– Por lo visto, las había metido en sus valijas para el continente e iba a enviarlas por correo -prosiguió Tyndall.
Falk pensó en la carta que había recibido. No de un prisionero, y además no estaba escrita en árabe ni en pashto, sino en inglés. Pero el contenido podría levantar sospechas en aquel ambiente, sobre todo si alguien supiese la razón de la misma.
Se hizo de nuevo el silencio en la mesa. Aquella noche habría bebidas hasta altas horas en el Tiki Bar. Las indiscreciones hundían muchos barcos. Falk esperaba que no hundiesen el suyo. Ni el de Pam. Algunos opinaban que todo el que hablara árabe podía estar ahora bajo sospecha. Las cosas podrían ponerse feas rápidamente si este equipo no era cuidadoso.
Falk pensó de nuevo en Harry, que esperaría impaciente su visita. Bueno, que esperara. Tenía que ver a otras personas primero. Se levantó con la bandeja.
– ¿Adónde vas? -preguntó Whitaker-. ¿A informar de nuestra conversación a tu amigo el señor Bokamper?
– Tranquilo, Whit. El tipo al que voy a ver sabe tener la boca cerrada.
– Tiene que ser Adnan, entonces.
Eso provocó al fin algunas risas.
– Este tipo hace que Adnan parezca un parlanchín. Se llama Ludwig.
– Ah, vaya, el tipo muerto.
– Que espera en la mesa de autopsias. Acábate el bacon antes de que se enfríe, Whit. Hasta la próxima, caballeros. Y señora.
Una mirada de despedida a Pam. Al menos en aquel apartado todo parecía correcto.
– Dale recuerdos de nuestra parte -dijo Whitaker.
Había tapado el bacon con una servilleta.
11
El cuerpo de Ludwig ya no estaba en la mesa de autopsias, en realidad. Lo habían metido en un féretro militar, cubierto con una bandera, para el embarque.
Cuando llegó Falk al hospital, estaba en la zona de carga, esperando a que lo llevaran a Leewart Point para el vuelo siguiente. Un ordenanza lo acompañó abajo para que echara una ojeada, aunque había poco que ver, aparte de la enseña nacional. La primera y única baja del Campo Delta (a menos que se contara al prisionero suicida que seguía vegetando en coma) estaba preparada para volver a casa.
Falk se sintió ligeramente perturbado. En Estados Unidos habría reñido al forense por precipitarse sin decirle nada. Pero allí, eso sólo supondría crear problemas, generando una cadena de papeleo como represalia. Al menos había un informe de la autopsia que leer.
El médico era un tal capitán Ebert y parecía bastante afable. No debía estar acostumbrado a tratar con agentes de la ley y parecía ajeno a su metedura de pata.
– Todavía faltan las pruebas de toxicología -dijo Ebert, leyendo por encima del hombro de Falk-. Pero no tenía alcohol en la sangre.
Que era más o menos lo que esperaban.
– ¿Agua en los pulmones?
– Repletos. Aunque sería lo mismo si no se hubiese ahogado, después de pasar tanto tiempo en el mar.
– ¿Cuántas horas, según sus cálculos?
– Siete u ocho. Tal vez más. Haber estado en la playa un rato lo enturbia. ¿A qué hora lo encontraron los cubanos? Los documentos eran un tanto vagos.
– Siete, siete y media. No se deshicieron precisamente en información, dadas las circunstancias.
– De todos modos, fue ahogamiento. Nadie le disparó, ni le apuñaló ni le estranguló.
– ¿Ni le golpearon en la cabeza?
– Tampoco.
– ¿Podrían haberle mantenido debajo del agua?
– Sí, claro. No hay marcas que lo demuestren, pero eso no significa que no ocurriese. Los peces lo encontraron después de un rato, así que no estoy seguro de que algunas marcas fuesen tan claras.
– ¿Ha encontrado algo que explique por qué habría ido a nadar con botas y uniforme?
Ebert negó.
– Ya le he dicho que no estaba borracho. Pudo meterse en el agua por algo, supongo. Tal vez fuese por la orilla y se cayera. Y luego las olas lo arrastraran. Ocurre.
– Pero ha dicho usted que no tenía ningún golpe en la cabeza. Así que no parece probable que se golpeara al caer y perdiera el conocimiento.
– Es cierto.
