que ella no se molestaría en pensar en cuestiones tan serias.
– No importa -dijo ella con un suspiro.
Y eso era todo, pensó Peter con admiración. Nadie volvió a hablar del tema. Un “no importa” y Tillie había llevado la discusión exactamente donde ella quería.
Peter intentó ignorar el resto de la conversación. Eran principalmente tonterías sobre el clima, que había estado un poco más fresco que lo normal para esta época del año, salpicadas con el ocasional comentario respecto al atuendo de alguien. Su expresión, si tenía algún control sobre ella, era cortésmente aburrida; no quería parecer demasiado interesado en Tillie, y aunque no se ilusionaba pensando que él era el tema principal de chismes en el baile, ya había visto más de una vieja señalando en su dirección y luego susurrando algo tras la mano.
Pero entonces todas sus buenas intenciones fueron arruinadas cuando Tillie se volvió hacia él y dijo:
– Señor Thompson, creo que ha comenzado la música.
No había manera de malentender ese comentario, y aun cuando el resto de los caballeros se apresuraron a llenar los espacios subsiguientes en su tarjeta de baile, él se vio obligado a doblar el brazo e invitarla a la pista de baile.
Era un vals. Tendría que ser un vals.
Y cuando Peter le tomó la mano, luchando contra el impulso de entrelazar sus dedos, tuvo la inconfundible sensación de que estaba cayendo por un precipicio.
O peor, arrojándose por el costado.
Porque por mucho que intentara convencerse de que esto era un terrible error, que no deberían verlo con ella -diablos, que no debería estar con ella, y punto- no pudo acallar del todo el cosquilleo de alegría puro, casi incandescente que creció y dio vueltas dentro suyo cuando la tomó en sus brazos.
Y si los chismes querían catalogarlo como el peor de todos los caza-fortunas, que así fuera.
Valdría la pena por este único baile.
Tillie había pasado los primeros diez minutos del gran baile Hargreaves intentando escapar de las garras de sus padres, los siguientes diez buscando a Peter Thompson, y los terceros de pie a su lado mientras conversaba sobre nada con los amigos de él.
Iba a pasar los siguientes diez minutos con la atención completa de él, aunque eso la matara.
Seguía un poco irritada por haber tenido prácticamente que rogarle para que bailara con ella, y frente a una docena de otros caballeros. Pero no parecía tener mucho sentido darle vueltas ahora que él la tomaba de la mano y la hacía dar vueltas elegantemente por la pista de baile.
¿Y por qué era, se preguntó, que la mano de él sobre su espalda podía provocar un torrente tan extraño de deseo directo al centro de su ser? Uno podría pensar que si fuera a sentirse seducida, sería por los ojos de él, que después de diez minutos de ignorarla deliberadamente, ardían en los suyos con una intensidad que le quitaba la respiración.
Pero a decir verdad, si estaba preparada para arriesgarse a cualquier cosa, si ahora requería de cada gramo de su fortaleza para no suspirar, caer contra él y rogarle que tocara sus labios con los de ella, era debido a esa mano en su espalda.
Tal vez era la ubicación, en la base de su columna, a sólo centímetros a través de su cuerpo de su parte más íntima. Tal vez era el modo en que se sentía atraída, como si en cualquier momento fuera a perderse a sí misma, y su cuerpo estaría apretado contra el de él, caliente y escandaloso, y anhelando algo que no comprendía del todo.
La presión era implacablemente tierna, atrayéndola hacia él, lenta, inexorablemente… y sin embargo, cuando Tillie bajó la mirada, la distancia entre sus cuerpos no había cambiado.
Pero el calor dentro de ellos había explotado.