– Que sepamos.
– Sí, señor.
– ¿Habrían aparecido en su equipo de radar?
– Las más pequeñas no. Pero las habrían localizado los de vigilancia marina. O las habrían oído.
– ¿Vigilancia marina?
– La Unidad Móvil 204 para la guerra submarina costera, si quiere todo el trabalenguas. Una unidad de la reserva naval. Montaron dos puestos de observación en las colinas cuando se inauguró el Campo Delta. Si una patrullera cubana hubiese entrado en nuestra zona aquella noche, o cualquier noche, creo que a estas alturas lo sabría hasta el último mono.
– Tiene razón, alférez.
Aun en el improbable caso de que los cubanos se hubiesen adentrado en su zona sin que los detectaran lo suficiente para recoger a Ludwig o haberle matado accidentalmente, en ese supuesto, no habrían comunicado el hallazgo del cuerpo. Habrían procurado ocultarlo por todos los medios. Y ahora estaría enterrado en su zona en una tumba anónima, o lo habrían devuelto al mar para que la corriente lo arrastrara hacia el oeste.
– Veamos ahora esto -dijo Falk-. Parece que el general Trabert cree, o tal vez se lo haya dicho alguien, que las corrientes pueden ser bastante traicioneras, justo frente a Playa Molino. Resacas o lo que sea. A él no le parece tan insólito que Ludwig acabara donde lo encontraron.
Osgood casi se cuadra al oír el nombre del general Trabert. Se ruborizó cuando empezó a hablar.
– No puedo atreverme a comprometer a un general del ejército, señor.
– No le pido que lo haga.
Osgood expulsó el aire de las mejillas hinchadas.
– Bueno, usted puede ver las curvas de nivel y las señales de profundidad igual que yo, señor. Es facilísimo. Y le enseñaré las lecturas del viento de esa noche, si quiere.
– Sería estupendo. Pero no hace falta ahora mismo. Sin embargo, puede enseñarme una cosa. Indíqueme dónde cree usted que habría tenido que hundirse para acabar donde lo hizo, que fue aproximadamente… bien, demonios, ni siquiera figura en esta carta.
– Tengo otra, señor. Cubre una zona más amplia.
Osgood recuperó una carta a una escala un poco mayor, etiquetada «Accesos a Bahía Guantánamo». El extremo oriental se prolongaba varios kilómetros desde la alambrada, justo hasta pasada la entrada a un pequeño brazo de mar en Punta Barlovento.
– Apareció justo aquí -dijo Falk, dando golpecitos en el litoral cubano-. A unos ochocientos metros de la alambrada. Sólo su opinión, por supuesto.
Osgood vaciló.
– ¿Podría indicar en cualquier informe que haga usted que es realmente su opinión? Basada en los datos meteorológicos y náuticos de esta oficina, por supuesto.
– Con mucho gusto, alférez.
Él asintió, y el color volvió a su rostro.
– Lo mire por donde lo mire, entró en aguas cubanas, señor. Con mucho. Y si había pasado mucho de aquí -Osgood señaló un punto justo frente a la costa donde había aparecido Ludwig-, entonces habría sido arrastrado a esta pequeña bahía suya, en Punta Barlovento. Sé que una lancha patrullera chocó en un bajío ahí una vez. Se rompió el motor y la corriente la arrastró a la ensenada. Y fue a plena luz del día, además.
Era evidente que Osgood no tenía muy buena opinión del arte de navegar de los cubanos.
– ¿Significa eso que tuvo que ahogarse muy cerca de la costa?
– Sí, señor. Yo diría que a unos cien metros.
– Pero en su lado. Al menos ochocientos metros.
Osgood asintió. Falk cruzó los brazos, más perplejo que nunca.
– ¿No tiene sentido?
– No, señor.
– ¿Cree que podría conseguir yo una de éstas? -preguntó Falk, señalando la carta de navegación.
– Claro. Volvamos a la sala de cartas.
