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Trabert la dejó al margen del plan, no sin haber especificado claramente que la exención era condicional. Si la estrategia funcionaba en otros casos, entonces ella también tendría que incluirla en su manual de juego. Dijo «manual de juego», sí.

La situación en Gitmo requería de nuevo una base sólida aquella mañana, cuando Pam estableció el programa del día por adelantado. El arresto de Boustani la había impresionado. O bien los investigadores la habían cagado, o Boustani había engañado completamente a ella y a todo el equipo tigre. Y, para colmo de males, Revere Falk, el único otro elemento fiable de su vida allí, estaba a punto de marcharse el fin de semana, Dios sabría por qué, y ni siquiera se verían en el desayuno.

Pam volvió a inclinarse, alcanzando con los dedos las suelas de las zapatillas y tocando una piedrecita que se le había enganchado en el camino. Se oía el goteo del grifo en el agua grasienta del fregadero. ¿Harían los fregaderos de aquellos alojamientos algo más que gotear? Había algo intrínsecamente depresivo en las cocinas de las viviendas militares. Ella había conocido algunas en las viviendas de oficiales de los destinos anteriores. Siempre el mismo cajón anticuado de formica y linóleo, como si hubiese salido de una fábrica de municiones de los años setenta. Neveras y encimeras de un blanco verdoso. Ni un electrodoméstico decente. Los quemadores de la cocina brillaban intensamente en unos sitios y débilmente en otros, como estrellas moribundas. Nada que ver con la cocina de la casa en la que había crecido, con el fregadero de cerámica y los quemadores de propano, una encimera de madera fuerte y gruesa, con un montón de sartenes de hierro colado y pucheros, más un horno lo bastante grande para asar cualquier animal que cazaran su padre y sus hermanos. Los recordó una mañana de otoño, con las caras húmedas y coloradas, y el olor a hojas húmedas y a sangre cálida.

¿Qué dirían ellos si la vieran allí, hablando duro con el general y diligentemente con jóvenes árabes hoscos, citándose con un agente del FBI por la noche, tonteando en su coche como en una cita en el auto-cine del pueblo? Se preguntó qué haría Falk aquella mañana. Había mencionando que tenía que hacer un recado que le impediría acudir al comedor. Un recado para su amigo Ted Bokamper. Valiente cretino. Supuestamente otro ejecutivo de Washington, pero más parecido a casi todos los oficiales con los que tenía que lidiar ella a diario. Por la forma en que la trataban a veces, nadie diría que tenía el mismo rango que ellos, o superior: sus insinuaciones atrevidas y facilonas, el burdo humor sexual, siempre intentando tomarle el pelo. No era tan idiota como para tragarse el anzuelo. Bueno, en general.

Pero Bokamper no estaba en su cadena de mando, así que ella se había soltado un rato la noche anterior. Su reacción sin duda había incomodado a Falk, y ella había lamentado por un momento las palabras mordaces. Luego recordó a Bo diciendo: «Yo no cazo en terreno vedado», lo bastante alto para que ella lo oyera, y masculló un taco. Pam se agarró con fuerza las plantas de los pies y tensó al máximo los músculos gemelos.

Se soltó, se levantó y se apoyó en la encimera, estirando las piernas inclinadas sin separar los pies del suelo. Casi a punto de caerse. Bueno, con un poco de suerte, Bokamper y los otros recién llegados se marcharían pronto. Unos cuantos arrestos más para enturbiar más las aguas y amargar la vida a todos en general, y se cansarían del calor y de los mosquitos y se largarían.