– Y supongo que también podría haber tomado alguna droga.
– ¿De dónde? Por todas las historias que me cuentan de los tejemanejes del Campo América, eso es algo que está por llegar. ¿Bebida? Seguro. El estilo del soldado. ¿Drogas? No, a menos que tomara alguna medicación por prescripción facultativa. Pero ya le avisaré cuando lleguen los resultados de los análisis.
– ¿Cuándo será?
– Todavía tardarán unos días. Lo lamento. Las muestras se enviaron a Estados Unidos. Por eso tenía tanta prisa para sacarlo de aquí. Enviarán el cuerpo en el vuelo de las diez a Jacksonville.
– Tenga mi número.
– Será usted el primero en saberlo. Usted y el general Trabert.
– No sé por qué, pero estaba seguro de que lo diría. ¿Ha estado él «haciendo indagaciones», como suele decirse?
Ebert sonrió, pero no contestó a la pregunta: el buen soldado que respetaba la cadena de mando.
Aparte del suicidio, a Falk no se le ocurría nada que explicara por qué había dejado Ludwig la cartera en la playa, pero no se había quitado las botas ni el uniforme. La muerte accidental seguía teniendo poco sentido.
Falk fue directamente desde el hospital al puesto de control del puerto, donde se observaban por radar y por radio las idas y venidas de todos los barcos. No era un lugar de mucho movimiento. Gitmo rara vez recibía visitas de embarcaciones grandes aparte del guardacostas y del buque de abastecimiento de Jacksonville. El alférez Osgood se encargaba del puesto, y parecía deseoso de compañía. Complació a Falk desenrollando una enorme carta marina blanca llena de gris, blanco y azul claro, y cubierta de curvas de nivel y lecturas de profundidad. Se titulaba «Bahía de Guantánamo, desde la bocana hasta Caimanera». Osgood empezó por explicarle lo que significaban las señales.
– No se moleste -le dijo Falk-. Sé interpretarlas.
– ¿De la Armada?
– De infantería de Marina. Pero me crié a la orilla del mar.
– ¿Dónde?
– En el norte. -Si eres bastante impreciso suelen dejar la línea de interrogatorio-. Así que dígame, Osgood. Si alguien entra aquí -señaló un punto justo frente a Playa Molino- y se adentra en el mar a nado unos cien metros como máximo, y luego da la vuelta y nada, paralelo al litoral, digamos, otros cien metros hacia el este… -Con uniforme y botas, nada menos… Falk todavía no conseguía quitárselo de la cabeza-. Y entonces, digamos que se ahoga. ¿Dónde cree que llegaría a tierra?
– ¿A cien metros de la orilla? -Osgood se lo pensó un momento, luego deslizó el dedo unos centímetros hacia el oeste, a unos ochocientos metros de la zona cubana, y señaló un lugar señalizado como «Playa Ciega»-. Ése sería mi cálculo. En la carta pone «Playa Ciega» porque no se ve desde el mar, pero aquí todos la llaman Playa Escondida. Claro que existe una posibilidad de que la corriente lo desviara incluso más lejos. -Osgood movió el dedo otros cuantos centímetros hacia el oeste-. Tal vez hasta Plaza Azul. Los vientos alisios del este son bastante constantes en esta costa. Y las corrientes, también. Los barcos que chocan contra ella dicen que suele costarles un gran esfuerzo doblar el cabo.
– ¿Ocurrió algo anteanoche que pudiese haber cambiado la situación? ¿Un frente meteorológico? ¿Una embarcación grande en las proximidades, tal vez? ¿Un cambio insólito del viento? ¡Demonios! Cualquier cosa.
– Me he preguntado lo mismo. Supongo que me pregunta por el sargento Ludwig. Cuando me dijeron dónde lo encontraron, comprobé las lecturas del viento, los programas de navegación, todo. También pensé en una posible tormenta costera, algo que pudiese haber provocado una corriente de resaca, arrastrarle al mar. Pero… -Se encogió de hombros.
– ¿Nada?
– Lo lamento. Lo que no puedo tener en cuenta son las lanchas patrulleras cubanas. Supongo que podría haber entrado en nuestra zona una por error. Y haberle golpeado, o algo. Ya la han pifiado antes, aunque fue hace años. Y nunca han llegado tan lejos. No a Playa Molino.