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Capítulo diecisiete

La puerta del camarote se abrió lentamente y Alicia, acurrucada en un rincón de las sombras, permaneció inmóvil y contuvo la respiración. La sombra del Príncipe de la Niebla se proyectó sobre el interior de la sala y sus ojos, encendidos como brasas, cambiaron de color, del dorado a un rojo profundo. Caín entró en el camarote y se acercó a ella. Alicia luchó por ocultar el temblor que se había apoderado de ella y encaró al visitante con una mirada desafiante. El mago mostró una sonrisa canina ante tal despliegue de arrogancia.

- Debe de ser algo de familia. Todos con vocación de héroe -comentó amablemente el mago -. Me estáis empezando a gustar.

- ¿Qué es lo que quiere? -dijo Alicia, impregnando su voz temblorosa de todo el desprecio que pudo reunir.

Caín pareció considerar la pregunta y se desenfundó los guantes con parsimonia. Alicia advirtió que sus uñas eran largas y afiladas como la punta de una daga. Caín la señaló con una de ellas.

- Eso depende. ¿Qué me sugieres tú? -ofreció el mago dulcemente, sin apartar sus ojos del rostro de Alicia.

- No tengo nada que darle -replicó Alicia, dirigiendo una mirada furtiva a la compuerta abierta del camarote.

Caín negó con el índice, leyendo sus intenciones.

- No sería una buena idea -sugirió -. Volvamos a lo nuestro. ¿Por qué no hacemos un trato? Una entente entre adultos, por así decirlo.

- ¿Qué trato? -respondió Alicia, esforzándose por rehuir la mirada hipnótica de Caín que parecía succionar su voluntad con la voracidad de un parásito de almas.

- Así me gusta, que hablemos de negocios. Dime, Alicia, ¿te gustaría salvar a Jacob, perdón, a Roland? Es un muchacho apuesto, diría yo -dijo el mago relamiendo cada una de las palabras de su oferta con infinita delicadeza.

- ¿Qué quiere a cambio? ¿Mi vida? -repuso Alicia, cuyas palabras brotaban de su garganta sin apenas darle tiempo a pensar.

El mago cruzó las manos y frunció el ceño, pensativo. Alicia advirtió que nunca parpadeaba.

- Yo tenía pensada otra cosa, querida -explicó el mago, acariciándose el labio inferior con la yema de su dedo índice -. ¿Qué hay de la vida de tu primer hijo?

Caín se aproximó lentamente a ella y acercó su rostro al de la muchacha. Alicia sintió un intenso hedor dulzón y nauseabundo que emanaba de Caín.

Enfrentando su mirada, Alicia escupió en la cara del mago.

- Váyase al infierno -dijo, conteniendo la rabia.

Las gotas de saliva se evaporaron como si las hubiese lanzado a una plancha de metal ardiente.

- Querida niña, de allí vengo -replicó Caín.

Lentamente, el mago extendió su mano desnuda hacia el rostro de Alicia. La muchacha cerró los ojos y notó el contacto helado de sus dedos y las largas y afiladas uñas sobre su frente durante unos instantes. La espera se hizo interminable. Finalmente, Alicia oyó cómo sus pasos se alejaban y la compuerta del camarote se cerraba de nuevo. El hedor a podredumbre escapó por las junturas de la escotilla del camarote como el vapor desde una válvula a presión. Alicia sintió deseos de llorar y golpear las paredes hasta aplacar su furia, pero hizo un esfuerzo por no perder el control y mantener la mente clara. Tenía que salir de allí y no disponía de mucho tiempo para hacerlo.