Falk le planteaba una serie de preocupaciones más complejas. Recordó algo que había dicho el general hacía una semana en una fogata de la playa después de verlos a Falk y a ella paseando cogidos de la mano. El primer impulso de ella había sido soltarse, como si la hubiesen sorprendido fumando en los aseos de las chicas. Recordó abochornada su cólera cuando Falk se resistió a soltarla, el chico peligroso, decidido a mostrarse desafiante. Trabert había bromeado sobre «confraternizar», y luego se había reído. Pero ella se había fijado en su mandíbula tensa, como si le costara tomarlo a la ligera. Luego había dado media vuelta como un comandante en una plaza de armas. ¿Habría sido una advertencia, un aviso para que no dejara que las cosas se le fueran de la mano? Ella sabía que el FBI y el alto mando estaban enfrentados por la táctica. Desde el punto de vista de Trabert, ella se acostaba con el enemigo, y Falk no era precisamente el compañero que esperaba la mayoría de la gente cuando pensaban en agentes especiales. Eso formaba parte de su atractivo, suponía ella. Eso y su forma de ver a través del caparazón en el que ella se parapetaba para sobrevivir profesionalmente. La mayoría no lo traspasaba nunca, o intentaban abrirse paso con burlas, como Bokamper. Falk lo había reconocido de inmediato como un farol, quizá porque él también tenía sus parapetos. Pam recordó de nuevo la historia que le habían contado en los interrogatorios, la vieja historia del infante de Marina con la conexión cubana, el marine que se había convertido en agente del FBI.

«Habla con los cubanos, les vende secretos -había dicho Niswar-. Es uno de los vuestros y habla con los cubanos.»

En realidad, habría sido más inquietante si no fuese tan absurdo. ¿Cómo diablos sabía un grupo de yihadistas que se había pasado toda la vida en los desiertos árabes y en las montañas afganas algo de los cubanos, y no digamos ya de un estadounidense que hablaba con ellos? Pam sabía de sobra lo fácil que era que el rumor y la fantasía alzaran el vuelo entre las enfebrecidas imaginaciones del interior de la alambrada. Hacía sólo tres días que otro prisionero le había hablado de la camarilla de conspiradores judíos que aconsejaban en secreto a la familia real saudí.

No obstante, tal vez fuese más seguro ponerlo por escrito en algún sitio oficial, estrictamente como rutina. Pero esperaría a que regresase Falk el lunes. Se lo había prometido. Seguro que Niswar habría cambiado su historia para entonces, de todos modos.

Pam dio por terminados los ejercicios y miró por la ventana. Se le había hecho tarde, y eso allí podía ser decisivo. Solía salir siempre media hora antes. Necesitaba una cinta para la cabeza y fue a su habitación a buscarla, procurando no hacer ruido. Se cruzó en el pasillo con una compañera que iba a trompicones, adormilada, a la cocina.

– ¿Has preparado café?

– Lo siento, Patty. Voy a salir a correr un poco.

Patty refunfuñó. Necesitaba siempre varias tazas de café para despertarse del todo.

Pam abrió un cajón y buscó la cinta entre las medias. Cuando se la puso, le pareció oír un portazo. Sería el armario de la cocina, Patty revolviendo. Entonces apareció Patty a la puerta del dormitorio, con los ojos tan abiertos como si se hubiese tomado ya toda una cafetera.

– ¿Qué pasa?

– Tienes visita -contestó Patty con voz aguda.

Falk no habría provocado aquella reacción. ¿Sería Bokamper, entonces, que ya andaba husmeando antes incluso de que su «hermano pequeño» se marchara?

– ¿Quién es?

– Son tres. Una pareja de la policía militar y uno de los tipos de Washington. Fowler, me parece que ha dicho.

Pam pasó del desdén a la alarma. Luego se tranquilizó. Boustani. Debían estar visitando a todos los de su equipo. Aunque era una hora muy extraña para presentarse. Y demasiado tarde para retrasarla cuando se disponía a hacer una larga carrera. A aquel paso, no saldría de casa en horas.

16

El operario cubano a quien llamaban Harry en Gitmo, tenía sesenta y cinco años y trabajaba en la base desde los diecinueve. Su verdadero nombre era Javier Pérez. Hacía varios decenios, un alférez demasiado campechano había empezado a llamarle Harry en vez de Javi, y se quedó con ese nombre. No es que le molestara. Había aprendido a ser complaciente. Le había contratado la Dirección de Inteligencia cubana pocos meses antes de que le pusieran ese sobrenombre. Una persona que gana dos salarios por un solo trabajo aprende a ser flexible.