Falk podría haberse pasado horas allí, desplegándolas todas para desentrañar sus secretos. Las cartas de navegación estaban hechas a la medida para las fantasías. Encontrabas en ellas marcas de minas y naufragios antiguos. Falk estudió las lecturas de profundidad de bajíos y bancos de arena; casi podía sentir el temblor de un casco rozando el fondo. Al leer los números más grandes, imaginó las oscuras profundidades de las depresiones. Toda aquella sabiduría oculta debajo del oleaje: un mundo silencioso, habitado por peces, barcos olvidados hacía mucho tiempo y los cadáveres a la deriva de todos los que se habían perdido en el mar y no habían sido rescatados nunca. Ludwig podría haber acabado así fácilmente. Dos amigos de infancia de Falk seguían allí, perdidos en temporales de verano cerca de Stonington, hijos de langosteros, igual que él. A veces, cuando estudiaba las curvas de nivel, se sentía como un policía escrutando un mapa de las callejuelas más oscuras y peligrosas de una ciudad. En otras ocasiones, era como examinar un gran plan de fuga, una variedad de bocas de túneles que llevaban a cualquier lugar que hubieses elegido. Porque, en cuanto estabas en el agua, podías acabar casi en cualquier sitio, siempre y cuando supieras lo que hacías.
– Tenemos una serie completa de éstas -dijo Osgood-. Tres cartas de la zona, si le interesan.
– Claro -dijo Falk-. Tal vez ponga una en la cocina. Mejoraría el lugar. Y tendría algo que contemplar aparte de las manchas de grasa.
– Tenga. -El alférez las enrolló y las metió en un tubo de cartón-. Tenemos muchas y vamos a recibir más. La Marina está siempre retrazando las rutas marítimas hasta aquí para nosotros y para la guardia costera.
– ¿Para perseguir a los traficantes de drogas?
– Y a los refugiados.
– Me olvidaba de ellos.
– Es un lugar muy concurrido a veces. No en nuestra zona.
Falk llegó al cuartel de Ludwig una media hora antes del almuerzo. El comandante de la unidad, un coronel de la reserva, había concertado la cita con recelo.
Ludwig se había alojado en un acuartelamiento de paneles, el último estilo de alojamiento en Campo América, en una evolución que anteriormente incluía tiendas y endebles casitas de playa. Las unidades contaban con dos hileras de doce camas cada una, y estaban equipadas con aire acondicionado, pero no tenían ventanas. La de Ludwig era la segunda de un grupo de cinco, en una de las zonas más nuevas del campo. Había cerca una nueva cancha de baloncesto al aire libre, muy concurrida a pesar del sofocante calor del mediodía. El terreno que rodeaba los barracones no era de césped sino de grava, lo cual aumentaba el calor. Si te quedas aquí fuera el tiempo suficiente, empiezas a alucinar, pensó Falk.
Había fuera una barbacoa y dos bicicletas. Junto a la entrada había un tablón de anuncios donde alguien había colocado un mensaje que ofrecía una caña de pescar con una caja de aparejos completa por treinta dólares. Un soldado que volvía a casa, seguro.
Falk entró sin llamar, y lo primero que vio fue un cartel a todo color de las torres del World Trade Center en llamas, sobre la leyenda típicamente torpe de un cartel propagandístico del ejército: «¿Os encontráis en un estado de ánimo neoyorquino? No filtréis información que pueden usar nuestros enemigos para matar a los soldados estadounidenses o a más personas inocentes».
– Debe ser usted el agente especial Falk.
– ¿Y usted, el coronel Davis?
– El mismo.
Le acompañaban algunos soldados, en una atmósfera de serena hostilidad. A la tensión habitual en cualquier unidad que acaba de perder a un soldado, se sumaba la desconfianza entre civiles y militares que solía darse en otras partes de Gitmo. Esa desconfianza se duplicaba si sabían que hablabas árabe. Estos individuos solían escuchar a sus oficiales veinticuatro horas al día, siete días a la semana, que todos y cada uno de los prisioneros eran asesinos endurecidos y terroristas expertos, que compartían de algún modo la responsabilidad del 11-S. Era algo que formaba parte del esfuerzo para mantenerlos motivados y estimular su moral. A Falk no le sorprendía lo más mínimo que con ese tipo de adoctrinamiento desconfiaran de cualquiera que pensara de otro modo. En su opinión, Falk se contaba entre los que eran complacientes y hacían tratos, un individuo que no sólo hablaba el idioma del enemigo, sino que además se había quejado de algunos de los tratamientos más duros durante los interrogatorios. Y ahora había ido allí a hacerles preguntas, sin importarle si les fastidiaba o no.