Fue hasta la compuerta y palpó el contorno en busca de una brecha o algún resquicio por el que tratar de forzarla. Nada. Caín la había sellado en un sarcófago de aluminio oxidado en compañía de los huesos del viejo capitán del Orpheus. En aquel momento, una fuerte conmoción sacudió el barco y Alicia cayó de bruces contra el suelo. A los pocos segundos, un sonido apagado empezó a hacerse audible desde las entrañas del barco. Alicia apoyó el oído en la compuerta y escuchó atentamente; era el siseo inconfundible del agua fluyendo. Gran cantidad de agua. Alicia, presa del pánico, comprendió lo que sucedía; el casco se inundaba y el Orpheus se hundía de nuevo, empezando por las bodegas. Esta vez no pudo contener su alarido de terror.

Roland había recorrido todo el buque en busca de Alicia sin éxito. El Orpheus se había transformado en una laberíntica catacumba submarina de interminables corredores y compuertas atrancadas. El mago podía haberla ocultado en decenas de lugares. Volvió al puente y trató de deducir dónde podía estar atrapada. La sacudida que atravesó el barco le hizo perder el equilibrio y Roland cayó sobre el piso húmedo y resbaladizo. De entre las sombras del puente apareció Caín, como si su silueta hubiese emergido del metal resquebrajado del piso.

- Nos hundimos, Jacob -explicó el mago con parsimonia, señalando a su alrededor -. Nunca has tenido sentido de la oportunidad, ¿verdad?

- No sé de qué está usted hablando. ¿Dónde está Alicia? -exigió Roland, dispuesto a lanzarse sobre su oponente.

El mago cerró los ojos y juntó las palmas de las manos como si fuese a entornar una oración.

- En algún lugar de este barco -respondió tranquilamente Caín -. Si has sido lo suficientemente estúpido como para llegar hasta aquí, no lo estropees ahora. ¿Quieres salvarle la vida, Jacob?

- Mi nombre es Roland -atajó el muchacho.

- Roland, Jacob… ¿Qué más da un nombre que otro? -rió Caín -. Yo mismo tengo varios. ¿Cuál es tu deseo, Roland? ¿Quieres salvar a tu amiga? ¿Es eso, no?

- ¿Dónde la ha metido? -repitió Roland -. ¡Maldito sea! ¿Dónde está?

El mago se frotó las manos, como si tuviera frío.

- ¿Sabes lo que tarda un barco como éste en hundirse, Jacob? No me lo digas. Un par de minutos, como mucho. ¿Sorprendente, verdad? Dímelo a mí -rió Caín.

- Usted quiere a Jacob o como quiera que me llame -afirmó Roland -. Ya lo tiene; no voy a huir. Suéltala a ella.

- Qué original Jacob -sentenció el mago, acercándose hacia el muchacho -. Se te acaba el tiempo. Un minuto.

El Orpheus empezó a escorar lentamente a estribor. El agua que inundaba el barco rugía bajo sus pies y la debilitada estructura de metal vibraba fuertemente ante la furia con que las aguas se abrían camino a través de las entrañas del buque, como ácido sobre un juguete de cartón.

- ¿Qué tengo que hacer? -imploró Roland -. ¿Qué espera de mí?

- Bien, Jacob. Veo que vamos entrando en razón. Espero que cumplas la parte del trato que tu padre fue incapaz de cumplir -respondió el mago -. Nada más. Y nada menos.

- Mi padre murió en un accidente, yo… -empezó a explicar Roland desesperadamente.

El mago colocó su mano paternalmente sobre el hombro del muchacho. Roland sintió el contacto metálico de sus dedos.

- Medio minuto, chico. Un poco tarde para las historias de familia -cortó Caín.

El agua golpeaba con fuerza el piso sobre el que se sostenía el puente y Roland dirigió una última mirada suplicante al mago. Caín se arrodilló frente a Roland y sonrió al muchacho.

- ¿Hacemos un trato, Jacob? -susurró el mago.

Las lágrimas brotaron del rostro de Roland y lentamente el muchacho asintió.

- Bien, bien, Jacob -murmuró Caín -.Bienvenido a casa…

El mago se incorporó y señaló hacia uno de los pasillos que partían del puente.